Tormenta de Fuego

Capítulo 14

Cepillo mi cabello delante del espejo. Las cerdas entran y se deslizan suaves cuan larga es mi cabellera. No pongo atención a lo que hago, me encuentro sumida en mis pensamientos. Hoy ha sido un día largo, cargado de eventos. Gané la batalla del día, pero mañana vendrá otra lucha y todo indica que esta es una guerra que tengo más que perdida.

Para acallar la oscuridad que se cierne sobre mí, abro el cajoncito del tocador y saco el pañuelo de Frederick. A un costado tiene bordadas sus iniciales. F.L. Paso mis dedos por las letras con mis pensamientos dirigidos hacia él.

El truco funciona, con Frederick Logan en la mente, mi ánimo empieza a restablecerse.

La cerradura de la puerta hace un ruido sordo al ceder. Devuelvo el pañuelo al cajón y me levanto de mi silla como resorte.

Alaric cierra tras él. En sus labios baila una sonrisa perversa. En su mano trae una llave… la llave de mi recámara.

—Señor Pontecorvo, ¿se le ofrece algo? —pregunto con la boca seca.

—Solo venía a desearte buenas noches, cachorrita —dice en voz ronca. El chisporroteo del fuego de la chimenea proyecta su sombra contra la pared. Su figura enorme e imponente se acerca a mí entre sombras y luces.

Me confié, pensé que el romero lo enfermaría lo suficiente para mantenerlo alejado, pero supongo que el mayordomo se equivocó y su indisposición no es tan grave. Mi prometido es la viva imagen de la vitalidad y viene hacia mí.

Doy un paso hacia atrás para colocarme detrás de la silla.

—Es tarde —señalo tontamente—. Todos los demás se han retirado a dormir.

—Lo sé.

Oigo mi pulso en mis oídos. Mis dedos se aferran a los bordes de mi bata para cerrarla como si la vida se me fuera en ello.

Alaric se toma su tiempo al andar, no tiene prisa y parece estar disfrutando del momento; un león que sabe que su presa no tiene escapatoria.

Mi respiración se satura de pánico.

—El seguro estaba puesto —digo en voz trémula.

Alaric alza la llave que trae entre manos.

—Hoy me encargué de que el ama de llaves me hiciera un juego. Esta es mi casa y ninguna habitación debe estar fuera de mi alcance —explica secamente.

—Sé que es su casa, pero… —el aliento se me corta en el instante que Alaric se planta frente a mí. Parece más alto y fuerte que de costumbre. Es enorme, un depredador de pies a cabeza. Sus ojos refulgen hambrientos, el reflejo de las llamas lo hace ver aún más siniestro. Tiene hambre, hambre de mí.—. Si alguien lo ve aquí… sería un escándalo —balbuceo, a pesar de que sé que mis argumentos no lo moverán en lo más mínimo.

Alaric toma uno de los listones de mi bata y tira de él con fuerza ya sea para atraerme hacia él o para revelar mi camisón; probablemente ambos. Mis pies se mueven ligeramente hacia delante, pero mi bata permanece cerrada por la fuerza que ejerzo con mis dedos.

—Entonces, seamos muy silenciosos, cachorrita —dice inclinándose hacia mí.

—¿Silenciosos… en qué? —pregunto mientras por dentro me arrasa una avalancha de pánico.

Alaric no responde, en lugar de ello recibo una sonrisa ladeada de dientes perlados y luego sus manos me toman por la espalda baja.

—Me vuelves loco, ¿sabes? –susurra con sus labios húmedos contra mi oído.

Tenso los hombros, la espalda y cada poro del cuerpo.

—Señor Pontecorvo, no debería estar aquí. Las buenas costumbres dictan que…

—Me importan un comino las buenas costumbres. Estoy harto de postergar el tomar lo que quiero. No puedes lucir del modo en que lo haces y esperar que me controle…

Alaric toma mi rostro entre sus manos con fuerza, de modo que me es imposible esquivar su beso. Nuestros labios chocan violentamente. Los míos frígidos, asqueados. Los de él, hambrientos, impetuosos.

Trato de echar la cabeza hacia atrás, pero es imposible. Estiro las manos al frente y estas chocan con su torso. Lo empujo, pero él no se inmuta. Es demasiado grande y fornido, poco puedo hacer para rechazarlo. Ejerzo más presión con las manos, nada sucede… hasta que algo sucede.

Su estómago gorgotea bajo mis palmas. Por un momento, no estoy segura de lo que sentí o si es producto mi imaginación, pero segundos después, la sensación vuelve a producirse; esta vez de forma audible. Sus borborigmos son tan intensos que se oyen aun sobre el crepitar del fuego.

Alaric deja de besarme y endereza la espalda. Su rostro ha cambiado. Su mirada cargada de deseo y su sonrisa ladeada han desaparecido. Ahora tiene la frente brillante por una espesa capa de sudor y su piel ha adoptado un tono verdusco.

Mi pánico se torna en un estallido de optimismo. Es el romero, al fin está surtiendo efecto.

Otro crujir de tripas. Este todavía más sonoro que los anteriores.

—¿Está bien? —pregunto con inocencia.

—Sí… eh… No es nada —dice en un jadeo y vuelve a tomarme del rostro. Se inclina para besarme, pero antes de alcanzar mis labios le llega otro gorgoteo.

—¿Puedo hacer algo por usted? —pregunto haciendo acopio de toda mi fuerza para no sonreír.




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