Una descarga de adrenalina me recorre el cuerpo entero. ¿Está hablando en serio? Siento que debo pincharme el brazo para despertar o acaso es real que el señor Frederick me está sugiriendo escapar del mesón juntos.
Es una completa locura, pero, ¿acaso no llevo días queriendo huir?
Por más temerario e ilógico que resulte aceptar la ayuda de un desconocido, ¿no sería mil veces peor resignarme a una vida junto a Alaric Pontecorvo?
Con el pecho a punto de reventar y el pulso en mis oídos, asiento enfáticamente.
—Lléveme con usted —le pido con voz trémula por la excitación.
Una sonrisa de oreja a oreja cruza el rostro de Frederick. Me hace una seña para que aguarde un momento y luego llama a un mesero con mucha discreción.
—¿En qué puedo servirle, mi señor? —pregunta él mirándonos con curiosidad. Debe estarse preguntando qué carambas hacemos escondidos detrás de una columna.
Frederick saca una moneda de su cinturón y se la entrega al mesero.
—¿Ve a ese caballero Dranber de allá? Por favor, dígale que vio a su acompañante salir del mesón y correr calle abajo.
El mesero da un respingo; mira dubitativo hacia Alaric, luego a Frederick y finalmente a mí.
—Eh, mi señor, yo…
—No te meterás en problemas, yo me encargaré de Liam y, si logras que se vaya de aquí en menos de cinco minutos, hay más monedas para ti de donde esa vino.
El mesero asiente entusiasta y se precipita hacia Alaric.
Evito mirar, prefiero no asomarme para no comprometer mi escondite. No obstante, después de unos segundos, la curiosidad me gana y me inclino para ver si ya le está entregando el mensaje.
Una figura alta me bloquea la vista.
—Freddy, los acompañantes de tu amiga la buscan —anuncia el dueño del mesón en tono de pocos amigos—. Están empezando a incomodar al resto de mi clientela.
—Relájate, Liam, saldrán de aquí en cuestión de minutos. Ya me encargué. Por cierto, ¿te importa si salimos por las cocinas? Sé un sol y manda mi carruaje al callejón trasero…
—¿Cómo que te encargaste? ¿Encargaste de qué? ¿Y por qué carambas saldrías por las cocinas? Freddy, ¿qué te traes entre manos? —demanda saber el dueño con los brazos en jarras.
—¿Acaso nadie te ha enseñado a no entrometerte en asuntos ajenos? De verdad, Liam, a veces creo que te crió una jauría salvaje. ¿Qué pensaría tu abuela?
—Pensaría que hago bien en cuidar lo que sucede en mi negocio —masculla y, a pesar de su ceño ensombrecido, resalta el aprecio que le tiene a Frederick—. Hablo en serio, Freddy.
—¡Mira nada más! Ni el rey Esteldor obra esa magia —celebra Frederick señalando hacia las mesas. El señor Leroy y yo nos giramos hacia donde apunta su dedo. El mesero cumplió su cometido, Alaric y mi familia van de salida—. Ahora, mi ansioso amigo, sé tan amable de permitirnos salir por las cocinas y enviar mi carruaje allá.
El hombre alterna su mirada de su amigo a mí un par de veces hasta que finalmente suelta un suspiro de derrota.
—¿Por qué siento que voy a arrepentirme? —se lamenta haciendo una seña para que lo sigamos.
Frederick me toma de la mano antes de echarse a andar.
Presto poca atención a lo que hay a nuestro paso, la sensación de nuestros dedos entrelazados es desconcertante… en el mejor sentido de la palabra.
A pasos cortos y apresurados, seguimos al señor Leroy por las cocinas hasta una puerta trasera.
—Esperen aquí, daré la instrucción a tu cochero. Asumo que esperas que sea muy discreto, en caso de que el grupo de la señorita siga rondando el mesón.
—¿Qué comes que adivinas, Liam? —dice Frederick con una sonrisa esplendorosa.
El señor Leroy pone los ojos en blanco y se da la media vuelta.
—Podemos confiar en él, ¿cierto? —pregunto con un escalofrío—. No cree que vaya a informar a Alaric o…
—A Liam le confiaría mi vida —asegura Frederick. Luego alza la mano con la que sostiene la mía y se la lleva a los labios. Con mucha calma, besa mi dorso, tomándose su tiempo, dejando que sus labios se familiaricen con mi piel.
Ahogo un suspiro de emoción, aturdida por toda clase de sensaciones novedosas e intrigantes.
Mis numerosas fantasías no se comparan con la realidad. Las sensaciones que fluyen entre nosotros son electrizantes. La descarga que sentí al conocerlo palidece con lo que me provoca ahora besando mi mano tan despacio, con tan evidente placer…
El sonido de cascos de caballos interrumpe el momento.
—Nuestro carruaje está aquí —celebra Frederick.
Lo sigo fuera de las cocinas. Su cochero ya aguarda con la puerta abierta. Nos metemos rápidamente y, en cuanto estamos dentro, Frederick cierra las cortinillas.
Me llevo ambas manos al pecho. El corazón me va a reventar. Escapé, realmente lo hice y esta vez no estoy sola. Esta vez no será como antes.
Frederick se gira hacia mí y pasa su brazo por mi respaldo.
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Editado: 04.09.2026