Mi estómago cruje sonoramente, la boca se me llena de saliva. Doy otro sorbo a mi té para acallar el hambre.
El aroma de los bollos delante de mí es una tortura y ya ni se diga lo bien que se ven; esponjocitos y brillantes por la mantequilla. Tal vez pueda escabullirme a la cocina una vez que acabe el desayuno y pedirle a la cocinera que me dé un par de los que sobren. Con suerte, nadie me acusará con Alaric de haber roto su orden de no ingerir alimento en la mañana.
Miro de reojo a mi prometido, quien está dando cuenta de varias lonjas de jamón y un pedazo de hígado. El ayuno es solo para mí, no para él.
—¿Qué tal estuvo la cena de anoche? ¿Llegó a un acuerdo con su socio? —pregunta mamá para abrir la conversación.
—En eso estoy —dice Alaric con la boca llena. Luego mastica más aprisa y traga para seguir—. Ayer me di cuenta de que los Logan están en aprietos económicos. Creo que puedo endurecer los términos del trato y no les quedará opción más que aceptar.
Me pregunto de dónde habrá sacado lo de los aprietos económicos. Yo estuve también en la cena y todo me pareció encantador. La finca era preciosa, la comida exquisita y nuestros anfitriones de inmejorable aspecto. Algo se me debió haber pasado por alto, lo cual no sería raro, porque de anoche sólo me quedan dos recuerdos vívidos: el primero, la cara de horror de la señora y la señorita Logan ante mi vulgar indumentaria; y el segundo, la cautivadora sonrisa de Frederick.
Qué hombre tan agradable, de mirada dulce, modales esmerados y, sobretodo, el delicioso aroma a canela que expedía su ropa. No hubo cosa en él que no fuera de mi agrado… ¡Para ya, Innessa!, me ordeno mentalmente antes de que vuelva a fantasear con estar entre sus brazos.
—Estoy seguro de que con su talento para los negocios, logrará sacar la mayor ventaja posible, señor Pontecorvo —afirma Otis mientras se sirve una segunda porción de salchichas.
—Efectivamente. No tengo la costumbre de perder, si los Logan están en posición de que los exprima, lo haré. Además, me han llegado rumores de que el señor Logan da plazos más largos del usual para pagar y eso también jugará a mi favor —se pavonea Alaric, como si abusar de personas en desventaja fuera un logro.
—Si están en aprietos económicos, probablemente necesiten que les pague en cuanto reciba el producto.
Los ojos de la mesa entera se clavan en mí, sus expresiones rayan en la indignación, como si en lugar de haber emitido una opinión, hubiera eructado.
—Lo que esos paliduchos necesiten no es mi problema —dice Alaric con la mirada ensombrecida. De un movimiento, pesca mi nuca en su descomunal mano y me acerca a él—. Tú tampoco debes desgastarte pensando en ellos. Limítate a pensar en cómo darme gusto, de los negocios me encargo yo, ¿entendiste?
Mamá agranda su ojo para demandar una respuesta satisfactoria de mi parte.
En lugar de emitir el sí que ellos desean, comprimo los labios.
—Me está lastimando —señalo en voz apretada tras unos segundos de silencio.
—Entonces apúrate a confirmar que entiendes lo que se espera de ti —replica Alaric en voz de mando.
—Lo entiendo. —Pero no lo acepto, aunque esa parte me la guardo para mí.
Alaric se da por satisfecho y abre los dedos. La piel de mi cuello punza adolorida.
—Enhorabuena por su trato, señor Pontecorvo —celebra mi madre con intención de despejar la incomodidad en la mesa. Acaba de ver a un hombre someter a su única hija a la fuerza y lo único que se le ocurre hacer es felicitarlo—. Supongo que en ese caso, el día de hoy no contaremos con su compañía. Irá a cerrar el negocio con ese hombre.
—Se equivoca, eso lo haré después. Hoy tengo otras intenciones —dice Alaric posando sus ojos negros sobre mí.
La sonrisa que curva sus labios manda un escalofrío por mi espalda.
Me invade la misma incertidumbre que anoche, cuando él estaba tratando de entrar a mi alcoba.
Contengo la respiración, sospecho que está a punto de declarar que a partir de hoy queda prohibido el uso de llaves en la casa o algo por el estilo. De hecho, me sorprende que aún no haya mencionado el incidente. Tal vez su desfachatez no llega lo suficientemente lejos y no va a admitir abiertamente delante de mi madre y mi hermano que intentó entrar a mi alcoba a la medianoche.
Si tan solo tuviera acceso a raíz del sueño o cualquier especie de somnífero pondría suficiente en su bebida para asegurarme de que cayera rendido en la noche y no tuviera ocasión de escabullirse en mi alcoba. Desde niña tengo el pasatiempo de mezclar hierbas para crear mis propios remedios; era una excelente manera de matar las largas horas de soledad y me he vuelto bastante habilidosa para crear remedios contra el insomnio, las jaquecas y la indigestión. Para mi desgracia, madre me prohibió traer mis provisiones; supongo que temiendo atinadamente que las usaría para sabotear a mi prometido.
—¿Qué intenciones son esas, señor? —pregunta mamá, inclinando la cabeza con curiosidad.
Alaric se endereza en el asiento y recarga ambos codos sobre la mesa.
Desvío la mirada para aplacar mi malestar. Lo más probable es que Alaric se refiera a lo que determinó anoche de mi guardarropa. Me llevará con una modista para que, de ahora en adelante, me vista de la forma en la que a él le complace.
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Editado: 04.09.2026