Tormenta de Héroes [crónicas de un Inesperado Héroe I]

18. EL ASCENSO DEL HÉROE

 

Pegó un considerable salto. Atravesó una de las nubes más pequeñas y cercanas, al salir estaba totalmente empapado. No le importaba. Lo único importante para él, era que volvía a saltar por toda la ciudad.

Si el objetivo de Mist era que detuviera sus actos heroicos, le demostraría con hechos que no había acabado con eso, sino que sencillamente los había aumentado a puntos que creía inexistentes.

—Miren que tenemos aquí —comentó en la cima de aquel almacén de pescado.

Dos enormes camiones que se suponían entregarían pescado fresco se deslizaban para adentrarse en los almacenes. Aquello no debería ser nada extraño, excepto por aquellos hombres vestidos de negro y con armas en las manos, miraban hacia todos lados y gritaban órdenes en chino.

—Así que se las han ingeniado para traer más droga —susurró al ver como abrían uno de los camiones y comenzaban a descargar bultos de cocaína—. Diablos, comenzaron la fiesta sin mí.

Se quedó un momento en el filo del techo, hasta que se lanzó al vació. Cubrió ambas piernas con energía hasta las rodillas, no creo una plataforma, sino que cayó pesadamente contra el concreto.

Enormes grietas se extendieron, gritos embargaron el lugar cuando los chinos cayeron debido al impacto. No les iba a dar oportunidad de saber qué había sucedido.

Se lanzó al grupo más cercano y los sacó de combate solo usando sus piernas. Al siguiente tuvo que usar un escudo para desviar las balas, cuando acortó la distancia, basto con un bastón largo para enviarlos al mundo de los sueños.

Rodó por el suelo evitando que las balas lo impactaran, subió a unos de los camiones, se deslizo por encima, bajo de un salto y cayó sobre los restantes criminales.

Le quito el móvil a uno de ellos, llamó a la policía y destruyo el teléfono. El lugar se había quedado en un tenue silencio. Los descargadores habían resultado ser inteligentes ya que se apresuraron a abandonar a sus jefes, dejándolos solos para defender la zona de descarga.

El lugar era tenuemente iluminado por unas farolas amarillentas. Un quejido le hizo olvidarse de ellas, giró sobre sus pasos y se encamino hacía el único criminal que seguía consiente, no era casualidad, aquel tipo era quien dictaba las ordenes, por lo tanto, debía ser el de mayor rango de todo aquel grupo.

Se arrastró con gran valentía, se dirigía hacia un arma, llegó antes que él y la aplasto con un simple pisotón, aquello pareció terminar con sus aspiraciones y valor, por lo cual se dejó caer al suelo.

Se inclinó, le cogió de la chaqueta y lo levantó, lo arrastro por algunos segundos, hasta recargarlo junto a unas cajas.

—¿Sigues conmigo? —preguntó dándole unas cuantas cachetadas, al tiempo que sangre le corría por la nariz y lo labios. Se compadecía de él. Ya que también había pasado por algo similar—. Oye. Un sujeto con máscara de demonio. ¿Dónde lo encuentro?

—N-n-no... —murmuró escupiendo un poco de sangre. Sabiendo que no tenía mucho tiempo, le cogió de la chaqueta y le obligó a verle fijamente a los ojos.

—Busco al tipo de la máscara endemoniada, ¿Dónde lo encuentro? —el chino escupió un poco de sangre.

—No... conozco... a nadie... con máscara... demonio... —murmuró entre la inconsciencia.

—Es una pena —sin más lo golpeo enviándolo al mundo de los sueños, escuchó las sirenas acercándose, por lo cual se apresuró a abandonar aquel lugar.

 

Había olvidado lo terrible que podía llegar a ser el despertador. Con los ojos cubiertos de lagañas, hizo un enorme esfuerzo por ponerse en pie, aun bostezando se dirigió hacia el cuarto de baño.

Aquella ducha con agua fría sin duda había resultado de gran ayuda, aunque saliera titiritando, no le dio la menor importancia. Al ver la hora en el reloj el cual marcaba las siete con cuarenta y cinco minutos, aquello le hizo olvidarse de cualquier dolencia, así que se apresuró a vestirse.

No contaba con que el cielo comenzaría a llorar tan temprano, ya se encontraba demasiado lejos de casa para volver por un paraguas, por lo cual solo se arrebujo en su chaqueta y apresuro el paso para llegar al subterráneo.

Un automóvil azul le cerró el paso cuando el letrero decía explícitamente que podría pasar. Las ventanas bajaron de manera automática.

—¡Sube! —lo apremió la pelirroja, debido a la lluvia y el frío que comenzaba a colarse en sus huesos, fue que se apresuró a abrir la puerta y adentrarse a la calidez que le ofrecía en su interior.




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