Mamá se queda conmigo para supervisar que mi arreglo quede impecable.
Ella misma se encarga de mi peinado y de elegir las joyas que he de usar para la velada.
Alaric manda el vestido a eso de las 4:30. Tan solo con verlo extendido sobre mi cama ya me disgusta, el color rojo vivo de la tela y lo estrecho del corsé no van conmigo. En cuanto me lo pongo, mi desagrado se multiplica.
—Rocas y dragones, no puedo salir a la calle con esto —exclamo al verme al espejo.
No solo es lo llamativo del color o lo mucho que me aprieta la cintura; el escote es bajísimo, mucho más de lo que sería prudente para una mujer del doble de mi edad y con la reputación en entredicho. Peor aún tratándose de una joven de familia como yo que aún es doncella.
—Si al señor Pontecorvo le gusta… —dice mamá con un encogimiento de hombros. Aunque trata de sonar casual, puedo ver que incluso ella está pensando que esto cruza una línea.
Me giro del espejo hacia ella para que me vea bien.
—El socio creerá que Alaric llevó una trabajadora nocturna —argumento señalando el vestido.
—¡Innessa, no seas ordinaria! Cuida lo que dices —me reprende mamá. En lugar de mirarme, se echa aire al rostro con una mano. Me evita porque sabe que tengo razón, pero no está dispuesta a siquiera sugerir que su adorado Pontecorvo se está pasando de listo.
—Lo que sale de mi boca será lo de menos si debo salir en público vestida como mujerzuela —puntualizo con los brazos en jarras—. Nadie me tomará por dama con esto puesto.
—Exageras, hija. Admito que es una prenda poco sutil, pero a veces tenemos que hacer sacrificios por nuestros esposos. Tu padre amaba las caminatas matutinas e insistía en que lo acompañara a diario. No sabes la pereza que sentía cada mañana, odiaba salir al frío a andar sin rumbo, pero lo hice durante 18 años porque eso lo hacía feliz. Es el deber de una esposa complacer a su marido, ve haciéndote a la idea.
—Encuentro la comparación injusta. Una caminata es una actividad inocente. Lo que Alaric pretende me denigra.
Mamá sacude las manos en el aire para indicarme que ya tuvo suficiente de mis argumentos.
—El señor Pontecorvo jamás denigraría a su futura esposa. Si él cree que el vestido es apropiado, no tenemos por qué llevarle la contraria —concluye determinante.
—Pero…
—Silencio, Innessa. Deja de ser tan egoísta y piensa en tu familia. ¿Qué pasará si disgustas al señor Pontecorvo con tu rebeldía?
Mis hombros caen. La rabia me cierra la garganta. Me giro hacia la ventana, los rayos de la tarde llenan de calidez la habitación. A pesar del agradable clima, tengo el cuerpo frío.
—Claro que pienso en la familia —suspiro—, pero, ¿quién piensa en mí?
—Qué dramática. Deberías hacer una audición para la compañía de teatro —se burla mamá con los ojos en blanco, luego se da la media vuelta y sale de la habitación.
Vuelvo frente al espejo y me repaso a detalle. El vestido es horrible, tan ostentoso como vulgar; será una tortura salir en público de este modo.
Mientras me observo, me viene a la mente el comentario de mamá. “El señor Pontecorvo jamás denigraría a su futura esposa”… ¿Y si es verdad? Tal vez, él encargó el vestido y no se percató de qué tan escandalosa es la prenda que entregó la modista. Él solo vio tela en forma de mujer y dio su visto bueno.
Los hombres no saben mucho de moda femenina, puede que, si le muestro cómo luzco, caiga en cuenta del error y concluya que es mejor que use uno de los vestidos que traje de casa. ¿Por qué querría él que su futura esposa diera una mala impresión ante su nuevo socio comercial? Sin duda se trata de un malentendido.
Convencida de que esa es la verdad, salgo de mi habitación y atravieso el largo pasillo que separa mi recámara de la de Alaric.
Su puerta da la impresión de ser ligeramente más ancha que las del resto del piso. No lo dudo, siendo de espalda tan ancha y musculosa, debe necesitar todo el espacio extra posible.
Llamo a la puerta un par de veces. De inmediato escucho los pesados pasos de Alaric y luego él abre.
Mentalmente ya tengo preparado lo que le voy a decir, pero Alaric no me da ocasión de pronunciar ni media palabra.
Sus ojos hambrientos me recorren con tal intensidad que no dejan lugar a dudas que esto no es ningún error. Segundos después, sus labios sonrientes lo confirman.
—Cachorrita, te ves… mejor de lo que imaginaba —dice en voz ronca.
Paso saliva, apabullada por su modo de verme. Parece que en cualquier instante va a saltarme encima para devorarme a mordiscos.
—¿En verdad le gusta? ¿No le parece… inapropiado? —pregunto dubitativa.
Alaric suelta un resoplido mezclado con risa y luego me toma por la cintura para acercarme a él.
—¿Inapropiado? Yo lo único que veo es a mi preciosa cachorrita luciendo sus encantos… vas a dejar boquiabiertos a todos en la cena.
—En eso concordamos, señor Pontecorvo —digo al tiempo que pongo mis manos sobre sus pectorales para que mi rostro no se estrelle contra ellos—, pero dudo que sea en el buen sentido. El escote es mucho más pronunciado de lo que se acostumbra.
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Editado: 04.09.2026