Tormenta de Fuego

Capítulo 16

Alaric permanece en su habitación hasta el día siguiente. Cuando al fin sale de su encierro, se ve tan pálido y ojeroso que me remuerde la conciencia. Creo que me excedí con el romero; su malestar tardó en llegar, pero fue contundente.

A mamá se le ocurre la idea de salir a almorzar para celebrar su mejoría y él acepta con desgana.

Dado que no conocemos muchos lugares en Encenard, decidimos volver al mismo establecimiento al que fuimos en nuestro primer día: El mesón Leroy.

El lugar está a reventar, un amable mesero nos consigue una mesa casi al centro del amplio recinto. Tomamos asiento, sobre la mesa hay una tarjeta donde se indican los platillos que se ofrecen ese día.

—Creo que probaré el pastel de carne —dice mamá pasándose la lengua por los labios.

—Suena bien, tal vez yo te copie —digo con una media sonrisa.

—Nada de eso, tú pedirás un poco de fruta y un té —espeta Alaric autoritario mientras mira hacia uno y otro lado.

—Pero tengo mucha hambre —señalo indignada de si quiera estar teniendo esta conversación.

Alaric me lanza una mirada de advertencia.

—No me provoques, cachorrita. No estoy de humor —masculla amenazante.

Contraigo los labios hasta volverlos una línea invisible. Todo rastro de culpa por lo del romero se borra de golpe, ahora incluso deseo haber vertido el resto del frasco.

El mesero llega poco después a tomar nuestra orden; todos, excepto yo, piden lo que les apetece y luego Alaric ordena por mí.

Giro la tarjeta boca abajo. No sé ni para qué me molesté en consultar los platillos. A como pintan las cosas, no volveré a tener la libertad para tomar siquiera estas pequeñas decisiones.

Suelto un largo aliento de pesar en tanto que mamá y Otis tratan de iniciar la charla en la mesa.

—Estaba pensando que, saliendo de aquí, podríamos buscar una modista y mandar a hacer un vestido para el casamiento. Lamentablemente, el vestido verde quedó arruinado por la mancha de tinta, pero estoy segura de que podremos mandar a hacer algo muy bonito ahora que contamos con tiempo —sugiere mamá con una media sonrisa.

No contesto, no veo motivo si, al fin y al cabo, mi opinión carece de relevancia para la gente en esta mesa.

—No sé con qué tiempo cree que contamos, señora Casper, pero le aseguro que se equivoca. Esta misma tarde me casaré con su hija —suelta Alaric mientras sus enormes dedos juguetean con la servilleta que aún no se coloca en el regazo.

Giro mi rostro con tanta fuerza hacia él que casi me doy un tirón.

—¿Hoy? Pero el señor Logan dijo…

—No me importa lo que haya dicho ese mentecato —me corta Alaric—. Me rehúso a esperar a que él haga sus diligencias. Logan no es el único oficiante de casamientos de la ciudad. Hoy mismo buscaré otro y el asunto quedará cerrado antes de que se ponga el sol.

Trago saliva, esta se siente como ácido bajando por mi garganta.

—Hace bien, señor Pontecorvo. El actuar de ese joven fue penoso, apuesto a que ni siquiera es un oficiante de verdad —opina mamá.

—Madre, recuerda que es hijo del caballero con el que el señor Pontecorvo está haciendo negocios; dudo que sea un charlatán —dice Otis.

—No será un charlatán, pero si un incompetente. Me quedé con muchas ganas de partirle la cara puñetazos —dice Alaric con la mirada oscurecida—. Sólo se salvó porque aún me interesa comprarle trigo a su familia, pero la realidad es que incluso eso lo estoy considerando. Si el hijo es tan inepto, tal vez el padre también lo sea y no me conviene hacer negocios con gente así.

—Definitivamente es algo que hay que tener en cuenta —concuerda Otis.

Al menos debo agradecerle guardarse sus sospechas acerca de que Frederick saboteó la boda intencionalmente. Sin embargo, esa es solo una pequeña luz dentro de un mar de oscuridad. La certeza de qué hoy me casaré con Alaric me provoca un agobio asfixiante, la pena me aplasta.

—Hablando de ineptos —masculla Alaric.

Sigo la dirección de su mirada. Frederick está sentado en una mesa al fondo, en compañía de un caballero alto que se presentó como el dueño del mesón el primer día que estuvimos aquí.

Él no nos ha visto a nosotros. Hay demasiadas mesas que nos separan y todas están llenas. Además, él parece muy entretenido con la charla de su acompañante.

Miro su apuesto perfil y lo refinado de sus movimientos. Estoy tan abatida que ni siquiera logro juntar energía para echar a andar mis fantasías. Hoy no hay espacio para soñar con abrazarlo, ni con imaginar que soy suya… hoy solo hay oscuridad.

Ojalá pudiera agradecerle lo que hizo por mí; aun si su treta sólo me compró unas horas más de libertad, siempre apreciaré su ayuda.

Una enorme mano se cierne sobre mi nuca. Alaric me obliga a girar el rostro hacia él.

—¿En qué piensas, cachorrita? Te quedaste meditabunda —inquiere, analizándome con ojos entornados.

—Seguro que está arrobada por la noticia de la boda —interviene mamá.

Alaric esboza una media sonrisa cargada de petulancia. La mano que todos ven sostiene mi nuca; la que tiene debajo de la mesa, me toca los muslos.




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