Tormenta de Héroes [crónicas de un Inesperado Héroe I]

20. EL SECRETO

 

Entró a la casa, como se lo estaba esperando, su padre no se encontraba por allí, así que subió hasta su habitación, dejo sus compras sobre la cama, solo desenvolvió las dos máscaras.

Se apresuró a despojarlas de los antifaces negros, una vez estuvieron listas, guardó una en su bolsillo y la otra se la vistió, abrió la ventana, salto al marco, aspiró una considerable cantidad de aire, se tranquilizó, se apropió de su energía, la hizo más ligera, concentro todo en su cerebro, sintiéndose listo pegó un salto.

Por un momento pareció que iba a estrellarse contra el suelo, sin más movió el rostro hacia arriba y comenzó a ganar altura con una extraordinaria velocidad, la carcajada que lo acompaño sin duda debería haber llegado a todos los rincones de la ciudad.

 

—¡¿Estás seguro de lo que viste?! —gruñó el ladrón al tiempo que aumentaba fuerza en sus piernas en su huida.

—¡Te digo que sí, el sujeto iba volando! —rugió su acompañante.

Solo los jadeos de los ladrones embargaba la noche, hasta que unas cadenas descendieron, enrollaron a su compañero y lo hicieron salir hacia atrás. Despegó sus labios para lanzar un estruendoso grito cargado de temor, apretó los dientes e intento huir más aprisa.

Todo resulto en vano, las cadenas lo atraparon y lo hicieron volver a la escena del crimen, lo noqueó con un simple puñetazo y lo enrolló con un pedazo de metal.

Llamó a la policía y esperó hasta que fueron por ellos, los detuvieron y recuperaron los diamantes que se habían robado.

Se levantó en el filo de aquella casa. Soltó un bufido, había rogado a los dioses que hubiera más delitos, sabía que era una petición egoísta, pero no deseaba ni un poco ir a aquella horripilante fiesta.

Al parecer los mafiosos y criminales se habían puesto de acuerdo para no cometer nada indebido aquella noche, los dos ladrones idiotas, posiblemente no recibieron el memorándum.

Comprendió que la detención de dos ladrones de poca monta no era lo suficientemente importante para que la pelirroja le perdonara. Suspirando, elevó el vuelo y se apresuró a volver a su hogar, mentalizándose para asistir a aquella terrible fiesta.

Cuando entro a darse una ducha, vio que eran apenas las diez con treinta minutos, y si conocía bien a sus compañeros, estaba seguro de que sí, la dichosa fiesta apenas estaría entrando en su punto máximo.

Al salir se vistió con unos jeans negros sumamente entubados de las piernas, según Janet aquello era lo que estaba de moda entre los jóvenes. No le gusto, inmovilizaba demasiado sus movimientos, si fuera por él, jamás los volvería a usar. Aun así hizo un enorme esfuerzo. Lo combino con unas zapatillas deportivas blancas. Seguido por una camisa de manga larga oscura, se abrochó los botones hasta el pecho, sin más cogió aquella chaqueta de mezclilla. Al verse en el espejo, realmente le costó demasiado reconocerse.

‹‹Ese no soy yo››, determinó en tan solo unos segundos, alborotó un poco su cabello, guardo dinero y se apresuró a salir.

Bajo y entró a la sala, descolgó el teléfono familiar y llamó a un taxi, al terminar colgó y abandono la casa. Solo tardaron diez minutos en pasar por él.

Detrás del modesto taxi se detuvo un impresionante auto oscuro, lo reconoció al instante, era el GB-2000 de su padre.

‹‹Deben de tener mucho trabajo —bromeó en su interior, abrió la puerta trasera del taxi, al tiempo que su padre bajaba del auto, compartieron la mirada solo por algunos segundos—. O acaso ya has terminado con tu amante.››

Sabiendo que no le importaba la respuesta, entró al auto sin darle una explicación, le mencionó la dirección al conductor, el cual asintió y se pusieron en marcha.

El destino lo volvió a llevar al lujoso vecindario de gold thorns. Puso especial atención a la mansión de los Vance, aunque por fuera lucía imponente, hermosa y sumamente silenciosa. Se adentraron un poco más, no le hizo falta levantar la mirada para comprender que ya se acercaban a su destino, la música escapaba un tanto amortiguada en una de aquellas mansiones.

El auto se detuvo en la entrada doble de acero, pagó al conductor y bajó. Las luces que cambiaban cada dos segundos, le hizo entender que había llegado al lugar correcto. Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para mover las piernas y poner camino hacia la entrada.

El lugar se encontraba resguardado por dos enormes moles en traje negro, no le dio la menor importancia, había derribado a sujetos más grandes. Aunque no contó con que uno de ellos movería su manaza cortándole el camino.




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