Tormenta de Héroes [crónicas de un Inesperado Héroe I]

7. EL PERDEDOR

 

—¡Por los dioses! —Gritó Otosomi—. ¿Deberíamos llamar a la policía Mizuky?

La chica a su lado no presto mucha atención, sus ojos estaban fijos en el cuerpo recargado contra la pared de su casa. Se acercó con pequeños pasos inseguros, no sabía que pensar del sujeto que ahora reposaba contra el muro de su hogar.

—No te acerques a él, puede ser peligroso, deberíamos llamar a la policía —chilló Otosomi, estaba muy asustada, ya que se había percatado de la sangre que manaba de la pierna izquierda del desconocido.

—Esta inconsciente. Necesita atención media urgente. Debemos ayudarlo, nuestro código nos lo exige —su acompañante le fue imposible encontrar palabras para rebatir el comentario de la llamada Mizuky.

Percatándose de que su compañera estaba sin habla, se apresuró a acortar la distancia y se acercó al cuerpo, se acuclillo para quedar a su altura, Otosomi se llevó dos manos a la boca para reprimir un chillido. Los ojos oscuros de Mizuky analizaron al hombre de arriba abajo, y se detuvo en la pierna izquierda. El jeans negro estaba manchado de sangre. Lo primero que llegó a su mente fue que el desconocido había decidido quitarse... negó con la cabeza al ver mejor el rostro del extraño, no era más que un muchacho.

—Está sangrando —dijo para convencerse a sí misma. No sabía porque aquel muchacho estaba cerca de su casa, o porque estaba sangrando de la pierna, pero de algo si estaba segura—. Ayúdame a meterlo, Otosomi.

—¡¿Has perdido acaso la cabeza?! —Masculló pálida como la luna Otosomi—. Tal vez sea un pandillero, o un asesino, deberíamos llamar a la policía.

—Y por esa razón debemos meterlo a la casa. ¿Qué pasaría si vuelven sus atacantes? —Le cogió con cuidado las piernas al extraño—. Vamos, tómalo de los hombros.

—No sé por qué te sigo en tus locuras. —Resopló cada palabra con melancolía. Pero aun así no perdió tiempo, se acercó con repulsión, le tomo de los dos hombros, se vio obligada a apretar los dientes para poder siquiera levantarlo.

Lograron levantarlo, caminaron unos cuantos centímetros, Mizuky bajo las piernas del extraño.

—Deja abro la puerta —anunció, Otosomi le lanzo una mirada de desaprobación, que pasó desapercibida por una ocupada Mizuky. Busco entre su mochila, hasta que dio con su llavero en forma de un casco de metal. Lo extrajo, se acercó a la puerta de madera, introdujo la llave, la hizo girar y lanzando un chillido la puerta se abrió—. Vamos, rápido.

Le cogió las piernas y lo volvieron a levantar del suelo. Se adentraron a la casa, y Otosomi con una patada cerró la puerta. Entraron a un espacioso jardín, con setos altos y verdes. Las dos mujeres decidieron seguir el camino de cemento, que los llevaba directo a la entrada de la casa fabricada en su mayoría en madera brillante.

Subieron los tres peldaños de la escalera, y de pronto, las fuerzas abandonaron e Otosomi quien dejó caer el cuerpo, todo sucedió de manera tan rápida que le fue imposible mantenerlo arriba, así que tuvo que presenciar como el cuerpo caía con todo su peso en el suelo, no solo provocando el crujir de la madera, sino también que el desconocido dejara escapar un quejido.

—¡¿Qué demonios sucede contigo?! ¿Acaso le quieres matar? —Otosomi solo se encogió de hombros como respuesta, y movió las manos para que le volviera la circulación al cuerpo.

Un quejido atrajo la atención de las dos chicas. En el suelo, el muchacho se estaba moviendo, y lanzaba prologados quejidos de dolor.

—¡Vamos, hay que llevarlo al cuarto de huéspedes! —Las mujeres se quitaron deprisa los zapatos, cogieron al muchacho, lo levantaron y caminaron por un pasillo, hasta el final, giraron a su lado derecho y entraron en una habitación, si bien no era grande, eso aparentaba por los pocos muebles del lugar.

Recorrieron la habitación, y con cuidado, bajaron el cuerpo del doliente desconocido y lo dejaron en una esquina del lugar.

Sin perder tiempo, Mizuky le quito los zapatos al extraño.

—¿Qué haces? —Pregunto Otosomi.

—Está herido, es más que claro que necesita atención médica.

—¿Y tú piensas dársela? —Preguntó con incredulidad, algo que no le agrado demasiado.

—Somos enfermeras, atendemos a todos los que requieran de nuestros cuidados.

—Corrección, estamos estudiando para ser enfermeras. —Mizuky puso los ojos en blanco, había olvidado lo pesada que podía ponerse su compañera en situaciones como aquellas.




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