Tras la sobremesa, los tres hombres se retiran a fumar pipa en un balcón con vista a los terrenos de la propiedad.
Las damas vamos a un saloncito para tomar té en tanto que ellos fuman y hablan de negocios.
—Una bebida caliente siempre viene bien tras una comilona —dice la señora Logan al tiempo que tomamos asiento en la sala.
Sonrío afable. A pesar de encontrarme en compañía de dos extrañas, me siento inusitadamente relajada; probablemente por que Alaric no está cerca.
—¿Cómo es la comida en Dranberg? ¿Se comen a los dragones? ¿A qué saben? —pregunta la señorita Logan inclinando el torso hacia delante.
—¡Nan, qué preguntas! —exclama la señora Logan.
—Oh, no. De ninguna manera. Los dragones son el corazón del reino, está absolutamente prohibido causarles cualquier daño. Además, con lo costosos que son, dudo que nadie se plantee siquiera usarlos de alimento —replico.
—¿Los dragones se venden? ¿Quiere decir que puede uno ir al mercado y comprarse el suyo? —cuestiona la señorita Logan con abierta fascinación.
—No es tan fácil. Uno debe adquirirlos directamente de la familia real, ellos deciden quiénes son dignos de poseer un dragón. Es todo un proceso —explico.
—Así que no cualquiera se hace de uno —comenta la señora Logan cediendo a la curiosidad.
—Así es y, además, también se pueden perder. Si el rey determina que la persona se ha vuelto indigna, tiene el poder de incautar la posesión.
Una sirvienta entra cargando una bandeja con tres tazas y una tetera. Sirve las bebidas y las coloca frente a cada una.
—Según escuché en la cena, el señor Pontecorvo tiene dos dragones. Su prometido debe ser muy cercano a la familia real —comenta la señora Logan.
—No sabría decirle con exactitud. A mi parecer, tiene que ver más con el hecho de que sus negocios son prósperos y va al corriente en sus tributos a la corona —digo, lamentando que Alaric se haya colado a la conversación.
—¿Cómo se conocieron? Seguro que fue muy romántico —inquiere la señorita Logan.
Una risotada sardónica se me atora en la garganta. La palabra romántico no tiene cabida en mi relación con Alaric.
—Estaba de paseo con una amiga, el señor Pontecorvo me vio desde su carruaje y le pidió a su cochero seguirme. Esa noche llegó a casa para pedir mi mano. —Los detalles que dejo fuera arañan mi corazón: el saco de oro, que primero Alaric se informó de las dificultades económicas de mi familia para explotar su ventaja, que mamá aceptó sin siquiera detenerse a pensar en mi felicidad.
—Un hombre que sabe lo que quiere —comenta la señora Logan—. Incluso la trajo consigo a Encenard.
Al decir eso último ambas intercambian otra mirada de desaprobación.
Mis mejillas se tiñen de rubor. No puedo culparlas por tener tan mala opinión sobre mí. Estoy de viaje con un hombre que aún no es mi marido y me presenté a este hogar usando un vestido digno de un burdel. Por supuesto que asumen lo peor.
Por instinto, me ajusto el chal. Al menos ya no estoy tan expuesta.
—¡Ay! —un movimiento en falso provoca que la taza de la señorita Nancy se vuelque sobre su regazo y su mano izquierda.
—¡Nan, cuidado, está hirviendo! —exclama la señora Logan levantándose de un brinco para llegar a su hija.
La muchacha suelta varios alaridos de dolor. La piel de su mano está completamente enrojecida por el líquido caliente.
Un par de sirvientes entran a la estancia y se quedan mirando la escena sin saber qué hacer.
—Ven acá, Nan, necesitamos ponerte algo en esa mano —dice la señora Logan en tanto que toma a su hija del brazo y la guía fuera del salón—. Discúlpenos un momento, señorita Casper —se excusa apresurada antes de salir.
En un segundo, el frenesí se torna en calma. Me quedo completamente sola.
Aprovecho la ocasión para tomar un respiro. La cena ha sido larga y llena de emociones.
Invariablemente, en quien primero pienso es en Frederick y lo atento que fue conmigo cuando estábamos en el comedor. Qué hombre más agradable; aunque todos los Logan han sido buenos anfitriones, sin duda, Frederick es quien más me simpatizó de todos ellos.
El tiempo se me va pensando en lo buen mozo que es el hijo mayor de los Logan. Tan insistentemente pienso en él, que, antes de que me dé cuenta, mi mente ya está desvariando en comparaciones entre Alaric y Frederick; en lo agradable que sería estar comprometida al segundo y no al primero. Apuesto a que si Frederick me abrazara, mi cuerpo no lo rechazaría como rechaza a Alaric. La piel no se me llenaría de escalofríos a su contacto…
Azorada por el rumbo de mis pensamientos, me levanto de mi asiento y comienzo a recorrer la estancia. No hay mucho que ver, unas vasijas costosas y un reloj de péndulo sobre la chimenea. Me asomo por la ventana, afuera está demasiado obscuro y solo alcanzo a ver sombras.
Sigo andando, temerosa de que quedarme quieta haga que mi mente reanude las ideas sobre abrazar a Frederick Logan.
Sobre una mesita hay un libro de tapa azul. Lo tomo y lo abro en la primera página.
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Editado: 04.09.2026