Tormenta Invernal

CAPÍTULO 1: EL VELO DE CRISTAL

SÁBADO 1 DE ENERO, AÑO 2050

1° MES DEL GOBIERNO MUNDIAL

El silencio del amanecer en la Ciudad Capital no era el silencio natural de la naturaleza, sino uno artificial, denso, cargado de la estática de una paz impuesta. Me desperté antes de que el cronómetro de mi unidad habitacional marcara las 06:00. Abrí los ojos y, por un instante, olvidé que el mundo había cambiado para siempre apenas treinta días atrás.

Era un día magnífico, de esos que te inyectan una vitalidad eléctrica en la médula. El frío se filtraba por las juntas de sellado térmico de las ventanas, recordándome que estaba vivo. Me daba alas. Era el primer aniversario de una nueva era: el primer mes del Gobierno Mundial unificado y, para mí, el inicio de una vida bajo el estandarte del Grupo de Investigación Planetaria (GIP). Después de años de guerras de recursos y fronteras fragmentadas, la promesa de una sola bandera parecía, por fin, una salida lógica al caos.

Me levanté de la cama, sintiendo el suelo radiante calentar mis pies descalzos. Al descorrer las cortinas automáticas, la imagen me robó el aliento. La nieve comenzaba a caer con una cadencia hipnótica. Pequeños diamantes de hielo golpeaban el cristal reforzado, mientras las calles, diseñadas con la simetría perfecta de la nueva administración, empezaban a ser reclamadas por un manto blanco.

—Que comience el espectáculo —murmuré para nadie.

Me dirigí a la cocina. El ritual era lo único que me mantenía anclado a mi antigua identidad civil. Mientras los leños sintéticos de la chimenea comenzaban a crepitar con un azul reconfortante, puse a hervir agua. El aroma del café recién molido inundó el espacio, mezclándose con el olor a pan tostado. Era un desayuno clásico, casi arcaico para la tecnología de 2050, pero necesario.

Llevé la bandeja a la mesita frente al fuego y me senté a observar mi biblioteca. Mis dedos recorrieron los lomos de libros físicos, reliquias de un tiempo donde la información no era solo digital. Elegí un ejemplar de cartografía antigua y me dediqué a disfrutar. Me puse mi equipo de descanso: pantalones de lana térmica, mis botas de piel y una chamarra de cuero que heredé de mi abuelo. En ese momento, la paz parecía absoluta.

Sin embargo, a las diez de la mañana, la sinfonía cambió de tono.

El viento comenzó a aullar con una frecuencia que nunca había escuchado en esta región. No era un soplido, era un rugido que hacía que las puertas de la unidad "cantaran", vibrando bajo una presión atmosférica que descendía en picada. Me asomé de nuevo. La visibilidad se había reducido a menos de tres metros. El viento arrastraba trozos de hielo sólido, proyectiles naturales que repicaban contra los edificios como metralla.

—Esto no es una tormenta ordinaria —pensé, sintiendo un nudo en el estómago.

Me perdí en la lectura y en el análisis del clima exterior, hipnotizado por la furia blanca, hasta que el reloj marcó las tres de la tarde. La luz del día se había extinguido, reemplazada por un gris perpetuo. Encendí la pantalla de noticias integradas en la pared. La señal parpadeó antes de estabilizarse en el rostro severo de una presentadora de la Red de Información Global.

*"...el clima de hoy ha roto todos los modelos predictivos, situándose bajo los -15 grados centígrados en la zona central. Para mañana, se espera un descenso crítico a los -25 grados. La tormenta de origen polar-vórtice prevalecerá sobre la capital al menos cuarenta y ocho horas más. Se recomienda a los ciudadanos permanecer en sus unidades..."*

Apagué el sonido. La lógica militar de mi entrenamiento en el GIP se activó de inmediato. Revisé la despensa. Solo tenía suministros para el almuerzo y la cena. En la eficiencia de la vida moderna, dependíamos del suministro diario de los drones de reparto, pero con este viento, nada volaría.

Mientras preparaba un potaje rápido y un expreso cargado para combatir el letargo del frío, un pensamiento me golpeó como un rayo de hielo: mis padres.

—¡Qué imbécil soy! —exclamé, golpeando la mesa.

Desde que fui reclutado por la élite del Ejército Mundial, mi primera prioridad fue su seguridad. Los saqué de la periferia y les conseguí una residencia en un distrito seguro de la capital, junto con mi hermana menor. Sin embargo, las reglas de confidencialidad del GIP eran draconianas: no podíamos compartir coordenadas exactas de vivienda para evitar que el personal de investigación fuera blanco de extorsiones o espionaje. Estaban cerca, pero en este clima, estaban a un mundo de distancia.

Tomé el celular y marqué con dedos temblorosos.

—¿Madre? ¿Padre? ¿Están bien? —pregunté en cuanto escuché el clic de la conexión.

—Sí, hijo, estamos bien —respondió la voz suave de mi madre, aunque detecté un hilo de ansiedad en su tono—. El sistema de calefacción está al máximo, pero los vidrios crujen mucho.

—Me tenías preocupado. ¿Cómo está el suministro allá?

—Tu hermana acaba de llamar de la universidad; dice que sus sensores indican que la tormenta no va a pasar pronto. Cree que durará al menos tres días.

—Tiene razón —dije, tratando de sonar calmado—. ¿Tienen comida?

—No mucha... —admitió ella—. Solo para hoy y quizás algo para el desayuno de mañana. No esperábamos que cerraran los centros de distribución tan rápido.



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En el texto hay: militares, nuevo orden mundial, cambio climatico

Editado: 02.05.2026

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