Tormenta de Fuego

Capítulo 3

Alaric aprovecha la mañana para llevarnos de paseo a conocer la ciudad. Él ya ha estado antes en Encenard y sospecho que disfruta jactándose de sus conocimientos, en especial porque cada lugar que nos muestra es encontrado con una lluvia de uhs y ahs de parte de Otis y mamá.

La gente de Encenard es en general muy cordial y no parecen darle importancia al hecho de que somos extranjeros; no obstante, de cuando en cuando en el transcurso del paseo, me percato de que algunas damas se secretean a nuestro paso y es evidente que están hablando de nosotros. Supongo que les llama la atención nuestra ropa, nuestra piel bronceada, nuestros acentos o una mezcla de todo.

Almorzamos en un precioso establecimiento llamado El mesón Leroy donde probamos los famosos pastelitos de lima de Encenard.

Mi controlador prometido tiene a bien solo permitirme probar un pastelito, mientras que él y el resto de mi familia engullen uno tras otro.

—¿A qué hora debe presentarse con su socio mañana, señor Pontecorvo? —pregunta mamá al terminar el almuerzo.

—La invitación indicaba que a las 6 de la tarde. El cochero calcula que haremos 40 minutos a la finca de los Logan, me gustaría que saliéramos a las 5:10 a más tardar por cualquier contratiempo —responde Alaric en tanto que deja su servilleta sobre la mesa y truena los dedos a un mesero para que levante los platos sucios.

—Innessa estará más que lista a las 5. ¿Verdad, hija?

—Sí, mamá —contesto con mi atención fija en los rastros de merengue en el plato frente a mí.

El propósito del viaje es que Alaric encuentre un socio comercial para importar trigo a Dranberg. Dado que nuestro reino se encuentra sobre las montañas, no contamos con muchas tierras de cultivo y echamos mano de los reinos vecinos para satisfacer nuestras necesidades agrícolas. Mañana, Alaric y yo cenaremos en casa de la familia con la que pretende establecer un trato. Mamá y Otis no están invitados, lo que significa que esta será la primera vez que Alaric y yo saldremos a un lugar solos sin la supervisión de mi familia. Mentiría si dijera que el prospecto me entusiasma.

—Ya tenemos el vestido seleccionado —comenta mamá—. Es muy bonito, le va a gustar, señor Pontecorvo. Ya verá.

—De hecho, el vestido lo tengo seleccionado yo —replica él reclinando su ancha espalda contra el respaldo de la silla—. Lo mandé a hacer para mi cachorrita antes de salir de casa y quiero que lo estrene para la cena.

Trato de intercambiar una mirada de desconcierto con mamá, pero ella no quita los ojos de Alaric.

—Oh, ya veo… Sí, por supuesto, ella usará lo que usted disponga —contesta con excesivo servilismo.

Contraigo los labios hasta que se vuelven una línea delgada. ¿Por qué dragones me comprometió así? ¿Que tal que el vestido es horrible o me va grande? Es un dislate hacer tal promesa cuando no he visto la prenda en cuestión. Pero, al fin y al cabo, mamá vio un saco de oro y le prometió mi vida, ¿qué más da un vestido u otro?

Después del almuerzo, decidimos caminar por la Avenida Principal, una vía amplia llena de comercios y vida que desemboca en el precioso castillo Autumnbow, el corazón del reino.

—Qué feos son los duendes —masculla mamá mirando de reojo a unos vendedores de fresas—. No sé cómo los humanos de aquí toleran verlos y todavía los contratan para el servicio en las casas. ¡Qué terrible!

—Madre, basta —digo tomándola del codo.

—¿Qué? Solo estoy dando mi opinión. Son criaturas espantosas, muy duras para los ojos —se defiende ella.

Alaric y Otis no alcanzan a escuchar las groseras observaciones; ellos van varios metros delante de nosotras y, a juzgar por sus expresiones arrogantes, su charla consiste también en criticar este reino.

A diferencia de ellos tres, yo encuentro a Encenard fantástico. Lleno de vida y luz. Las diferencias que tiene con Dranberg a mis ojos son ventajas y no objetos de crítica. De no ser por la compañía, este viaje sería una de las mejores experiencias de mi vida.

—Por cierto, hija, trata de mostrarte más cariñosa con tu prometido, eres muy seca —dice mamá apretando mi brazo para mantenerme cerca de ella.

Suelto un aliento cargado de agonía.

—¿En verdad te parece bien lo que hace? Ayer en la cena me sentí muy humillada…

Mamá se lleva el dedo índice a los labios para indicarme que guarde silencio, luego mira a Alaric. Él y Otis siguen muy adelante, no pueden escucharnos.

—Niña ingrata, ese hombre es la solución a todos nuestros problemas. Si quiere decidir qué vas a comer y qué ropa usarás, ¡está en su derecho! De tus labios solo debe recibir sonrisas y escucharte decir “sí, señor Pontecorvo”.

Muevo el brazo para soltarme de su agarre y doy unos cuantos pasos al costado. En el estómago se me forma un hoyo del tamaño de un abismo, un abismo que amenaza con tragarme.

—Para usted, señorita.

El niño pone el papel en mis manos y sigue repartiendo los demás entre las mujeres en la calle.

Agacho la mirada, es un volante publicitario.

¿Cansada del agobio diario?

Las damas elegantes se dan una escapada al Salón de la Medianoche.




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