Tormenta de Fuego

Capítulo 12

Alaric no deja de sermonearme camino a casa y mamá hace otro tanto cuando llegamos.

—¡Mírate ese cabello! ¿Cómo sales a la calle así? De verdad que no te reconozco, Innessa —espeta escandalizada, luego se gira a mi prometido—. Señor Pontecorvo, perdone a esta muchacha insolente. La boda le tiene los nervios alterados, pero ya se va a comportar. En un momento la pondré presentable.

—Dese prisa, señora. Ya mandé por el oficiante de casamientos, no debe tardar en llegar —dice Alaric en voz inflexible.

Mamá hace una sumisa inclinación de cabeza y se echa andar escaleras arriba llevándome consigo.

Prácticamente me empuja dentro de la habitación.

—Quítate ese vestido, ¡ahora! —me ordena entre dientes—. ¿Cuándo aprenderás a dejar de darme disgustos? No tienes idea de lo mal que se puso Pontecorvo cuando saliste corriendo de la casa. Estaba tan sorprendido que hasta se tardó en reaccionar y cuando intentó darte alcance ya te habíamos perdido.

Muy discretamente, saco el costalito de su escondite.

—¿Podrías pedirle a la cocinera que ponga agua a hervir? Me apetece un té —pido haciendo caso omiso de su rabieta. Rápidamente recorro la recámara con la vista, determinando el mejor lugar para ocultar las hojas.

Mamá se gira violentamente hacia mí.

—¡¿Té?! ¿Acaso no escuchaste? El oficiante viene en camino a casarlos. No hay tiempo para té.

—Por favor, tengo la garganta muy seca y tal vez si le llevo uno a Alaric podamos reconciliarnos antes de la ceremonia.

Mamá pone los brazos en jarras.

—¿Un té? ¿En verdad crees que con eso te va a disculpar?

Encojo los hombros con inocencia.

—Al menos quisiera intentarlo.

Mamá entorna el ojo.

—¿Qué te traes entre manos, Innessa? ¿De cuándo acá te interesa hacer las paces con Pontecorvo?

—Por favor, es solo un té —replico con disimulo.

Mamá chasquea la lengua.

—Bien, pero, mientras bajo, ve cepillando ese cabello que pareces una loca.

—Gracias.

En cuanto ella cruza la puerta, llevo el costalito hacia el tocador para ocultarlo dentro del joyero. La cajita no tiene mucho, excepto por los regalos que me ha hecho Alaric. Saco su contenido para hacer espacio.

—¡¿Qué tienes ahí?!

Por instinto, me llevo la mano a la espalda, pero no soy lo suficientemente rápida. Mamá me toma de la muñeca y de un tirón firme me fuerza a mostrarle el costalito.

—¿Qué rocas es esto, Innessa? —pregunta arrebatándome las hojas.

—Es… para el dolor de cabeza, yo…

La indignación en su mirada deja claro que no me cree.

—Ya sabía que algo estabas planeando. ¡No puede ser! ¿Qué tontería pretendes ahora?

—Ninguna, yo solo… ¡No!

Mi sonoro grito tiene nulo impacto en las acciones de mamá. Ella arroja el costalito a la chimenea y este prende en fuego de inmediato.

La desesperación se me asienta en el pecho. Me precipito al fuego con las manos estiradas. Mamá me detiene de la cintura para impedir que cometa una tontería.

Nada puedo hacer. Son hojas secas, el fuego las consume de inmediato.

Aflojo el cuerpo, pues es inútil poner resistencia, las llamas ya hicieron su trabajo; acabaron con mi única salida.

—Estoy harta de luchar contra tu escasez de sentido común. ¿Qué había ahí dentro, Innessa? ¿Ibas a envenenar a Pontecorvo? Niña tonta, al menos espera unos meses para que asegures su dinero dándole un heredero.

Volteo a ver a mi madre, incrédula.

—No pensaba envenenarlo… ni hoy, ni nunca —digo indeciblemente sorprendida de que sea necesario aclarar algo que debería ser obvio.

Mamá da un respingo, como si la respuesta la tomara desprevenida.

—Vaya, eso es… loable.

—¿Loable? Me parece lo elemental… ¿Me crees capaz de asesinar a alguien? —inquiero escandalizada.

En respuesta obtengo un sonoro resoplido impropio de una dama. Mi madre se acomoda el parche y luego da un par de manotazos al aire.

—A veces una tiene que hacer lo que sea necesario para sobrevivir —masculla de forma vaga y luego se gira hacia el ropero—. Dejemos de perder el tiempo en tonteras. Primero debes casarte y traer un Pontecorvo al mundo, después veremos qué sigue. Ya elegí el vestido…

La miro andar entre inquieta y confundida, ¿a qué se refiere con después veremos lo que sigue?

Mamá me tiende un vestido de fiesta color verde menta, lo más parecido al blanco que tengo a mi disposición. No es ni por asomo un vestido de novia, pero en este caso he de considerarme afortunada. Alaric no tuvo tiempo de mandarme a hacer él el vestido, por lo que al menos podré presentarme a mi boda con un atuendo respetable.

Tomo el vestido, pero no me muevo. La ansiedad me comprime los pulmones. Frederick llegará en cualquier momento, es solo cuestión de minutos para que llame a la puerta principal. Mi destino me va alcanzando a pasos agigantados y no hay nada que pueda hacer ya para evitarlo.




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