Alaric me toma por la cintura y me deposita en el suelo. Sus dedos permanecen sobre mí más tiempo de lo necesario y mucho más de lo que me hace sentir cómoda, lo cual sería nada.
Por instinto, doy un paso hacia atrás para poner distancia entre ambos, pero una de mis rodillas falsea. Pasamos demasiadas horas sobre el dragón. Tengo el cuerpo entumecido. No entiendo cómo es que Alaric logra erguirse tan firme y orgulloso como siempre.
—Y bueno, cachorrita, ¿qué te parece? —pregunta él con los brazos abiertos a los costados, como si la belleza natural que nos rodea fuera de algún modo de su creación.
Echo un vistazo a los enormes e inusuales árboles alrededor. Jamás en mi vida he visto hojas de colores tan diversos, ni troncos que se retuerzan tan altos.
Creo que estaría más impresionada a no ser por lo mucho que mi irrita que Alaric insista en llamarme cachorrita.
Jamás he sabido de otro hombre que llame de ese modo a su prometida, aunque, en realidad, tampoco nunca he sabido de un hombre que se presente a casa de una familia con un saco lleno de monedas de oro para negociar que le entreguen a su hija.
Alaric Pontecorvo es así, inusual en cada aspecto de su vida y tanto más en el modo en que se hizo de una futura esposa: yo.
—Oh, señor Pontecorvo, Encenard es tan maravilloso como usted lo describió —exclama mamá en tanto que ella y Otis se apresuran a alcanzarnos—. ¡Qué árboles tan peculiares! A no ser porque lo tengo enfrente, no lo creería.
Como es su costumbre, mamá se acomoda el parche que cubre su ojo izquierdo. Es una manía suya desde que tuvo que empezar a usarlo hace ya varios años.
—Y eso que todavía falta que vayamos a la ciudad, el Castillo Autumnbow es precioso y el poblado que lo rodea aún más —dice Alaric con una sonrisa engreída, tal pareciera que él fuera el arquitecto encargado de levantar dicho castillo que tan petulante nos presume.
—Muchas gracias por permitirnos acompañarlo en su viaje de negocios, señor Pontecorvo. Es usted indeciblemente generoso —interviene mi hermano Otis y poco le falta para hacer una reverencia como si Alaric fuera un rey.
—Concuerdo. Ni en sueños hubiera imaginado tener la oportunidad de hacer un viaje como éste —añade mamá—. Mi difunto esposo y yo jamás nos planteamos salir de Dranberg. Usted ha cambiado por entero nuestras vidas. Nunca podremos pagarle.
Asumiría que el asombro de ambos es genuino de no ser porque desde el día en que Alaric se presentó en casa con su saco lleno de oro, actúan como si salieran arcoíris de su boca cada que él abre los labios.
Su zalamería me llena de vergüenza. Soy consciente de que mi familia está pasando por mucha escasez, pero me parece indigna la forma en la que ellos reverencian a mi prometido.
Sobra decir que yo no comparto la misma devoción que el resto de mi familia tiene por Alaric. Tal vez es que en el fondo soy una ingrata, como mamá no se cansa de repetirme, o quizá haya algo mal conmigo. Solo sé que constantemente me descubro a mí misma soñando con volver en el tiempo e impedir el fatídico día en que se decidió que me convertiría en la señora Pontecorvo en mi próximo cumpleaños.
—¿Qué hay de ti, cachorrita? Aún no has dicho nada —señala Alaric girándose hacia mí. La lluvia de halagos de mi madre y hermano no le son suficientes, es hora de que yo me una al coro.
Por el rabillo del ojo noto la mirada de advertencia que mamá me lanza, pero su figura se pierde en cuanto la enorme mano de Alaric toma el costado de mi rostro.
No me refiero a que pasa sus dedos suavemente por mi mejilla o a que me acaricia con el dorso. Quiero decir que su rugosa y descomunal mano se posa de lleno contra el costado derecho de mi cara, donde su palma se acuna, enorme y sudorosa, contra mi piel.
La mayoría de los caballeros se abstienen del contacto físico con una dama; en especial, con una que aún no es nada suyo. Incluso en los casos como el nuestro, en que hay un compromiso de por medio, la buena sociedad desaconseja el contacto físico innecesario. Pero a Alaric no parece importarle ese detalle. Desde el día en que nos comprometimos, han sido comunes los abrazos, los agarres de cintura y toda clase de tocamientos, que, si bien hasta ahora se han mantenido en la raya entre el decoro y el escándalo, tampoco son enteramente inocentes.
Mamá y Otis se hacen de la vista gorda cuando Alaric se pone de tocón. Actúan como si que él me tome de los hombros o pase su brazo por mi cintura fuera la cosa más natural del mundo. Supongo que piensan que no es tan grave dado que, en unas semanas, seremos marido y mujer. Posiblemente a mí tampoco debería incomodarme del modo en que lo hace, pero no puedo evitarlo. El contacto con él provoca que la piel se me erice y no en un buen sentido.
—Es todo muy bonito, muchas gracias por traernos —digo esbozando una sonrisa incompleta, dado que su enorme mano interfiere con el movimiento de mis labios.
—¿Nada más bonito? Vaya, eres una mujercita difícil de complacer, ¿eh? —ríe Alaric enarcando una de sus pobladas cejas negras.
—No haga caso de la muchacha, señor Pontecorvo. Está cansada por el viaje, pero estoy segura de que Innessa está tan entusiasmada y agradecida como nosotros por estar aquí —interviene mamá en tono agudo—. Ya verá que en cuanto descansemos un poco, ella le demostrará el alcance de su gratitud. ¿No es así, hija?
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Editado: 14.08.2026