Cruzo la calle en un andar decididamente más moderado que antes. El ímpetu se me acabó. En mi extravío solo me queda contemplar el alcance de mis malas decisiones. Alaric va a encontrarme, de eso no tengo duda. Él y Otis ya deben estar recorriendo cada rincón de la ciudad para dar conmigo. Sin dinero, amistades u opciones, mis posibilidades de esconderme con éxito son nulas. Eso lo sé desde la primera vez que intenté salir corriendo de casa.
Me froto los brazos para entrar en calor a pesar de que el clima no es frío.
Mis pensamientos son una masa difusa de incoherencias. Mi activa imaginación se extiende a todas las posibilidades: Pedirle ayuda a cualquier persona que vaya pasando, contarle de mi situación y rogarle que me ayude a ocultarme… Lo descarto de inmediato; además de peligroso, probablemente las personas solo me tachen de loca. También podría buscar a los Logan, las únicas personas de Encenard que conozco y solicitar su auxilio… Vuelvo a descartar la posibilidad. Por más amables que se hayan comportado ayer, dudo que quieran arriesgar su trato comercial con Alaric por causa mía, en especial si es cierto lo de las dificultades económicas. Además, me daría mucha vergüenza enfrentar mi realidad ante Frederick.
Continúo agotando ideas cada vez más convencida de que no tengo remedio más que esperar a que me encuentren. Pero es muy frustrante resignarme, entregar mi destino sin siquiera poner un poco de resistencia.
Un local en el camino llama mi atención:
REMEDIOS DE TODO TIPO, indica el letrero de madera.
Mi propio interés por los remedios y las hierbas medicinales me impulsan a entrar. Cruzo la puerta blanca. De inmediato, me inunda el olor de especias y hierbas. Inhalo profundo, reconfortada por la familiaridad de las esencias. Hacer infusiones me distrae, me relaja y vaya que tengo una desesperada necesidad de ambas.
De cada lado del local hay estantes con frascos de distintos colores y nombres extraños que jamás he escuchado.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla? —pregunta un hombre de nariz aquilina y dientes largos detrás de un mostrador de madera.
—Buenos días. Solo vengo a admirar su trabajo —digo con una sonrisilla de disculpa.
—Oh, pero estoy seguro de que podemos encontrar algo para que se lleve a casa. —Se acerca a mí—. ¿Qué le aqueja? ¿Malestar estomacal? ¿Huesos cansados? No, está usted muy joven… ¡Ya sé! Sal de mar para hacer sufrir a una rival. O será que usted sufre de mal de amores. Tengo un remedio excelente para el corazón roto y los nervios alterados.
Separo los labios para negar, pero me lo pienso mejor. Una nueva posibilidad se abre delante de mí.
—En realidad, busco algo para mi prometido. Verá, él sufre de insomnio. Un insomnio terrible. Tanto es su mal que no logra concentrarse durante el día. Necesita desesperadamente una noche de sueño reparador. Por favor, dígame que tiene algo que ofrecerme, lo más potente que tenga.
Una sonrisa torcida bailotea en los labios del hombre.
—No diga más, tengo exactamente lo que su amado necesita —dice y luego estira su largo brazo hacia uno de los estantes, toma un frasco con un polvo gris y me lo tiende—. ¿Ha escuchado del Exubamol del doctor Moss? ¡Pues esto es diez veces más potente! Noches de descanso garantizadas.
No tengo idea de qué está hablando, pero la palabra potente me convence.
—¿Qué contiene? —pregunto en tanto que analizo el frasco contra la luz de la ventana. Es un polvo extraño, nunca he visto algo así.
—No pienso compartirle mi fórmula, ¿quiere el remedio para su prometido? Pague por él —responde secamente.
Me muerdo el labio.
—Lo siento, no crea que pregunto con malas intenciones. Es mera curiosidad. Soy una aficionada de crear mis propios remedios.
—Ah y pensó venir a robarme mis recetas —dice el hombre con creciente irritación—. Puede que el susodicho prometido ni exista. Solo lo inventó para hacerme bajar la guardia.
—¡No! En absoluto. Lo siento, está usted entendiendo mal. Para nada pienso robarle, de hecho, si usted necesitara una asistente, yo podría…
—Señorita, ¿quiere o no el remedio? Si no es así, debo pedirle que se retire.
En una fracción de segundo mi mente deshecha la loca posibilidad de trabajar para este hombre y ocultarme en su local. Era una locura de cualquier modo, solo otra de las confabulaciones retorcidas de mi imaginación.
Lo más realista sería llevarme el somnífero para cuando Alaric inevitablemente dé conmigo. Si funciona tal vez evite que la boda se lleve a cabo o al menos me salvará de la noche de bodas.
—Me lo llevo.
El semblante del hombre se suaviza.
—Excelente. Será una Lira del bosque, por favor. —Extiende su larga mano hacia mí.
Vuelvo a morderme el labio.
—Mire… justo ahora no tengo dinero conmigo —empiezo a explicar. La expresión del hombre muda de inmediato, su sonrisa es remplazada por el ceño arrugado. Rápidamente, tomo la peineta de plata que sostiene mi cabello y me la quito—. Pero tengo esto. Es plata de Dranberg de excelente calidad.
Con un rápido movimiento, el hombre me arranca el frasco de la mano.
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Editado: 04.09.2026