…–Te amo…
Aquella declaración resonaba dentro de su inconsciencia, una oquedad oscura y desolada, dado por un recuerdo que, tras caerse al torrente que fluye vehemente, le llevaba avergonzado. El sonido de la precipitación escuchó cuando despertó con desesperación, tosiendo para que botase el agua que se adentró en su garganta arrodillado en el húmedo suelo. Ya saciando su molestia, advirtió que se encontraba una linterna encendida a su dirección cerca de él, en el suelo, albergando el petricor nostálgico de su infancia, y a la vez inquietante daba dentro de la flora verdosa. Tal curiosidad de saber qué hacía o cómo llegó eso allí; sin embargo, más importante era escapar de la suerte que reside el itinerante monstruo gigante.
Levantándose, asió la linterna y alumbró su alrededor con estremecimiento: el clima lloroso daba una temperatura de dieciséis grados, concerniéndole el congelamiento de su piel barrosa. El arroyo, que poseía la misma fuerza desde la última vez que estuvo consciente, otorgaba la suerte a las maderas, astillas y objetos quebrantados, barrosos y azotados, a un rumbo desconocido. Discurriendo después que los desgarradores dientes casi le roan las juveniles entrañas de la criatura atroz, tal imagen de ello le ha quedado en la cabeza con detalles de su organismo, sobrecogido de que se vuelva a aparecerse. Asimismo, recorriendo el río con la luz, evocó de su amigo Iker, lanzado de manera deliberada allí mismo; no supo si corrió la misma suerte de los residuos del estropicio o ha escapado de allí, la misma circunstancia dubitativa se encontraba relativo a Daila.
Preludió a separarse de la ribera y se adentró en el bosque con apresuro, tornando a la ya destruida torre forestal. Se figuró que la lluvia sosegaba, vaticinando que en pocos minutos ya acabaría el diluvio. Al pasar buen rato dando pasos con dificultad, miró que, a lo lejos, se encontraba una luz cual una esperanza en medio de las tinieblas; no obstante, tal idea dulce daba mala espina. Corrió hacia dicha luz y llegó. Quebrantado el corazón le quedó al divisar a Daila postrada en la húmeda tierra, cerca de las grandes raíces de un árbol. Tal bella cual doncella acostada en su melifluo lecho ha sido menguada absolutamente su luz, brillo acogedor, luz benévola: energía de la luz apagada ha cesado.
Corrió hacia su inefable amor comprometido, postrándose y la giró hacia cabeza arriba; la desesperación subió al atisbar una oscura mancha negra rojiza en el polo, encima del blanco vientre, e intentó despertada en el supuesto sueño profundo tentándola con las sucias manos.
–D-Daila… ¡Despierta, por favor! D-Despierta y dime que fue un simple sueño; no me dejes a-aquí solo en esta m-miserable situación, Daila. No me dejes con las m-manos vacías el c-compromiso que hemos hecho…
No respondió a su alarmante llamado. Aún insistía y estaba seguro que en algún momento depararían los cristales ojos, donde vería de nuevo aquella sonrisa solaz con las perlas refulgentes y claras. Las lágrimas mustias le salían por sus claros ojos. La asió y la puso en sus muslos, la cabeza débil descansaba en el pantalón húmedo, rodeándolo con su larga cabellera. Acercó su oído al pecho, dónde se encontraba el corazón opaco y carente de señal, abrazándola con estremecimiento y los ojos en la oscuridad de su mente. Su físico y su mente cambiaron a un alma nefelibata, recordando aquel momento que la ha dicho cuán amor le tiene con clamor, so el frondoso árbol con las hojas tremolantes y melancólicas. Largo rato estuvo sintiendo su suave piel bajo la lluvia, hasta que el corazón dejó de latir de manera acelerada con magna angustia y dolor, cuyo mundo ha sido asolado.
–Daila –musitó con suavidad, lloriqueando en silencio–… Nosotros nos hemos comprometido en formar una pareja más adelante, no quiero que esto se rompa, Daila. Todavía me acuerdo que me he declarado con muchos nervios a ti…
Dio un momento de silencio tras abrazarla con un poco más de fuerza, por la razón de que no se le quiebre la voz en medio de aquel discurso con sinceridad y con cariño, y a la vez apesadumbrado.
–Me has dicho que no funcionará la relación, que todo lo que hacías para vernos en grupo era que mentías a tus padres, diciéndoles que saldrás con unas amigas o sola. Pero… yo mismo me he prometido que esperaría para que me entregues tu amor verdadero, con la esperanza que sí lo lograría. ¡Maldito monstruo, que te jodan!
En su agonía lloroso, en medio de la floresta taciturna, ha permanecido allí durante buen tiempo nocturno, sin estar sorprendido ni darse cuenta de su desaparición de su tartamudeo. El umbral de su caminata preludió, tras dejarla allí a su amada acostada en medio de las grandes raíces, hacia la zona devastada; no demoró mucho en llegar. Esparcidos los residuos de la destrucción en gran parte de la ribera, arriba miró y encontró más trozos, y que varios años que estuvo aquella arquitectura de vigilancia enhestado y admirable ha sido quebrantado en pocos segundos. El chico acardenalado buscó a aquella base de un pino en donde dejó su bicicleta Atlas, con diligencia y con el menor ruido que le fue posible.
Encontrándolo cerca de la bicicleta de Iker, cuya pérdida le ha penado, lo llevó al sendero agarrándolo del manubrio. Aquel camino que franqueaban los árboles estaba lodoso -lo bueno que la precipitación ha saciado-. Atlas constituía intermitente en la parte trasera y delantera. Lanzó a un lado la linterna y encendió las luces. Se agarró con fuerza a la bicicleta y… un ruido estimuló su susto atrás, mirando el lugar con velocidad. Advirtió a un joven erguido mirándolo, con apariencia similar de Iker; la luz trasera de la bicicleta no alcanzaba iluminar los colores de su contrafigura.
–Corre… – Decía Iker resonante.
Pasos gigantescos se escuchaban desde lejos, acercándose al punto donde los dos están: las hojas turnaban sus movimientos sin ser suscitadas por un fuerte viento, y alrededor, dentro de la oscuridad, escuchaba carcajadas infantiles de un sinnúmero.