Tormenta de Fuego

Capítulo 4

*MIENTRAS TANTO EN LA FINCA ALEGRIA...

En la esquina, al fondo de la femenina habitación, hay un balde colocado estratégicamente para atrapar las gotas que se forman en el techo una tras otra.

La lluvia de anoche fue ligera, no obstante, la filtración del tejado no está para resistir ni la más ligera llovizna. Lleva así meses y aún no se le da arreglo. Entre tantas cosas en la finca que demandan reparo inmediato, una pequeña gotera en la habitación de la hija menor no encabeza la lista de prioridades.

Nancy Logan se mira al espejo con displicencia y luego se gira hacia su madre.

—Es horrible —se queja tomando la falda del vestido amarillo entre sus manos para enfatizar su disgusto.

La señora Logan alza las cejas hasta el nacimiento de su castaña cabellera. Su frente se arruga de un modo que a ninguna mujer con dos hijos ya crecidos le agradaría ver.

—¡Pero si se te ve precioso, Nan! En la cena de los Blum te llovieron los halagos, ¿ya lo olvidaste? Y qué decir de la fiesta de los Grimaldi…

—¡Ese es exactamente el punto, madre! He usado este vestido demasiadas veces. ¡Me lo ha visto el reino entero! —interrumpe Nancy con un puchero—. Estoy a nada de que la gente empiece a murmurar que parezco retrato.

La señora Logan se contiene de poner los ojos en blanco, sabe que si hay algo que su hija se toma en serio, son los vestidos.

—Te entiendo, Nan, pero sabes que en estos momentos no estamos para renovar tu guardarropa. Además, las personas que vendrán a la cena son extranjeros. Nunca los hemos visto. No tendrán forma de saber si el vestido es nuevo o no —argumenta con una sonrisa complacida por creer que su razonamiento es infalible.

—El desgaste del fondo será pista suficiente —discrepa Nancy cruzando los brazos frente al pecho—. Además, ni siquiera estoy de acuerdo en dar esta cena. Papá y tú han sido enfáticos en que no estamos para hacerla de anfitriones. No me permitieron organizar un baile en mi último cumpleaños y, ¿ahora tendremos invitados? Es una incongruencia.

—Es sólo una cena, no un baile formal con decenas de invitados como tú pretendías —señala la señora Logan—. Más aún, el hombre que vendrá a cenar está interesado en hacer negocios con tu padre. Él piensa que es una oportunidad fantástica. Si el trato prospera, las cosas mejorarán en la finca. Podremos mandarte a hacer vestidos nuevos, reparar el tejado e incluso hasta dar un baile.

Muy a su pesar, una sonrisilla curva los labios pucherosos de Nancy. La perspectiva de un baile es irresistible.

—En ese caso, seré la mar de amable con nuestros invitados —cede.

—Así me gusta, Nan.

La paz dura menos que un suspiro. Sólo toma que Nancy entrevea su reflejo en el espejo para que su ánimo se venga de nuevo abajo.

—Si tan solo no tuviera que lucir como una pordiosera… —se lamenta al tiempo que se deja caer dramáticamente sobre la cama.

Esta vez, la señora Logan sí que pone los ojos en blanco.

—Nan, qué disparates dices. Cualquiera que te escuchara creería que vivimos en la pobreza más abyecta. Hemos pasado por mejores tiempos, eso lo admito. La plaga que arruinó la mitad de nuestras cosechas el año pasado fue un golpe duro del que aún no nos recuperamos, pero somos la familia Logan. Tu padre luchó por defender este reino y tu hermano es amigo íntimo de los príncipes. Nuestro nombre es fuente de orgullo y dignidad, así que deja de hablar de la familia como si fuéramos pobretones inconsecuentes. Esta mala racha pasará tarde que temprano. Basta de tu pesimismo —exige con la barbilla en alto.

Nancy se levanta sobre sus codos para ver a su madre a la cara.

—No es pesimismo, pero sabes que las cosas no van a cambiar a menos de que papá se haga mejor cobrador. Aún hay muchos que le deben cosechas pasadas y papá es malo exigiendo que salden las cuentas —suspira con sentimientos encontrados. Por una parte, la forma de ser dulce de su padre le ha permitido salirse con la suya en más de una ocasión, pero, lastimosamente, también a la gente que hace negocios con él. Abusar de la gentileza de Paolo Logan se le da fácil a su hija y al resto de Encenard—. Mientras tanto, yo languidezco sin fiestas y sin qué ponerme.

—Nancy Logan, para de una buena vez. Papá está haciendo lo que puede por sacarnos adelante. Tu hermano Freddy igual. Incluso consiguió que lo nombraran oficiante de casamientos para sacar un dinero extra —dice la señora Logan rebosante de orgullo por su primogénito—. Los hombres de la familia están haciendo su parte para mantenernos a flote. Lo mínimo que nosotras podemos hacer es poner buena cara y apoyarlos en todo lo que esté a nuestro alcance.

Nancy acaba por sentarse en el colchón y encoge las piernas contra el pecho. En lugar de contestar, quita una pelusa imaginaria de la falda del vestido que tanto le disgusta. Sabe que su madre tiene la razón, pero es demasiado orgullosa para admitirlo.

—Nan, estoy esperando escucharte decir “Sí, mamá” — apunta la señora Logan mirando a su hija con una ceja enarcada.

—Sí, mamá. Tienes toda la razón, qué sabia eres —dice una voz masculina desde la puerta.

Ambas mujeres se giran para ver entrar a Fred.

Él les dedica una luminosa sonrisa. Se acerca a su madre para besarla en la mejilla, luego hace lo mismo con su hermana y termina tomando asiento junto a ella sobre la cama.




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