–Hola… - estiró el brazo hacia ellos y deparó una leve sonrisa- Mi nombre es Daila, ¿y el tuyo?
– ¡Un gusto! - Iker estrechó la mano con entusiasmo y le devolvió la sonrisa. – Yo me llamo Iker. El que está allá se llama Uriel: es tímido, así que no suele hacer amigos.
Uriel estaba en un columpio dentro del receso de la escuela, en el alba melifluo y cálido, jugando sino con Iker. Este era el único amigo que tiene allí, hasta ahora. Advirtió a Uriel su continente tímido, ya mencionado por Iker, y, con la misma sonrisa, decidió acercarse a él. Parada frente a él, la falda colegial oscura tremolaba por la suave brisa, con una camisa blanca del colegio, redobló el mismo gesto benévolo:
–Hola, compañero… ¿Cómo te llamas?
Uriel, tras quedarse mirando por un breve momento, manteniéndose sentado en el columpio, agarrado, con ambas manos, por las cadenas oscuras, le respondió con recelo.
–Me llamo Uriel… - Se restringió en solo hablar y no estrecharle la mano, mirando hacia el pasto verde manchado por la sombra del alto arbusto rectangular.
Daila bajó la mano, sin ser recibida, y, a pesar de ello, mantuvo la risa amigable.
–Oh… Bueno, mi nombre es Daila. Oye, Uriel, tienes un bonito nombre: me gusta. -musitó una leve carcajada.
Iker, quien divisaba el naciente vínculo amistoso iniciado por Daila, se acerca a ellos y motiva a Uriel que no se limite a ser tímido, que comience agarrar confianza y a socializar con los demás. Ante el arengado de su amigo asiente con suavidad y habla, maguer poco y breves palabras, con Daila, junto a Iker, para conocerla. Tímido y algo nervioso por su presencia y por su aroma que exaltaba inéditamente a Uriel: eludía a que se den cuenta, sobre todo Daila, tan hermosa y tan ordenada exhibía, su dulzura de hablar y resaltante cabellera de color marrón oscuro, brillante ante la luz flamante del sol. Desde aquel día empezó a surgir un amor dentro de Uriel.
En aquel receso, donde Daila, Uriel e Iker, se encontraban en primaria solazando en el columpio, cuya amenidad se agitaba entre las carcajadas. Pasaron largos días la facción unida; Uriel ya agarró confianza e integró a Daila en su círculo social, de la misma manera que lo ha hecho con Iker. Los padres de Uriel e Iker, al darse cuenta de aquel grupo de amigos, le fueron gratos y donoso; más felices se encontraban los padres del primero, quienes estaban preocupados por su falta de amistad, culpa de su timidez, ya que se figuraban a que se burlarían de él con desfachatez.
En cierto día, cuando ya tocaba la hora de regresar a sus casas, la facción estuvo esperando en la entrada de la escuela a sus padres, juntos e inseparables estuvieron hasta que llegase sus progenitores, mientras que estaban conversando. Un auto se detiene al lado de la vereda y sale un señor con traje oscuro, quien llama a Daila para que le recoja: era su padre. Daila voltea y divisa su padre formal.
–Oigan, tengo que irme, ya mi padre vino a recogerme.
– ¡Está bien, Daila, cuídate y mañana nos vemos, como siempre!
Sonrió y se rio suavemente. Pero, como Uriel no lo había contestado, se despidió de él, acercándose.
–Chao, Uriel. – dijo con alegría y meneó la mano despidiéndose.
A pesar de la confianza, el nerviosismo se mantenía allí. Y, como es su amiga, tuvo que despedirse de ella. Desde aquel primer día que la conoció, nunca le dirigió ni una palabra ni un gesto, sino su mirada, cuando ella se despedía de ellos dos. Ahora era el día que tuvo que dirigirle algo, sumido en su trazo nervioso y tímido.
–Adiós, D-Daila…
Mismo gesto sacó Daila hace un momento. Ya hecho esto, fue con su padre, corriendo y meneando su mochila rosada, y entró en el auto, en el asiento trasero. Los niños se quedaron mirando su caminata y al señor; este, cerrando la puerta, mantenía su mirada a ellos con seriedad; no sacaba una sonrisa ni un aspecto magnánimo, que los incomodaba y un sentir medroso surgía en ellos. Se subió al carro y se desvaneció girando a la derecha en la intersección de dos carreteras, rumbo a su casa.
Manejando el padre de Daila su grande carro oscuro, sentadas allí su bella oíslo, junto a él, quien se veía por el pequeño espejo sacado de su lujosa cartera blanca con anillos dorados, dándose unos toques en el rostro, y su delicada hija, quien estaba sentada alegre detrás con su mochila de colegio, y preguntó con prudencia por primera vez:
–Hija, he visto con normalidad que te has juntado con dos chicos; ¿Quiénes son, Daila?
–Ellos son mis amigos, papá. Se llaman Iker y Uriel: ¡Son muy divertidos y demasiados chistosos, papá!
Escuchaba con solemnidad a su hija; acrecentó fuerza de agarre al volante, decidido lo que dirá y lo que le persuadirá.
–Lindos chicos y divertidos: veo que te diviertes y no sabes con quién te juntas, Daila. Me di cuenta que, a pesar de estas graciosas cualidades, te van a llevar por un mal camino; sé que no te das cuenta, por ello estoy aquí para dirigirte de buena manera, como buen padre que soy.
Sin replicar y sino escuchando; no aspiraba tal decisión y acto ante sus compañeros, ya que, por el momento de su vida infantil, han sido los mejores con quien ha enlazado una fortificada amistad, discurriendo la manera de seguir charlando y juntarse con ellos sin que se depare sin vergüenza frente a él, y posiblemente también ante su madre, Mariana. Esta, con trazo de socarrón e ironía, dijo a su esposo:
– ¡Oh, cariño! No seas tan rudo con ella por esa decisión. ¡Mírala, tan triste por quitarles a sus amigos y por llevarla a buen y próspero camino!
–Bien burlona eres, ¿no? – Aludió Edward lanzando suaves risas.
Pasado al día siguiente, Daila, siquiera en el recreo, después de las clases de ciencias naturales, llamó a sus benévolos amigos, para guiarlos cerca del columpio, lugar favorito de los tres, como lo hace en la mayoría de veces para que empezaran a comer sus sabrosas comidas ya aguisadas y suministradas en loncheras pequeñas: otras veces Iker se encargada de ello como un heraldo llama a guerreros griegos para anunciar un tema imprescindible. Y cada uno sacaba lo que le han dado sus padres: Iker llevaba sándwich con lechuga, tomate y jamón, y frutas: una manzana y uvas verdes; Uriel, un pan con huevo cocido y aguacate, y galletas; Daila, tallarines rojos con pollo.