La traza del entorno era desagradable; sus arrestos tremolantes para la caminata contra la lluvia que era algo impetuosa. Las hojas agitándose con precipitación alrededor de ellos, además que esas mismas hojas estaban so los grandes y breves luces relucientes en el cielo, estruendo los truenos en la lejanía, rayos en rayas ramificadas caían dibujándose en el Urano, agobiando a los aventureros desaventurados. Era probable que después de ello, todos quedaran resfriados sumidos en esa circunstancia mustia. Caminaron hasta que se revelase la enhiesta torre resaltante bajo el enorme cielo oscuro. Llegaron y subieron a las escaleras con el resonante golpe de las gotas en ella. Empapados llegaron a la cabecilla y quedaron cubiertos por el pequeño techo de ello. Apurado Elián abrió la puerta y quedó sorprendido, asimismo que los demás, al encontrar algo inesperado dentro de aquella habitación opaca; se preguntó dos cosas: El qué hace aquí y el cómo llegó en ese mismo lugar.
–Por Dios – Diciéndose a sí mismo mentalmente–… ¿Ahora tengo que lidiar con este gran problema…?
Aquella figura se levantó del suelo de madera, apoyado de la cama donde se ubicaban las cuatro mochilas esparcidas y dejadas por los chicos, con lentitud; al mismo tiempo que un rayo, cuya llegada era desconocida, iluminó el cielo y, aun, dentro de la habitación, exhibiendo con claridad la apariencia mojada de Bruno asiendo un arma negra en la mano derecha. No obstante, antes que él empezara a hablar, Elian se adelantó rápidamente para detener cualquier acción perjudicial para ellos.
– ¡Detente– Vociferó afligido–, o dispararé y acabaré con tu maldita y miserable vida!
A aquellos pasos rápidos interrumpió Bruno al alzar y blandir su arma apuntándolo a él; este se detuvo con miedo, donde su intrépido, al ver el arma, se disipó de manera fugaz. Los demás, parados dentro de la habitación y cerca de la puerta, clamaban al afligido Bruno que no tirase del gatillo. se preguntó dos cosas: El qué hace aquí y el cómo llegó en ese mismo lugar.
–Cálmate – Dijo con suavidad Elian con las manos alzadas a la altura de los hombros–, Bruno… No hace falta de armas, ya que lo podemos conversar…
– ¡Cállate que no quiero escuchar tus putos consejos…!
Callado la sala quedó mientras que Elian observaba cómo su conducta violenta e ímpetu se calmaba, y dando un suspiro profundo empezó a versar su mustio momento:
–Por culpa de ustedes… ¡Por culpa de ustedes, malditos, que me he quedado solo y triste! ¡Espero que se mueran y vayan al infierno! – Vociferaba mientras pequeñas gotas recorrían las mejillas. – Culpa de su divertida aventura que me ha llevado con mis amigos, amigos que me acompañaron en mi fortificación de fuerza cuando fui burlado y golpeado, amigos que ya no están acá… Un monstruo… Ese monstruo ha matado a mis amigos… Le distaré, sacando su horrible queja. Lástima que no lo maté, y acá estoy, solo frente a ustedes…
–Oye, Bruno…
–Frente a ustedes con esta arma que en cualquier momento puedo acabar con tu vida, y también la vida de tus amiguitos que todavía te siguen acompañándote; pero esto me condenaría a una horrible cárcel si los mato aquí. Este remordimiento me impide cobrar mi venganza… A excepción que ustedes me obliguen hacerlo.
En medio de su discurso, Iker evocó que en el atardecer le dio a Elian una piedra que quebró la ventana de la puerta, y dicho material lo ha dejado afuera de la entrada, al lado de la entrada, lugar donde fue frugalmente y asió el material pétreo. Después volvió al mismo lugar donde estaba erguido; suerte buena que Bruno no lo advirtió.
– ¡Ahora apártense de mi camino o dispararé; estas balas romperán sus órganos y tendrán una muerte lenta!
No hubo reacción: no se apartaron y se quedaron divisándolo; el pavor desprovisto de ellos era extravagante para Bruno. Volvió a redoblar el mensaje imperativo.
– ¡Dije que se aparten que no lo volveré a repetir!
– ¡Corre, Elian! – Dijo con clamor Iker.
Lanzó la piedra dirección al portador del arma; este, por instinto, se protegió con las manos, donde ya el arma no amenazaba al audaz Elian; terminó azotándole en el vientre. Ante su descuido, Elian se acercó Precipitadamente hacia Bruno. Este atisbó su acortamiento de distancia, y, aunque se apresuró en apuntar con el arma, Elian impidió que lo disparase golpeándolo en la muñeca derecha. Tuvo tiempo para apretar el gatillo, llegando la bala y quebrando una de las ventanas del salón, y salió volando hacia una esquina y el audaz Elian lanzó el puño con ímpetu directo al rostro; Bruno lo esquivó y respondió con un golpe en el estómago. No fue suficiente el golpe para postrarlo, pero si fue lo suficiente el golpe de Elian acometido hacia la sien del otro. Derrumbándolo y cayendo secamente en el suelo, se acercó a él y le rodeó el cuello con un brazo por detrás. Intentaba salir de ello, pero el atleta ya lo tenía acorralado.
– ¡Apúrense en agarrar sus mochilas, Ya! – Ordenó Elian a los chicos quienes seguían parados delante de la puerta.
Rindiendo pleitesía sus amigos a Elian fueron rápidamente a recoger sus mochilas: Daila su mochila respectiva, al igual que Uriel; no obstante, Iker llevó dos: la de él y el de su amigo Elian, para ayudarlo en llevarlo, quien ahora estaba ocupado exhibiendo sus arrestos en ello. Luego volvieron, acercándose en el mismo sitio donde estaban, Iker se volteó, al igual que sus compañeros lo emularon, y dijo con clamor:
– ¡Oye, Elian, apresúrate en venir con nosotros, solo espero que quien esté encargado en esta torre no se halle acá!
Tan aterrador era el contorno en esta circunstancia abrumadora que una luz irrumpió en la sala oscura detrás de los apresurados jóvenes, donde dejaba su figura en el suelo de madera, desde la entrada, dándoles un feroz susto mudo. Todos miraron allí, y allí estaba un hombre parado, asiendo su linterna, quien vestía de guardia de aquel lugar: el vigilante forestal ha llegado. Llegado y sorprendo estaba que, figurándose que se trataban de ladrones, sacó y enarboló su pistola.