Hola, mi nombre es Wismeiry Kingsley tengo 17 años
Mi familia es una de las más poderosas del país; dicen que somos billonarios, y sí, todo es gracias a mi papá. Crecí rodeada de lujos, pero también de reglas, miradas atentas y expectativas altas.
Tengo una hermana pequeña que es un torbellino de energía y un hermano mayor que siempre quiere jugar a ser el protector.
Mañana empiezo mi penúltimo año en la secundaria, y aunque intento fingir que no me importa, la verdad es que estoy nerviosa. Siento ese cosquilleo raro en el estómago que aparece cuando sabes que algo importante está por comenzar.
Estoy sentada en mi cama cuando la puerta de mi habitación se abre suavemente.
Mija, baja un momento, es hora de medirte el uniforme —dice mi mamá, con ese tono que no admite un “después”.
Bien, ya voy —respondo, soltando un suspiro.
Bajo las escaleras y me encuentro con la modista. Mi mamá observa cada movimiento como si se tratara de una operación delicada. Me quedo quieta mientras la señora toma medidas y murmura cosas sobre ajustes y arreglos.
Esta parte hay que estrecharla un poco —dice—. Y aquí lo dejamos perfecto.
Mi hija tiene que verse impecable —agrega mi mamá—. Es su último tramo en la secundaria.
Asiento en silencio. Todo tiene que ser perfecto. Siempre.
Cuando por fin termino, subo a mi habitación y mi celular vibra. Sonrío al ver el nombre en la pantalla: Leydi.
Ayyyy, dime que ya te midieron el uniforme —dice apenas contesto.
Sí, por fin. Mi mamá casi se pelea con la modista por un centímetro de tela —le digo riéndome.
—JAJAJA, típica. Oye, por cierto… ¿qué haces mañana domingo en la tarde?
Me acomodo mejor en la cama, mirando el techo.
—Nada en especial, ¿por qué?
—Estaba pensando que podríamos ir a una cafetería. Un plan tranquilo, hablar, ponernos al día.
La idea me gusta más de lo que quiero admitir.
—Me encantaría —respondo—, pero tengo que pedir permiso.
—Obvio, tú me avisas —dice—. Yo espero.
Cuelgo y bajo a cenar. La mesa está servida y el ambiente es calmado, como si nada extraordinario estuviera pasando, aunque yo siento lo contrario. Mi papá conversa con mi hermano mayor sobre cosas que no termino de entender, mientras mi hermanita, de apenas cinco años, no deja de hablar.
—Hoy en la escuela pinté una mariposa —dice emocionada—. Y la maestra dijo que estaba bonita.
—¿Sí? —le digo sonriendo—. Mañana me la enseñas.
Ella asiente feliz, moviendo los pies desde la silla.
Después de cenar, aprovecho que todos están cenando para hablar.
—Mami… papi —empiezo—. Hoy en la tarde Leydi me invitó a una cafetería.
Mi mamá me mira con atención.
—¿Dónde queda?
—No es lejos, es un lugar tranquilo.
Mi papá deja la taza sobre la mesa y me mira serio, como siempre.
—Está bien —dice—, pero ten mucho cuidado.
—Sí, papi.
—Y —agrega mi mamá— llévate a tu hermanita contigo.
La miro un segundo. No era exactamente lo que tenía en mente, pero asiento.
—Está bien.
Mi hermanita abre los ojos emocionada.
—¿Voy a ir contigo?
—Sí, princesa.
Subo a mi habitación y de inmediato le escribo a Leydi.
—Mi mamá dijo que sí, pero tengo que llevar a mi hermanita de cinco años.
—No importa —responde—. Me parece tierno.
Sonrío. Dejo el celular a un lado y me acuesto un rato.
Abro Instagram y empiezo a deslizar sin pensar demasiado, viendo vidas ajenas mientras la mía se prepara para algo nuevo.
Luego pongo Spotify. El álbum de Sabrina empieza a sonar y, sin darme cuenta, estoy cantando mientras me baño, dejando que el agua se lleve un poco de los nervios.
Here we go again
Crying in bed
What a familiar feeling
All my friends in love and I'm the one
They call for a third wheeling
Probably should have guessed
He's like the rest
So fine and so deceiving
There's nobody's son
Not anyone left for me to believe in
Salgo, me pongo mi pijama, apago la luz y me acuesto. Antes de cerrar los ojos, pienso en mañana, en la cafetería, en las conversaciones que aún no han pasado.
No lo sé todavía…
pero siento que algo está a punto de comenzar.
Y así, me quedo dormida.