Torre Desventurada

Encuentro

–Terminé – dijo Uriel acabando la última sobra del almuerzo.

Se levantó de su silla y se retiró hacia su habitación. Sin embargo, la madre, sorprendida ante la actitud extravagante de su hijo, impidió que llegase donde iba.

–Espera un momento, jovencito. ¿Dónde cree que va? – Habló con una pisca de enfurecimiento.

Uriel se paró ante la pregunta de su madre y volteó para responderle.

–Voy a mi habitación para cambiarme, mamá. Es que tengo una salida con mis amigos. –Respondió nerviosamente.

–Tienes que lavar – señaló el plato de su hijo – tu plato primero.

–Es que me haré tarde para llegar.

–Primero limpia tu plato, después vas con tus amigos.

–Pero madre…

– ¡Lava tu plato, maldición! ¡Si no lo lavas, no te dejaré salir! – Ordenó enfurecida, acelerando su habla.

–No lo hagas difícil, hijo – Interrumpió William–. Lava tu plato y después sales con tus amigos. Es algo sencillo de hacer que estar discutiendo sobre cuál va primero. Además, tienes toda la tarde para que la pases bien. Unos minutos no harán una gran diferencia, ¿verdad?

–T-tienes razón, padre. – Repuso Uriel, mirando el suelo con expresión pensativa.

Inmediatamente empezó a lavar el plato. Intentó terminarlo lo más rápido posible. Ya ordenado su plato y sus utensilios corrió a su cuarto y abrió el cajón, lleno de ropa viejas y nuevas, algo desordenado, y también su armario para seleccionar lo que más le conviene. Ya seleccionado –tenía puesto unos jeans junto con un polo verde oscuro– se miró en el espejo, calificando qué tal le queda.

«– En mi opinión –Pensó– me queda bien; esto es lo bueno de no ser gordo ni flaco»

Posaba mientras analizaba su aspecto: el cabello oscuro, algo desordenado; ojos de color café oscuro y tono de piel medio. Tenía una chispa de potencial si es que entrenase a su físico, mejorando progresivamente su atractividad y condición física.

Pensó qué llevar para su salida. En las afueras de la pequeña ciudad e ir hacia uno de las torres de vigilancia es algo lejos. De allí consideraba llevar una botella con agua, una pequeña merienda, barra de chocolate y chicles, por si quería reponer sus energías; y linterna: uno no sabe lo que puede pasar teniendo en cuenta las posibilidades de eventos extravagantes que podrían sorprenderlos. Una vez pensado, sacó su mochila azul y empezó a meter las cosas ya seleccionadas, uno por uno. Cerró su mochila y, parado frente al objeto, se originó un escalofrío en su interior. Ese miedo que lo estuvo agobiando seguía ahí, pero no era intenso como al principio, ya que se orientaba a pensamientos positivos: iba con sus amigos y, si pasara algo malo, podrían cooperar para vencer la adversidad. Sin embargo, ¿por qué ser pesimista?, ¿por qué pensar siempre lo malo y aislar lo positivo? A las finales uno tiene que disfrutar si salen con compañeros, amigos que se conocen hace años, y no preocuparse por las probabilidades que podrían ocurrir. Si hay preocupación, no habría felicidad y no habría un recuerdo amigable. «Vamos, Uriel. Todo saldrá bien.»

Bajó y salió, avisando a sus padres que iba a salir, hacia el patio. Allí estaba Atlas, la bicicleta de colores rojos y negros se erguía por el soporte lateral, adyacente a la pared de la casa. No lo había lavado hace 2 semanas: tenía barro seco entre las ruedas. Pensaba en lavarlo posteriormente, cuando regrese a su casa después de la salida.

«– Cuando te lave, vas a estar como nuevo, brillante por los rayos del sol…»

Agarró el manubrio y se dirigió a la vereda. La brisa era refrescante. Despejado el enorme cielo con unas cuantas nubes, ausencia de indicios de la venida de una tormenta. Se subió a la bicicleta, se equilibró y empezó a pedalear hacia la tienda Nuvia Market. Solo eran unas cuantas cuadras para advenir. El viento agarró intensidad conforme agarraba impulso; Las casas se distorsionaban por la velocidad agregada.

Estaba a punto de llegar. Giró a la derecha y de lejos se exhibían las figuras de sus amigos. Daila notó que Uriel se acercaba y avisó a los demás; alzó la mano para saludarlo y sacó una sonrisa. Uriel frenó y, también, saludó a sus amigos. Todos estaban parados junto a sus respectivas bicicletas. Traían mochilas entre rojo, azul y negro. Uriel no sabe qué llevaban en esas mochilas, sin embargo, supuso que, entre las cosas llevadas, eran linternas, merienda y botella con agua: al igual que Uriel.

–Muy bien –Empezó a hablar Iker–. Ya estamos completos. Elian, saca el mapa para ver dónde ir.

Elian abrió el cierre de la mochila y sacó el mapa topográfico amarillento. Se agachó y todos se acercaron, agachados, para también orientarse. El mapa indicaba avenidas, caminos, senderos, tiendas, etc. En la parte superior se titulaba el nombre de la ciudad: «Maston». Miraron el camino rumbo al sendero que llevaba a donde querían ir.

Elian empezó a indicar dónde ir. La explicación llevaba unos 5 minutos para que se memoricen. Una vez finalizado, Elian guardó el mapa, todos se subieron a sus bicicletas respectivas y empezaron a pedalear, siendo Uriel la cabecilla del grupo. El presentimiento que algo malo podría pasar seguía presente en Uriel, luchando contra los pensamientos positivos. Miraba alrededor como si fuera la última vez que estaría en Maston. Tenía el corazón acelerado por el hecho de que la aventura acaba de comenzar. Sin embargo, esto de sentir el corazón acelerado no pasaría si tuviera la condición física de Elian; gracias a la disciplina pudo lograr eso. Pudo lograr una gran…



#84 en Terror

En el texto hay: aventura, desgracia, monstruo

Editado: 26.07.2026

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