Tormenta de Héroes [crónicas de un Inesperado Héroe I]

28. LOS ECOS DE LAS VOCES

 

—Todd. Debes ver esto... —el sonido le sonó lejano, un tanto lúgubre. Algo le apretó el pecho y le movió de un lado a otro. Sintió la calidez en su rostro, apretó los labios, su cuerpo le exigía descanso, aunque aquella extraña fuerza no parecía estar de acuerdo con él.

Consiguió arrancarlo, abrió lentamente los ojos, todo a su alrededor eran simples borrones de diferentes colores, aunque consiguió distinguir entre ellos uno, aquel cabello rubio le resultaba inconfundible.

—¿Volvió a descomponerse el calentador? —preguntó, ya odiaba aquel dichoso calentador, lo había arreglado tres veces en una semana y por un momento creyó que había ganado la guerra. Al parecer no era así.

—No se trata del calentador —frunció el ceño, se movió incomodo en el lecho, apartó unas cuantas mantas, se giró sentándose en la orilla de la cama, se talló enérgicamente los ojos ya que las palabras de Kate no sonaban nada naturales.

—¿Qué ha sucedido? —interrogó girando el rostro y observando mejor el semblante que le ofrecía su pareja.

Lo que descubrió le dejo perplejo. El rostro de Kate se había vuelto del color de la leche cortada, llevaba ambos brazos cruzados y movía sus ojos azules hacia todos lados, como temiendo que alguien los estuviera vigilando. Aquello le provoco un terrible miedo que le atenazo el pecho. ¿Qué era? ¿Su padre no había muerto? ¿Acaso Lux ahora era Comisionado de la policía? Ya no sabía ni porque tener miedo.

—Creo que deberías verlo con tus propios ojos —asintió con un movimiento de cabeza, se apresuró a ponerse en pie, recogió unos vaqueros que estaban en una silla, de allí también se armó con una camisa azul claro, buscando no retrasar más el momento, le indico a Kate que le mostrara aquello que tanto la atemorizaba.

Mientras bajaban por las escaleras, se encargó de abotonarse la camisa, sabía que no era el momento, pero le fue imposible reprimir un bostezo.

La puerta principal estaba abierta, aquello no era normal, su ceño se frunció aún más al descubrir que allí también se encontraba Edward, por la poca luz que entraba, debía suponer que aún no amanecía del todo.

Edward no mencionó palabra cuando Kate le pidió moverse, lo hizo sin el menor atisbo de molestia, sus miradas se encontraron, su hermano formó una débil sonrisa y con una mano le indico que mirara hacia afuera.

—Allí —señaló Kate.

Aun consternado por el gesto de su hermano, salió con los pies desnudos, no le fue necesario hacer nada más, donde finalizaba el jardín de su casa habían clavado varias picas las cuales eran coronadas con cabezas de muñecas que miraban directamente hacia su puerta.

Trago una considerable cantidad de saliva. Las miradas cristalizadas de las muñecas jamás le habían agradado, y en aquel ambiente sumamente tétrico, no mejoraba la experiencia.

—¿Eddie lo ha visto? —preguntó, eso era lo que más le preocupaba, no quería generar un trauma en su hijo.

—No, ha pasado la noche con un amigo de la escuela. —Asintió satisfecho por la respuesta.

—¿Cómo descubriste esto? ¿Escuchaste cuando las estaban clavando? —sus dotes de investigador siempre conseguían sobreponerse por encima de cualquier clase de sentimientos.

—No. Salí a llevar la basura y esas cosas ya estaban allí, Edward iba a un entrenamiento especial y decidió quedarse, fue él quien me envió a despertarte —dirigió una mirada a su hermano, esperando que entendiera que había hecho un excelente trabajo.

Aun en contra de su voluntad, hizo mover sus pies desnudos, sintió un extraño cosquilleo cuando el pasto le acaricio la piel, ni siquiera aquello consiguió calmarlo, su corazón latía deprisa.

Se acercó a una de las picas, eran seis, se trataban de palos de diversos tamaños, habían sido tallados hasta el cansancio. Las cabezas de muñecas estaban sucias, era como si unas manos llenas de tierra las hubiera cogido y decapitado, algunas habían perdidos los ojos. Por segundo llegó a imaginarse que los cuervos se habían confundido, y hambrientos habían descendido para comerse los ojos de aquellas cabezas, descubriendo que no era carne.

Negó con un movimiento. Aquello no podía ser cierto. Tal vez lo más lógico fuera que debido a la presión con la que fueron clavadas les hubieran sumidos los ojos. Frunció el ceño, debido a la suciedad no había prestado atención a algo especial, se trataban de palabras escritas con una clase de tinta color carmesí oscuro.




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