Tormenta de Héroes [crónicas de un Inesperado Héroe I]

37. EL CAMINO DE LOS COBARDES

 

Abrió los ojos en cuestión de segundos o eso le pareció a él.

—No puede quedarse aquí más tiempo —escuchó que alguien gruñía.

—¿Y a donde se supone que lo lleve? —le rezongó una voz que parecía conocer—. Los Subterráneos han caído. La fuerza oficial se ha visto triplicada. Es nuestra última esperanza. No puedo abandonarlo.

—¿Y quién ha dicho que los abandones? —Replicó con palpable miedo la primera voz—. No quiero problemas. Necesito que ambos se larguen cuanto antes.

—¿Acaso no comprendes...?

—¡Por supuesto que lo comprendo! —le interrumpió aquella voz chillona—. Pero deben entender que su misión está condenada, siempre lo ha estado, lo mejor que pueden hacer, es adaptarse a este nuevo gobierno, eso es lo mejor para todos.

La luz que escapaba de un pequeño foco que tendía del techo, le hizo volver a cerrar los ojos. Tragó saliva. Se humedeció los labios. Y volvió abrir los ojos. Extrañamente el dolor que lo aquejaba se había esfumado, así que le fue posible decantar fuerza en su abdomen y brazos, giró en aquel incomodo sofá hasta conseguir sentarse. Se detuvo ya que todo comenzó a darle vueltas.

Se llevó ambas manos a la cabeza, se la masajeo un poco buscando reducir que todo le daba vueltas. Abrió lentamente los ojos, levantó un poco el cuerpo y se tomó un momento para admirar el nuevo lugar donde había despertado.

Se trataba más bien de una sala que pecaba por su simpleza. Apenas si había muebles, en su mayoría ocupados por diferentes libros. También solo había dos sofás.

Escuchó pasos así que movió el rostro, encontrándose con Edward con cara de pocos amigos, cruzó la habitación sin dirigirle una mirada. Iba seguido por otra persona.

Le había crecido el cabello hasta los hombros, aunque su coronilla continuaba igual de reluciente, además que tenía unas cuantas manchas. Lo que si le sorprendió, fue que estuviera tan delgado. Sus mejillas estaban hundidas, sus gafas continuaban siendo aquellas horribles redondas, aunque uno de los cristales estaba estrellado, su nariz se veía más larga y sus labios eran delgado, todo combinado con diversas arrugas.

Encima de aquel cuerpo escuálido, vestía una camisa de color azul claro con diferentes manchas, a juego con un pantalón marrón y zapatos muy usados, todo combinado con una gabardina negra que le quedaba muy grande. Aquel aspecto no le favorecía en nada, lo hacía parecer un anciano demacrado y pervertido.

—No soy él —se vio obligado a confesar.

—Lo sé —respondió con voz más ronca Stephen. Sus cejas se elevaron en contra de su voluntad, aquello ciertamente no se lo esperaba.

—¿Por qué no quieres ayudarnos? —preguntó sin comprender el actuar de Stephen. Lo peor que le podía pasar, era que hubiera perdido la cabeza.

—En estos tiempos no se puede confiar en nadie, ni siquiera en los que intentan hacer algo bueno —respondió, se llevó una taza de metal un tanto abollada a los labios y bebió de su contenido.

—Lo comprendo —volvió a verse obligado a aceptar.

—Bienvenido a tu mundo —se burló Stephen—. Hablando de mundos. ¿Cómo es posible que llegara aquí?

—Tú me enviaste —Stephen frunció el ceño—, no este tú, sino el tu del pasado, aunque creo que fue un error.

Stephen acabó por dejar escapar un suspiro.

‹‹Dioses que estupideces estoy diciendo. ¿Seré yo quien perdió la cordura?›› Le fue imposible no preguntarse.

—Por lo que dices, debo suponer que mi invento DriVe funciono ¿Cierto? —exclamó con un reinventado brillo en sus ojillos. En aquel momento recordó como era el actuar de los científicos, siempre que descubrían algo y funcionaba querían que todo el mundo lo supiera. Iba a tener que usar eso a su favor.

—Yo diría que demasiado bien —comentó con una sonrisa—. Pero ahora lo importante, es saber cómo vuelvo a mi época y evitó que todo esto suceda.

Los ojillos del científico se le quedaron clavados por unos minutos. No le huyo. Sí, había pasado cosas terribles en aquel lugar, aun así, no estaba dispuesto a darse por vencido, no sin dar un poco de batalla y buscó que su mirada trasmitiera todo ello.

—Está bien —corto el denso silencio—. La DriVe, guarda en su interior partículas de hidrógeno. El líquido X-00 es una sustancia que al entrar en contacto con el hidrógeno, y con ayuda de una centrifugadora que consigue hacer que la reacción vaya más rápida, lo que termina provocando un pequeño...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.