LUNES 3 DE ENERO, AÑO 2050
La gran tormenta helada no es un evento meteorológico; es un ser vivo que devora el mundo. No da señales de calma; al contrario, el rugido del viento filtrándose por los conductos de ventilación del búnker suena como el lamento de una civilización que se apaga. Son las cinco de la mañana. Me levantaron los murmullos de las personas, una marea de voces bajas que se arrastra por el Hangar Siete como la niebla.
¿Qué hacen despiertas tan temprano? En la superficie, bajo el sol que ya no vemos, los niños no tienen clases y los adultos han sido despojados de sus oficinas y fábricas. Deberían estar durmiendo, aprovechando el olvido del sueño. Pero el ser humano es una criatura de hábitos y miedos. Creo que este despertar colectivo se debe a que todos estamos acostumbrados a la tiranía del despertador, o quizás, ante la grave situación, el silencio del búnker es demasiado pesado para permitir un descanso tranquilo. Me obligo a cerrar los ojos, hundiéndome en una duermevela agitada por dos horas más.
A las siete de la mañana, el resplandor azul de mi reloj de muñeca me devuelve a la realidad. Me quedo acostado, contemplando el techo de hormigón reforzado, hasta que unas voces estentóreas rompen la monotonía a través de los parlantes de alta fidelidad.
—Levántense. Vamos a servir el desayuno. Los que deseen ayudar son bienvenidos; necesitamos muchas manos. Hay que mover a toda Nueva York.
Me incorporo para observar al dueño de esa voz. Es un hombre de porte atlético que luce una boina roja, el distintivo de las brigadas de logística civil. Su uniforme es una combinación sobria de negro y rojo, los colores de la autoridad de emergencia del Gobierno Mundial. Apenas quince personas se levantan para responder al llamado. Es una cifra ridícula, insuficiente incluso para atender las necesidades básicas de nuestro distrito.
Siento el impulso del deber bajo la piel. Me pongo de pie y miro a mi padre.
—Iré a brindar ayuda —le digo. Él asiente con orgullo silencioso.
Salgo del dormitorio y empiezo a seguir a un soldado que se adentra hacia las zonas técnicas del refugio. Se mueve con una agilidad mecánica. Al notar que lo sigo minuciosamente, se detiene y me lanza una mirada inquisitiva.
—¿Deseas ayudar? —pregunta con voz ronca.
—Sí —contesto con firmeza—. Justamente estaba buscando la cocina.
—Ven, es por aquí —responde, suavizando el gesto—. Gracias a usted por brindar su ayuda.
Le devuelvo una sonrisa breve mientras entramos en un complejo industrial de acero inoxidable. Me asignan un carrito térmico lleno de platos humeantes y bebidas calientes. Comienzo mi recorrido en el Hangar Cuatro. Es un lugar saturado de humanidad, pero a mitad del pasillo, el tiempo parece detenerse.
Allí está ella. Es una visión que desafía la fealdad del búnker. Una hermosa joven está sentada en su colchoneta con los pies entrecruzados, calzando unas lujosas botas de cuero que parecen fuera de lugar en este refugio de cemento. Su pelo largo y castaño, perfectamente peinado, cae sobre su rostro como una cortina de seda, ocultando sus facciones mientras se concentra en un objeto que parece un milagro: un libro de papel.
Me acerco, sintiendo un vacío extraño en el estómago.
—¿No vas a desayunar? —le pregunto, tratando de sonar casual.
Ella no responde de inmediato; está perdida en su mundo de tinta. Tras unos segundos, levanta la mirada. En ese instante, siento como si el cielo del búnker se desplomara sobre mí. Sus ojos son de un café oscuro tan profundo que parecen contener toda la luz que falta en el exterior. Ella sonríe, una expresión alegre que ilumina la penumbra del hangar.
—Si claro —dice con una voz suave.
Baja el libro justo antes de intentar incorporarse.
—No te levantes, yo te sirvo —la detengo, colocando la bandeja frente a ella—. Dime, ¿cómo se llama tu libro?
—Es uno nuevo —responde ella, acariciando la portada con los dedos.
—¿Y de qué trata? —pregunto mientras le sirvo el café, prolongando el momento.
—Es un clásico. Una pareja que se enamora en circunstancias imposibles. ¿A ti te gusta leer?
—Me fascina —contesto con una sinceridad que me sorprende—. Es mi vida, o al menos lo era antes de todo esto. ¿Quieres ir a dar una vuelta después del almuerzo? Para charlar, simplemente.
Ella duda un segundo, mirando el mar de gente a nuestro alrededor.
—No sé... pero ¿por qué no? No sabemos cuánto tiempo más estaremos encerrados en este búnker y sola aquí con mis libros estoy... vale, acepto.
—Perfecto. Vengo por ti —concluyo, sintiendo que, por primera vez en días, tengo un motivo personal para sobrevivir.
La Llamada del Deber
A las doce de la tarde, la tormenta alcanza una escala descomunal. Los sensores que monitorean el exterior indican ráfagas que superan los 250 km/h. Sabía que estas tormentas vendrían; mis investigaciones en el GIP lo sugerían, pero han llegado antes de lo previsto. Temo lo peor para la estructura de la ciudad.
De repente, mi celular vibra con una frecuencia prioritaria. Es un Comandante.