En cuanto estamos solos en el carruaje, Alaric arranca el chal de Nancy de mis hombros y lo arroja al suelo.
—¡Quítate ese trapo absurdo! Fui muy claro en cómo quería que lucieras esta noche —explota furioso.
—La casa estaba fría —me justifico en voz trémula.
—Déjate de tonterías, es la última vez que desafías mis deseos, ¿entendido? No me hagas ponerte en orden, cachorrita. He sido muy bueno contigo hasta ahora, no me obligues a sacar mi lado oscuro para disciplinarte —me advierte.
Paso saliva, ¿es que acaso este no es su lado oscuro?
Si esta es la versión gentil de Alaric, no puedo menos que estremecerme.
Con un rápido movimiento, Alaric toma el libro de mi regazo y lo lanza por la ventanilla.
El corazón se me encoge, pero la protesta muere en mis labios.
—Y mañana vas a saltarte el desayuno —continúa de mal modo—. Ni creas que se me pasó por alto cuánto comiste en la cena, eras como un lechón devorando todo a su paso.
Desvío la mirada, indeciblemente humillada por el control que pretende ejercer sobre mí; sin contar con la hiriente comparación.
—Sí, señor Pontecorvo —las sumisas palabras saben a hiel al salir de mis labios.
Alaric se gira hacia la ventanilla con su pie izquierdo sobre el asiento delante de nosotros. Su bota deja una mancha de barro en el acolchado de terciopelo, pero él no muestra el menor reparo. Al fin que él no será quien lo limpie.
Durante un rato más, Alaric refunfuña en voz baja hasta que, después de un tiempo, deja de emitir sonidos. Se queda pensativo, absorto en las vistas que ofrece el camino.
Yo tampoco pronuncio palabra, ni en el trayecto, ni cuando llegamos a casa. Si hablar significa que volverá a compararme con un cerdo, no quiero escuchar su voz nunca más.
Mamá y Otis ya se han retirado a descansar, así que yo me dispongo a hacer lo mismo.
Me enfilo por la escalera, pero apenas llego al segundo peldaño, Alaric me toma del antebrazo y me regresa al vestíbulo de un tirón.
—Ven acá, deja que te vea una última vez hoy —dice al tiempo que me hace girar sobre mi eje—. Qué preciosa, cachorrita. Hiciste muy mal en negarnos disfrutar de tu belleza, pero no volverá a ocurrir, ¿cierto?
No respondo, ni me digno a mirarlo. Clavo los ojos en uno de los muros del vestíbulo con expresión vacía.
—¿Te cortaron la lengua? —inquiere Alaric ante mi silencio—. ¡Habla!
Inspiro hondo sin cambiar la vista de sitio.
—Perdón, no quería hablar y ofenderlo con mis modos porcinos —explico con la boca apretada.
Hago mal al confrontarlo, pero si sigo quedándome callada, me estallará el pecho.
Para mi sorpresa, Alaric en lugar de enfadarse suelta una risa seca.
—¿Estás ofendida, cachorrita?
—¿De que me haya comparado con un lechón? ¡Qué va!
Alaric me toma por la curvatura de la espalda baja y me estrella contra su impresionante torso.
—Qué mujercita tan caprichosa resultaste —ríe—. Perdona si te ofendí, cachorrita, me dejé llevar por mi molestia.
—¿Qué hay de libro? —pregunto en tono de reclamo.
—¡Pamplinas! ¿De qué te sirve un libro usado? Yo te compraré una biblioteca entera. Conmigo tendrás todo, pero debes aprender a obedecerme, ¿de acuerdo?
El estómago se me revuelve hasta ponerme enferma. Es la anticipación de lo que tengo que decir.
—De acuerdo —cedo, porque, tal como lo dijo Otis, no me queda más que dejar de luchar contra mi destino y apreciar esta oportunidad para salvar a mi familia y nuestro hogar.
—Para hacer las paces, mañana te mandaré a hacer un guardarropa nuevo. He escuchado de una modista muy buena en Encenard, ella se encargará de que luzcas tal y como yo quiero —concluye.
Los ojos de Alaric recorren cada centímetro de mi cuerpo mientras dice esas palabras; bueno, casi cada centímetro de mi cuerpo, en mi rostro no se entretiene demasiado.
Asiento con el estómago revuelto y trato de dar un paso hacia atrás para que él me libere.
En lugar de abrir la mano, Alaric me presiona más fuerte contra su torso. Con su otra mano, me toma por la barbilla y me obliga a levantar la cara.
Sus labios colisionan energéticamente contra los míos. El corazón se me hunde en un abismo. Trato de apartarme, ultrajada por el atrevimiento, pero los dedos de Alaric se cierran con fuerza para impedirme moverme. No le importa lo que yo sienta, él va a tomar de mí lo que se le antoje.
Mi cuerpo se llena de escalofríos, mi respiración se satura de pánico.
¿Y si le doy un pisotón? ¿Y si le pateo la espinilla? Pero aquello iría en contra de aceptar mi destino… Entonces, ¿qué se supone que haga? ¿Dejar que me besuquee hasta que se canse?
Para mi enorme alegría, el ruido de pasos a espaldas de Alaric provoca no solo que aparte sus labios de los míos, sino que me suelte.
El mayordomo se ruboriza al rojo vivo ante la bochornosa escena que encuentra.
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Editado: 04.09.2026