Mi madre me analiza con el ojo entrecerrado cuando vuelvo a la sala.
—Más vale que hayas ido a ver cómo está el señor Pontecorvo —dice con gesto de desaprobación.
—Dije que no iba a ir y no pienso hacerlo —replico.
—¡Niña ingrata! ¿Qué debo hacer para que te entre en la cabeza lo importante que es tener feliz a ese hombre? Bastante penosa fue tu salidita de ayer por la mañana. Se me caía la cara de vergüenza y ahora, en lugar de buscar el perdón de tu novio, te haces la digna.
Me giro hacia mi hermano, él parece tan hastiado como yo.
—A unas cuadras de aquí hay un parque, ¿te apetece dar una vuelta? —le propongo a Otis.
Él asiente con gesto de alivio.
—Con gusto, me caería bien una caminata —dice en tanto que se incorpora.
—¿Paseo? ¿Perdieron la cabeza? Deben quedarse en casa. El señor Pontecorvo se enfadará si baja y no los encuentra.
—Madre, sólo será un paseo, no tardaremos —dice Otis desestimando su queja.
—De ninguna manera. No podemos ser indiferentes al malestar de nuestro anfitrión —protesta ella.
—¿Qué podemos hacer por él quedándonos aquí? No somos médicos, ni tengo mis remedios para ayudarlo —argumento—. Además, el señor Pontecorvo está muy consternado con que yo me mantenga en forma, así que estoy segura de que aprobará que salga a hacer un poco de ejercicio.
El razonamiento da en el clavo. El semblante de mamá se suaviza ligeramente.
—Bien, pero no se demoren y, Otis, por nada del mundo pierdas a tu hermana de vista. Lo último que necesitamos es que se vuelva a extraviar.
—La vigilaré de cerca —asegura mi hermano.
Siguiendo las instrucciones del mayordomo, Otis y yo echamos a andar del brazo en dirección al parque. Vamos a paso tranquilo, admirando las hermosas casas y el movimiento en las calles.
Esta es la primera vez que veo Encenard sin la sombra de Alaric encima de mí y descubro que así este reino me gusta mucho más.
—La gente es muy alegre y amigable, ¿no lo crees? Creo que en Dranberg somos algo más huraños —comento cuando vamos llegando a los límites del parque.
—Debe ser la sangre dragón, nos hace más fríos —bromea mi hermano.
—Mira, eso se ve divertido —digo señalando a una familia volando una cometa.
Otis encoge los hombros con indiferencia sin aminorar el paso.
—Es una suerte que el señor Pontecorvo se haya puesto malo, ¿no crees? —comenta mi hermano unos metros más adelante, con la vista en un grupo de niños jugando a la pelota.
—¿Lo crees tú? —pregunto de vuelta sorprendida.
—Decididamente. De otro modo, seguiríamos escuchando sus quejas sobre el ridículo oficiante de bodas —dice poniendo los ojos en blanco.
—Oh… a mí no me parece ridículo.
—Un absoluto bufón, se avergonzó de la manera más penosa.
Hago un mohín, inconforme de que llame bufón a Frederick.
—Fue solo un accidente, estás exagerando —lo defiendo.
Otis no se percata de mí irritación, él sigue transitando casualmente por el caminito de gravilla.
—Un accidente torpe e injustificable. Hasta pareciera que lo hizo apropósito.
—¡Por supuesto que no! ¿Qué ideas, Otis? ¿Por qué él haría algo así apropósito? Estás hablando disparates —exclamo azorada.
Mi hermano me mira de arriba abajo entre burlón y preocupado.
—Sosiégate, Innessa, no estoy asegurando que el accidente fuera intencional, solo digo que pareció serlo —se defiende—. Vaya que esta boda te tiene tensa… te alteras por las cosas más extrañas.
Ya no respondo, sigo andando sin decir palabra mientras trato de ignorar la creciente preocupación de que a Otis se le ocurra sugerir frente a Alaric que el accidente con la tinta fue intencional. Mi prometido no necesita de mucho para volverse loco de celos. Lo último que falta es que mi hermano le meta esta clase de ideas a la cabeza.
—¿Te cae bien? —pregunto después de un trecho que cruzamos en silencio—. Me refiero a Alaric.
—Rocas y dragones, por supuesto que no. ¡En absoluto! —ríe como si la mera sugerencia fuera absurda—. Tiene los bolsillos llenos y eso lo hace tolerable, pero caerme bien ni en broma.
—¿Y eso no te alarma? —inquiero mirándolo de reojo.
Otis junta las cejas, confundido.
—¿Alarmarme? ¿Por qué? No hay necesidad de que Pontecorvo me caiga bien.
—Porque yo pasaré el resto de mi vida atada a él —la recriminación en mi voz es imposible de disimular.
Otis suelta un resoplido al mismo tiempo que libera mi brazo.
—Innessa, sé que estás menos que encantada con el arreglo. Créeme, se te nota, pero ya te dije que debes aprovechar la oportunidad; además, siento que no estás viéndolo desde la perspectiva correcta. Crees que estarás encadenada a Pontecorvo a todas horas del día, pero lo cierto es que los hombres como él son volubles y caprichosos. Después de que le des un par de hijos se olvidará de ti. Se hará de una amante o varias a las que dedicará su tiempo y a ti te dejará en paz. Sólo debes soportar los primeros años, luego verás que las cosas se vuelven más fáciles. Su mansión tiene varios pisos y decenas de habitaciones; probablemente te las arregles para pasar días sin siquiera topártelo.
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Editado: 04.09.2026