Un trueno se escucha a lo lejos, manifestando su deslumbrante forma bifurcada desde la ventana de la habitación de un adolescente, en un atardecer primaveral, alumbrando su entorno cerrado, marcando sombras de sus juguetes de guerra, su figura y la página de un libro que está leyendo confortablemente: El lobo de mar, de Jack London.
Al mirar por la ventana, vio las asombrosas figuras de las montañas que embellecían a la pequeña ciudad en donde subsistía. Daban algo de temor, sí; al mirarlos le daban ideas terroríficas relacionadas a las aventuras de terror que había leído: una avalancha o, quizás, el famoso Yeti. Sin embargo, en el destacado clima de la primavera: y no un día lluvioso, sino un clima despejado y su clima fresco, se podría apreciar la estética reluciente que forma ese conjunto de montañas junto a la ciudad.
Dudaba en dar una pequeña aventura con su grupo de amigos, adentrándose al bosque para apreciar la naturaleza y, también, para ir en algunas de las torres de vigilancia que se levantaban en aquellas tierras fértiles. Se podían ver unos pocos, dos o tres, desde la pequeña ciudad que habitaba. La curiosidad lo ganaba. Él tenía la duda de lo que se podría encontrar allí dentro: ¿libros?, ¿linternas?, ¿armas?, ¿monedas? Monedas… algo valioso que él y su grupo se podrían llevar. Tal vez esa pequeña aventura los obsequiará con algo valioso, o tal vez no.
En algún momento de la primaria, él conoció a dos de sus amigos: Iker y Daila, y, unos años después, conoció y se incorporó al grupo otro nuevo compañero: Elian. El grupo se divertían mucho y salían cada vez que terminaban sus clases de la escuela a dar un paseo: a una tienda, a la periferia de la pequeña ciudad o al cine.
Él recuerda lo que le dijo Iker, después de salir del cine a ver Young Sherlock Holmes un feriado, en lo cual eso le generó una pequeña duda de si ir o no ir.
–Oye, Uriel, ¿Qué crees que hay en esas torres que ves allá? – Dijo Iker.
–No lo sé, la verdad. – Repuso Uriel.
– ¿No crees que algún día vayamos a una de ellas?
Uriel sintió un pequeño estremecimiento y una pequeña pizca de terror.
«– ¿Ir más allá de la ciudad? – Pensó Uriel– No lo sé, me suena algo peligroso ir al bosque. Solo nosotros estaríamos allí; quien sabe lo que nos vamos a encontrar.»
Él nunca se fue solo, ni con sus amigos, ir en las profundidades del bosque. Solo se adentró cuando tenía que viajar a la otra ciudad con su familia, en sus vacaciones, y mirar lo que hay en esas tierras fértiles: ciervos, ardillas, cardenales y pelirrojos. Era hermoso. Su ambiente era confortante si uno va acompañado; sin embargo, uno no sabe lo que se puede encontrar si uno está solo y perdido, sin un mapa con que puede guiarse.
–La verdad no lo sé. Tal vez podríamos ir. Déjamelo pensarlo. – Dijo Uriel.
– ¿De qué están hablando, chicos? – interrumpió Elian.
– De ir en una maravillosa aventura a uno de esas torres de vigilancia en el bosque. Tal vez el que está a la derecha, o ese que está a la izquierda– Repuso Iker.
–Puede ser, eh. Me parece interesante la idea. – Elian se mostró interesado.
Iker es un chico carismático, curioso y gracioso. Le gusta descubrir muchas cosas, lo desconocido. Uriel pasó años con él. Lo ayudaba en sus tareas, trabajos y proyectos que dejaba la escuela. Era trabajoso; aun así, Iker estuvo apoyándolo, enseñándole y explicando las cosas que Uriel no entendió en la clase. Sin embargo, en dichas ayudas usualmente Iker se equivocaba en conceptos y el uso de términos. Pero así, por lo menos, intentaba ayudar a su amigo en ello.
Por otro lado, Elian es un chico deportista. Es bueno jugando a la pelota y es veloz, con una velocidad de diecinueve kilómetros por hora, medido en el curso de educación física, tema sobre el atletismo, en su escuela. Gracias al deporte tiene buena condición física y es el más alto del grupo; Pero, últimamente está dejando un poco de lado su rutina deportiva, a causa de sus estudios para ingresar a la universidad y ser un buen profesional. Ya que Elian no fue incorporado de manera voluntaria al campo deportivo, sino fue obligado por su Padre: Álvaro. Elian no quiere ser deportista profesional, sino quiere ser escritor de novelas.
Otro trueno suena en aquellas nubes sombrías, desgarrándolo de sus pensamientos. De pronto empieza a lloviznar, marcando las primeras gotas y humedeciendo el vidrio de la ventana, y con progresión aumentando su intensidad. El sonido de las gotas normalmente es confortante, un caso especial para la lectura; tal vez un libro de terror o un libro de filosofía. Pero en este caso tiene algo sobrecogedor.
Uriel se levanta de su cómoda cama y se acerca a su estantería de libros para pausar su lectura. Contiene diversos libros: literatura, aventura, Grecia y Roma. En su mayoría ya leídos. Uriel es amante de los libros de historia. Ha asimilado muchas de las mitologías de Grecia y, también, del escritor celebérrimo, forjador de la literatura lovecraftiana, Howard Phillips Lovecraft.
Al guardar el libro, vuelve a la ventana para volver atisbar la torre. Con ese entorno nublado y oscuro, le da un estremecimiento que, en efecto, tuvo que suspirar y mantener la calma para suprimir la posterior ansiedad. Normalmente es un chico ansioso. En la escuela sufre de bullying por parte de tres tipos: dos del mismo grado y otro de un grado superior que los anteriores, el cual es el líder del grupo. Lo intimidan por su diferencia de altura y se cargan de carcajadas por su tonto tartamudeo a causa de su ansiedad.