Tormenta de Fuego

Capítulo 13

Las horas siguientes a la partida de Frederick traen un mar interminable de quejas e insultos al aire proferidos por Alaric.

Como de costumbre, mamá y Otis se ponen de su lado, pero es tanta su ofensiva verborrea, que incluso ellos empiezan a hartarse.

Mi prometido va de un lado al otro de la sala soltando toda clase de majaderías e insultos en contra de Frederick. No se cansa, ni hace pausas para tomar aliento.

Sin poder soportarlo más, busco refugio en el jardín de la casa. No es un lugar especialmente amplio, pero está bien cuidado con arbustos delineados y flores de distintas variedades. Lo más importante: la logorrea de Alaric no se alcanza a escuchar aquí fuera.

Pegada a la pared exterior de la casa, hay una banca de piedra; encima de ella, una ventana larga rectangular que da a la cocina.

Tomo asiento en la banca. De fondo me acompaña el ruido de las ollas y los cucharones propios de la preparación de la cena. Si bien salí al jardín para buscar silencio, el fragor de la cocina me es indiferente. Cualquier cosa es preferible a escuchar las interminables quejas y maldiciones de Alaric.

Cierro los ojos y recargo la cabeza contra el muro. La imagen de Frederick viene a mi mente. Logro visualizarlo tan claro como si estuviera de pie delante de mí; alto, apuesto, encantador… Involuntariamente, las comisuras de mis labios se curvan en una sonrisa.

Abro los ojos y echo un rápido vistazo para confirmar que estoy sola, luego me llevo la mano al bolsillo oculto de mi falda y saco el pañuelo de Frederick. Me lo llevo a la nariz y inhalo profundo para llenar mis pulmones de su delicioso olor a canela.

Las entrañas me revolotean de emoción. Es una sensación que ningún otro hombre me ha provocado, en especial no mi prometido y ni siquiera necesito tenerlo de frente para sentirlo. Su mero aroma despierta algo en mí que no sabía que existía.

Lo mejor de Frederick es su costumbre de venir a mi rescate; primero con el chal y ahora saboteando la boda. Ya no creo estarme inventando historias, estoy convencida de que, de algún modo, Frederick logra entenderme. No necesita palabras para saber lo que siento y, más importante, le importa. Frederick no me conoce de nada y, aun así, busca mi bien.

No tengo idea de por qué lo hace. Tal vez sea simple caballerosidad, puede que vea en mí una dama en apuros y su instinto protector lo impulse a actuar… O tal vez sea que me encuentra tan agradable como yo a él.

La piel se me eriza solo de imaginar que Frederick pudiera compartir la atracción que yo siento. Que piense en mí tanto como yo pienso en él. Que mi imagen lo haga sonreír…

Mis agradables cavilaciones acerca del joven Logan llegan a un abrupto fin cuando, inevitablemente, me recuerdo que no importa si a Frederick le gusto tanto como él a mí. Probablemente vuelva a verlo un par de veces más durante mi estancia en Encenard y luego Frederick Logan saldrá para siempre de mi vida. Yo me convertiré en la señora Pontecorvo. Lo de hoy fue solo atrasar lo inevitable. Muy pronto, Frederick será un recuerdo lejano que usaré para sonreír en los constantes momentos de tristeza que invariablemente tendré en mi nueva vida como la esposa de Alaric.

—¡Birdy! ¿Qué hace esto aquí?

Por instinto, levanto la cabeza cuando escucho la voz del mayordomo dentro de la cocina. El gesto es inútil, pues sentada como estoy no alcanzo a asomarme para ver qué sucede dentro.

—¿A qué te refieres? ¿Al romero? —replica la cocinera en tono confundido.

—Sí, exactamente, Birdy, al romero. No me digas que ya se lo pusiste a alguno de los platillos para la cena —dice el mayordomo con tanto dramatismo como si se tratara de una tragedia.

—Aún no, pero planeo hacerlo —indica la cocinera.

—¡Nada de eso! ¿Acaso lo olvidaste? Cuando te contraté, te dije que a mi señor Pontecorvo le sienta mal el romero. Ya sucedió en una de sus visitas anteriores, el pobre hombre estuvo indispuesto toda una noche… Fui muy específico contigo en que no debías usar ese condimento en ningún platillo.

—Te equivocas. Jamás lo mencionaste —se defiende la cocinera.

La curiosidad me gana. Muy discretamente, me levanto de la banca para asomarme a la cocina. La cocinera y el mayordomo están frente a frente, no se percatan de que los observo.

—Sí que te lo dije.

—¡Que no! Recordaría una instrucción de esas. ¿Me crees tonta? —lo reta la cocinera, poniendo los brazos en jarras.

El mayordomo se golpea las rodillas.

—Eso no es lo que estoy diciendo, pero te lo dije, yo… Mira, Birdy, no discutamos más. Sólo asegúrate de que ninguno de los alimentos que sirvas en la mesa de los patrones tenga romero. ¿Puedo contar contigo? —pide en tono conciliatorio.

—Absolutamente —afirma la cocinera girándose para volver a las ollas—. Solo hacía falta pedirlo de buen modo.

El mayordomo sale de la cocina en tanto que ella retoma sus deberes. Yo permanezco de pie en la ventana con la vista clavada en el frasco de romero que quedó olvidado en la encimera.

Vuelvo al interior de la casa, el soliloquio quejoso de Alaric se oye desde la sala. Cruzo el pasillo con mucha discreción hasta llegar a la cocina. El corazón parece latirme en la garganta de lo acelerado que lo tengo.




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