Un elegante carruaje nos lleva del claro en el que aterrizamos hacia la ciudad de Encenard.
Tal como nos lo anticipó Alaric, el poblado es precioso, con construcciones irregulares pegadas una a la otra y caminitos adoquinados que parecen salidos de un cuento.
Mamá y Otis miran por la ventanilla y señalan cada que algo los sorprende.
Me encantaría poder admirar el paisaje como lo hacen ellos, pero me es imposible abandonarme al placer de las vistas cuando el señor Alaric decidió que mi muslo derecho era un buen lugar para reposar su enorme manaza.
Cada músculo de mi cuerpo está en extrema tensión, incluso mi respirar es lento. La posición de su mano resulta invasiva, el calor que emana sobre la falda de mi vestido me crispa los nervios.
Durante el viaje de Dranberg a Encenard tuve que pasar horas contra la espalda de Alaric en los lomos del dragón, pero ni eso resultó tan incómodo como lo que está haciendo ahora. Aquello tenía un propósito: no caer cientos de metros hacia mi muerte; pero esto es distinto, su mano no cumple ningún propósito de seguridad, está ahí simplemente por que sí, porque puede y me siente suya.
Ni siquiera el hecho de que estemos en un carruaje con mi madre y mi hermano sentados frente a nosotros hace que se replanteé donde está reposando su mano. Su mensaje es muy claro: Él ya pagó por mí. Soy prácticamente de su propiedad y no ve necesidad de andarse con mojigaterías.
Si mi padre siguiera con vida, sacaría su espada y lo retaría a duelo; más bien, si mi padre siguiera entre nosotros, nada de esto estaría pasando. Mamá no habría tomado las riendas de las finanzas familiares, no habría vaciado nuestras arcas; Otis aún tendría su herencia y no estaríamos en peligro de perder la casa en la que crecimos y que lleva generaciones en la familia Casper. Si papá viviera, Alaric Pontecorvo jamás me habría comprado con un saco de monedas de oro.
Después de lo que parece un trayecto de horas, el carruaje se detiene frente a una casa de varios pisos. Alaric me ofrece su mano para bajar y no la suelta mientras cruzamos el patio lleno de flores que precede el hogar que alquiló para nuestra estancia en este reino.
—Muy bonita casa —comenta mamá alzando la vista hacia el techo de dos aguas.
—No se compara con mi mansión en Cima de Fuego, pero es confortable y cálida. La he alquilado en mis viajes anteriores y me ha servido bien —comenta Alaric sin dejar de caminar.
Un duende vestido de mayordomo abre la puerta principal para nosotros.
Por instinto, mis piernas hacen una pausa, pero el tirón que Alaric le da a mi brazo me obliga a proseguir. Éste no es el primer duende que veo, de camino vimos varios andando por la Avenida Principal, pero mi mente no termina de aceptar su existencia.
En Dranberg no tenemos duendes, solo hemos escuchado de ellos por historias de gente que ha venido a Encenard y, aún así, muchos lo tachan de inventos. Ahora quisiera que lo fueran, porque su presencia me pone intranquila. Probablemente es su aspecto desigual. Cabezas más grandes que el resto del cuerpo y orejas puntiagudas que no guardan ninguna proporción. Se supone que estaremos en Encenard dos semanas y no sé si vaya acostumbrarme a estos peculiares habitantes.
—Bienvenido de vuelta, mi señor Pontecorvo. Ya tenemos listas su habitación y las de sus apreciados invitados —dice el mayordomo haciendo una inclinación de saludo hacia nosotros.
Por sus expresiones de desconcierto, es fácil adivinar que mamá y Otis tampoco se hacen a la idea de tener que convivir con estas peculiares criaturas durante las siguientes dos semanas.
¿Así se sentirá la gente de Encenard cuando ven dragones? Ellos no tienen ninguno, tal vez les provocan miedo. Tal vez incluso nos encuentren extraños a nosotros, con nuestras pieles atezadas y cabellos negros. Por lo que he visto, los humanos de Encenard son todos de tes clara y cabellos de las distintas tonalidades de los rayos del sol. Han de vernos y pensar que estamos así por el tiempo que pasamos en las minas buscando piedras preciosas.
—Creo que hablo por todos cuando digo que deseamos darnos un baño y luego cenar —dice Alaric, al fin soltando mi mano para inspeccionar el recibidor de la casa.
Da la impresión de que está buscando cualquier defecto para quejarse con el mayordomo, pero, afortunadamente para la servidumbre, todo se encuentra en perfecto orden.
—Lo imaginé, mi señor Pontecorvo, tenemos agua caliente ya preparada. Daré la indicación para que preparen las bañeras de inmediato —replica el mayordomo.
Veinte minutos más tarde, estoy en la habitación que me asignaron, fuera de mi vestido de viaje y dentro de una bañera de mármol llena de agua deliciosamente humeante. No fue si no hasta que me metí al agua caliente que me di cuenta de lo mucho que me dolía el cuerpo. Viajar de Dranberg a Encenard toma dos días, tiempo que uno debe montar a horcajadas sobre los lomos del dragón. Para un jinete experimentado como Alaric aquello no supone demasiado inconveniente, pero yo jamás antes había estado sobre un dragón.
Mi familia jamás tuvo los recursos para comprar uno, las pocas veces que papá hizo una oferta cuando había crías de dragón a la venta, sus propuestas fueron superadas por otras familias de mayor estatus y recursos económicos.
Alaric, en cambio, tiene dos y por eso se pudo dar el lujo de prestarle uno a mi hermano para que él y mamá pudieran hacer este viaje con nosotros. Claro que no lo hizo por la generosidad de su corazón; de no haber venido mi familia, le habría sido imposible traerme a este viaje sin estar casados.
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Editado: 14.08.2026