Tormenta de Fuego

Capítulo 7

La amplia mesa de los Logan ya está dispuesta para nosotros. El señor Logan se sienta a la cabeza del extremo derecho y deja el extremo izquierdo para su invitado de honor. Yo me siento junto a mi prometido de frente a la señorita Nancy. La silla a mi otro lado la toma Frederick.

—Espero que tenga hambre, señorita Casper, nuestra cocinera es extraordinaria —comenta él en tono jovial.

Por instinto, mis ojos viajan hacia Alaric. No sé qué tendré permitido comer esta noche y me moriría de vergüenza si él me reduce la porción enfrente de estas personas.

—No mucha —replico, previniéndome de lo que pueda hacer Alaric.

—Oh, qué pena escuchar eso —se lamenta el joven.

Mi pulso se acelera impulsado por la mezcla de los ojos de Frederick sobre mí y el agradable aroma que expide.

—Le estaba sugiriendo a nuestros invitados que visiten la Gran Torre, ¿no te parece, hijo? —comenta el señor Logan.

Frederick asiente con entusiasmo. Su expresión es de alguien mucho más joven, debe estar rondando los 27 o 28 años, pero la candidez en sus ojos lo hace ver casi como un muchacho.

—Es una cosa maravillosa, pero recomiendo prepararse para subir muchas escaleras —contesta él.

—Mi salud es de hierro, puedo subir lo que sea —dice Alaric a la defensiva, como si alguien hubiese sugerido lo contrario.

—¿Le gusta ejercitarse, señor Pontecorvo? —pregunta la señora Logan—. Nosotros no somos una familia muy activa, excepto por nuestro Freddy al que le encanta el juego de raqueta.

Frederick mueve los brazos en el aire como si estuviera sosteniendo una raqueta, lo que le gana una luminosa sonrisa de su hermana.

—Es la obligación de todo hombre poner su cuerpo a trabajar —contesta Alaric con tintes de orgullo en la voz—, pero no en jueguitos, sino con esfuerzo real.

Mis dedos se cierran alrededor de los cubiertos. Me pregunto si todos a la mesa se sienten tan incómodos como yo.

—Cualquier actividad física es beneficiosa para la salud —opina el señor Logan sin perder la cortesía—. No sólo para los hombres, para las mujeres también.

—¿Es verdad que en Dranberg obligan a sus mujeres a pelear como varones? —inquiere la señorita Logan inclinándose ligeramente sobre la mesa.

—No precisamente como varones —aclara Alaric—, pero acostumbramos enseñarles tiro de arco y…

—¿A usted le gusta hacer ejercicio, señorita Casper?

Mi pecho vuelve a agitarse, no es solo la sensación de su aliento contra mi piel, sino el tono callado de su pregunta, casi en un susurro para que solo yo lo escuche.

Me giro hacia Frederick y me encuentro de lleno con sus ojos.

—Me gustaba caminar —respondo en voz agitada.

—¿Le gustaba? ¿Ya no?

—Perdí la costumbre.

—¿Puedo preguntar por qué?

Porque la última vez que salí a caminar, el peor hombre imaginable me vio y se presentó en mi casa esa misma noche para hacerme suya.

Suelto un suspiro y encojo los hombros.

—Falta de tiempo —miento.

—Si viviera en Dranberg, me rehusaría a participar en cualquier actividad de varón —opina la señorita Nancy en un tono tan agudo que me obliga a regresar mi atención a la conversación del resto de la mesa.

—Si viviera en Dranberg, lo haría al ver que todas las jóvenes de su posición asisten a las mismas lecciones —apunta Alaric en tono de que se está hartando de conversar con ella.

—¿Usted tomó lecciones de tiro de arco, señorita Casper? —inquiere la señora Logan.

—Brevemente, no llegué a aprender bien —contesto.

—¿Falta de tiempo? —pregunta Frederick, de nuevo en un volumen destinado a que solo yo lo escuche.

Le dedico una sonrisa apagada.

—Falta de medios. La situación de mi familia cambió y no podíamos pagarle al instructor —aclaro con inexplicable franqueza. ¿Qué dragones me compele a abrirme así ante un desconocido?

—Entiendo, esas circunstancias son duras —dice él y, no se por qué, pero le creo cuando dice que entiende.

—¿Conocen el juego de raqueta en Dranberg? Aquí es muy popular, en especial porque es el favorito de los príncipes —comenta el señor Logan.

—Tal vez en la capital, ellos son más susceptibles a niñerías. Definitivamente no en Cima de Fuego —responde Alaric de nuevo con innecesaria antipatía.

—¿Tiene frío, señorita Casper?

Una vez más vuelvo a girarme hacia Frederick.

Junto las cejas, confundida.

—¿Disculpe?

—Parece tener frío —reitera a él, bajando sus ojos un instante a la mano con la que me cubro el pecho, para de inmediato volver a mi rostro.

—Oh, sí, un poco… —contesto abochornada. ¿Qué otra cosa puedo decir? ¿Aclararle lo mortificada que me tiene mi atuendo?

—No diga más, señorita Casper, pondremos un remedio de inmediato —dice Frederick y se voltea hacia su hermana—. Nancy, trae un chal para la señorita Casper. Tiene frío.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.