Tormenta de Fuego

Capítulo 6

La propiedad del socio se extiende por lo que parecen hectáreas, me asomo por una y otra ventana del carruaje; de cada lado, lo único que se ven son tierras de cultivo.

En Dranberg ni siquiera las familias más poderosas poseen esta clase de extensiones, nuestra ciudades están asentadas sobre montañas, por lo que carecemos del espacio con el que cuentan en Encenard para extenderse y, más bien, debemos construir hacia arriba en varios pisos.

Mis reflexiones se interrumpen cuando Alaric toma las manos que tengo cruzadas frente al pecho y las baja a mi regazo.

—Para con eso, cachorra, ya te ordené que dejes de cubrirte. Te ves hermosa y no debes avergonzarte —masculla malhumorado.

Me remuevo en el asiento y devuelvo mi atención afuera.

—¿Cómo dijiste que se llama la familia con la que cenaremos? —pregunto para distraerme de la pesadumbre en mi corazón.

—Los Logan —contesta él.

—¿Qué clase de gente son?

Alaric encoge los hombros.

—Bien posicionados. Las referencias que recibí de ellos son favorables. Ya veremos si su sagacidad para los negocios me convence.

—¿Referencias? Entonces, nunca los ha visto en persona —concluyo.

Alaric pasa su brazo por el respaldo de modo que mi hombro descubierto queda al alcance de sus dedos y, sin desaprovechar la oportunidad, comienza acariciar mi piel.

Su toque me llena de escalofríos. Mi cuerpo rechaza el contacto, es algo que me viene de lo más profundo del ser.

—No, solo hemos mantenido correspondencia. Esta es la primera vez que nos veremos las caras. Más le vale que no me esté haciendo perder el tiempo. He venido de muy lejos y no me gustan las decepciones.

Asiento como si entendiera a qué se refiere, pero la realidad es que no imagino la implicación de sus palabras. ¿Qué haría si el trato comercial no fructifica? ¿Tomaría represalias contra ese hombre? Y, de ser así, ¿qué clase de represalias?

Me queda más que claro que Alaric es un hombre al que le gusta imponer su voluntad, pero no imagino qué podría hacer en contra de alguien que, a diferencia de mí, no está sujeto a sus caprichos.

El carruaje se detiene frente a una ostentosa mansión de doble piso. Junto a los pilares que flanquean la entrada principal tres personas aguardan por nosotros, un matrimonio acompañado por una joven de cabello castaño y porte orgulloso.

—Señor Pontecorvo, señorita, bienvenidos —exclama el hombre en cuanto bajamos del carruaje y se acerca para estrechar la mano de Alaric—. Mucho gusto. Yo soy Paolo Logan, esta es mi esposa Joana y mi hija Nancy.

Las dos damas hacen una inclinación de cabeza a modo de saludo y luego, muy discretamente, intercambian una mirada de desconcierto. No toma ser un genio para adivinar la causa de su reacción: Es mi vulgar vestido. Están escandalizadas.

—Mucho gusto, yo soy Alaric Pontecorvo y esta es mi prometida, Innessa Casper.

—Nos da mucho gusto tenerlos en nuestro hogar. Pasen, por favor —replica el hombre. Si él piensa algo de mi atuendo, está haciendo un mucho mejor trabajo en disimularlo que su esposa e hija.

Seguimos a los Logan al interior de su mansión hasta una elegante sala. Nuestros anfitriones nos invitan a tomar asiento en tanto que aguardamos a que llegue la hora de pasar al comedor para la cena.

Empiezan las cortesías de rigor. Los Logan nos preguntan cómo nos fue en el trayecto y qué tal nos ha parecido Encenard. Tal como se espera que hagamos, llenamos de elogios su reino y nuestros anfitriones se muestran encantados.

Por más que la señora y la señorita Logan intentan fingir normalidad, su desconcierto es evidente, en especial cada que deben dirigirse a mí. Se me encoge el corazón sólo de imaginar las cosas que deben estar pasando por sus cabezas. Qué opiniones tan horribles se han de estar haciendo internamente.

Quisiera justificarme, explicar que yo no tuve nada que ver con este atuendo, que por mí habría usado cualquier otra cosa; es más, que si de mí dependiera, yo ni siquiera estaría aquí sentada al lado de un hombre al que no soporto y del que quiero escapar con desespero.

—Si tienen oportunidad, deben ir a la Gran Torre. Las vistas son inmejorables —comenta el señor Logan con una amplia sonrisa—. Les recomiendo que…

Nuestro anfitrión no acaba la frase, lo distrae la llegada de un joven de buen parecer y vestimenta impecable.

—Ah, Freddy, al fin llegas —suspira la señora Logan con alivio.

—Buenas tardes. Disculpen la demora, me entretuve con asuntos en la ciudad —se excusa el joven y hace una inclinación hacia nosotros.

—Señor Pontecorvo, señorita Casper, les presento a mi hijo Frederick —dice el señor Logan con una sonrisa de absoluto orgullo y amor.

Con modales de perfecto caballero, el joven se acerca a nosotros y toma mi mano para besarla.

—Un gusto —saluda antes de posar sus labios muy delicadamente sobre mi dorso, casi como si temiera quebrarme.

Una vibración extrañísima agita mi pecho en el segundo que su boca toca mi piel. Doy una inhalación de sorpresa y mis pulmones se llenan de la esencia olor a canela que emana del joven.




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