Tormenta de Héroes [crónicas de un Inesperado Héroe I]

44. VIENTOS DE CAMBIOS

 

Oliver y Jay caminaban por el Parque Infantil. Los niños se juntaban en los alrededores, algunos formaban grandes muñecos de nieve, otros se lanzaban bolas de nieve. Algunas madres platicaban con una sonrisa en los labios, ajenas a todo lo que sucedía a su alrededor.

Ambos se detuvieron ante un hombre de larga gabardina negra, con un sombrero color verde oscuro.

—No pensé que hubiera otra persona que igualara el café de Allison —el hombre levanto una de sus manazas, mostrando un pequeño vaso de donde escapaba humo caliente—. Así que quieren escucharme.

—No sé de qué está hablando, señor —respondió Oliver.

El desconocido se levantó de la banquita, y se postro frente a los dos.

—Jay Russo, mejor conocido como Splotch. Oliver Maxwell, mejor conocido como Lux. Me alegro verlos de nuevo —su mandíbula se apretó por si misma.

—¿Cómo sabes que somos nosotros? —Deus formo una ligera sonrisa, y se llevó el café a los labios, dándole más emoción a su respuesta.

—Tengo visión de rayos x. Solo basto con una leve mirada para saber quiénes se ocultaban tras las máscaras. Si lo quieren evitar, deberían usar un traje con fibras especiales. Aunque también podría escuchar los latidos de su corazón. Muchos piensan que son diferentes cuando alguien está molesto, agitado, enamorado, pero no, es el mismo latido, con el mismo ritmo, una vez, otra, y otra, y otra...

—No vinimos aquí para saber de tus habilidades —Deus fijo sus azules ojos en Oliver, tenía carácter, y no exactamente del malo.

—Claro, no han venido a eso. Vengan, vamos a dar un paseo —Deus giro sobre sus pies, y se alejó con paso lento.

Abandonaron el Parque Infantil. Deus detuvo un automóvil, subieron, y se alejaron rumbo a la ciudad. Se detuvieron ante el más elegante hotel de la ciudad, conocido como Three-Tips.

Bajaron del auto y entraron a la elegante recepción. Algunas de las personas que pasaban por aquel lugar, los reprochaban con la mirada. Oliver por primera vez en su vida, se sintió mal por la forma que vestía.

Entraron al ascensor, Deus apretó un botón y ascendieron. Las puertas se abrieron después de un tenue silencio, dejando ver solo un largo y hermoso pasillo. Caminaron por este, ascendieron por unas escaleras, Deus extrajo una tarjeta de su bolsillo, la pasó por un aparato electrónico, el cual lanzo un pitido y la puerta se abrió.

Salieron a la azotea del lugar. Más adelante, les esperaba una mesa con tres sillas. Deus camino por el nevado lugar, y tomo asiento, se giró observando a sus acompañantes.

—Hay cosas que no todo el mundo debería oír —dijo con una sonrisa en los labios, su voz era tan varonil y potente, que le hacían parecer un rey importante—. Adelante, tomen asiento.

Estiro una de sus manazas mostrando las sillas vacías. Ambos compartieron miradas, asintieron con un movimiento de cabeza, se acercaron, y tomaron asiento. Por varios minutos, lo único audible, era el soplar del viento, y el caer de la nieve.

—Me gusta su ciudad, es muy silenciosa, en comparación de otras. Ustedes también son muy silenciosos, si en esta vida no se habla, o no se pregunta, ¿Cómo esperan comprender algo? —Deus, aunque con disimulación los analizo de arriba abajo, algo que ciertamente lo incómodo.

—Aceptamos esta invitación para escucharte, no para hablar de nosotros. —Respondió. Deus asintió dándole la razón, se llevó el vaso a los labios, y bebió un poco.

—Ya se los he dicho. Sus habilidades serian de mucha ayuda en nuestro equipo. También les mencione que deberían saber unas cuantas cosas antes de aceptar la propuesta. —Deus tomo un largo respiro, y aprecio los copos de nieve que se arremolinaban en los lejanos árboles, era una vista fantástica e irreal—. Antes de comenzar, me gustaría que prometieran algo, si en caso de no aceptar la propuesta, les pido de la manera más atenta posible, que no le cuenten a nadie lo que estoy a punto de contarles, ni siquiera a sus seres queridos. ¿Pueden darme su palabra?

—Nosotros podemos darte nuestra palabra. ¿Pero cómo sabes que la cumpliremos? —Deus sonrió ante la pregunta.

—No lo sabría. No soy clarividente. Solo confiaría en su palabra. Entonces, ¿Cuento con su palabra? —guardaron silencio por varios minutos.

—Mi padre me ha dicho que lo más importante que posee un hombre es su palabra, si la llega a perder, nunca más nadie creerá en él. Por mí, tienes mi palabra —recitó Jay, con una voz seria y decidida. Eso no le sorprendió, ya conocía los cambios repentinos de actitud de su compañero.




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