ELIZABETH Y ANTONIO
La feliz pareja persigue al muchacho que lleva sus maletas a su camarote correspondiente. Un servicio otorgado por la agencia que planificó su viaje en ese tour escogido. ¡Qué mejor plan para disfrutar una segunda luna de miel!
La primera fue un rotundo fracaso. Hotel económico, sábanas usadas, baño sin agua caliente, y muchísimas carencias para celebraciones de luna de miel.
Ambas se unen en un afectuoso abrazo.
Antonio sonríe mirando a las amigas.
Una vez a solas, ella regresa a la ventana para abrirla y presenciar un paisaje marino bastante hermoso y hipnótico. Unos brazos rodean su cintura. Ella se estremece al contacto.
La conoce muy bien para saber que su contacto es necesario para ella.
Lo niega. Lo disfraza.
Sin embargo, Elizabeth es de piel.
Ahora que han consolidado su relación en un matrimonio. La timidez no debe existir.
Este viaje debe tener es efecto de contacto íntimo, de unión y sobre todo entrega mutua de amor.
Amor romántico.
Amor bonito.
Amor desenfrenado.
Amor pasional.
Bajaron al salón para comer algo, luego de haber estado retozando en la cama. Estaban muy hambrientos. Pidieron menú contundentes.
Ella lo miraba de reojo, sonríe coqueta.
Él lleva unos segundos más que ella. La miraba embobado. Le gusta esta mujer. Su esposa.
Al parecer ese ruido y su voz hizo llamar la atención de algunas personas en las mesas más cercanas.
Ella se dio cuenta bajando la voz, pero no su incomodidad ante ese llamado.
Sabe muy bien quién llamaba.
Antonio demora mucho más tiempo con esa llamada, de lo que Elizabeth ha podido aguantar desde que lo conoce.
La madre, ahora su "suegra", todavía no acepta que su hijo haya escogido a otra chica como esposa. Ella tenía otra candidata, hija de una amiga. Sin embargo, el destino se encargó de arruinar "el perfecto matrimonio".
Enfrascado en esa charla telefónica, olvida a su esposa que terminando de cenar, se levanta para volver a su habitación.
Elizabeth cuenta paso por paso, sumida en sus propios pensamientos, hasta que choca con algo en su camino. Frota su cabeza, levantando la vista.
Parecia estar al frente de un actor italiano, de esos hombres que solo existen en la televisión. O es lo que ella creía hasta ver a ese desconocido que frotaba su pecho.
Una falla en su cerebro que no ha podido superar. Decir lo que está pensando en los momentos que no es necesario hacer.
El hombre sigue frente a ella.
Elizabeth está pegada al piso.
Ahora no sabe si es por la vergüenza, o la admiración que despierta el desconocido.
Voltea hacia su mesa.
Antonio sigue charlando con mamá.
Al girar su cabeza, la mano del hombre estira.
Elizabeth duda.
No se vería bien. Ella casada, sola, charlando con otro hombre.
Inesperado fue ver su mano ir directo a los labios de Franco.
Ese saludo sacudió fibras en varias partes de su cuerpo.
Rescatando rápidamente su mano, retrocede.
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Editado: 26.10.2026