Toxic till the end

2

El domingo amaneció tranquilo.
La luz del sol entraba suavemente por mi ventana cuando abrí los ojos. Por unos segundos me quedé mirando el techo, respirando hondo, dejando que la calma de la mañana me envolviera. Luego me levanté, me lavé la cara y bajé a desayunar.

La mesa estaba llena. Mi mamá había preparado frutas, pan tostado y jugo natural. Mi papá leía algo en su celular, mi hermano comía en silencio y Aitana, mi hermanita de cinco años, no paraba de hablar.

—Hoy soñé que volaba —dijo, con la boca llena.
—¿Y adónde fuiste? —le pregunté sonriendo.
—A una casa rosa —respondió muy seria.

Después del desayuno, subí a mi habitación y me puse ropa cómoda. Me gusta empezar los domingos haciendo ejercicio. Salí al patio, puse música y comencé a entrenar: estiramientos, un poco de cardio, respiraciones profundas. El sudor bajaba por mi frente, pero me hacía sentir viva, fuerte, en control.

Horas más tarde, ya por la tarde, Aitana estaba lista. Llevaba un vestidito claro y el cabello recogido; se veía hermosa.

Yo terminé de arreglarme frente al espejo. Me puse un conjunto de marca, sencillo pero elegante. Me miré una última vez y tomé el celular. Tenía un mensaje de Leydi con la dirección del lugar.

—Aitana, vámonos —la llamé.
—¡Ya voy! —respondió corriendo.
Salimos de la casa caminando hacia el carro. Aitana iba saltando a mi lado, feliz.

—Wismeiry… —dijo de repente.
—¿Qué pasó, mi amor?
—Un niño en la escuela me dijo que fuera su novia.

Me detuve en seco y la miré sorprendida.
—¿Cómo que tu novia? —dije—. Tú todavía eres una niña, estás muy chiquita para eso.

Ella me miró muy seria.
—Yo le dije que cuando seamos grandes podemos.
No pude evitar reírme.

—Ay, Aitana… —dije negando con la cabeza.
Nos subimos al carro y emprendimos camino. Cuando llegamos, vi que cerca de la cafetería había un parque.

—Quiero ir a jugar —dijo Aitana señalándolo.
—Después, cuando nos tomemos el café —le respondí.

Entramos a la cafetería y ahí estaba Leydi, sentada, sonriendo como siempre.

—¡Wismeiry! —dijo levantándose.
Nos abrazamos fuerte.
—Hola, princesa —le dijo a Aitana—. Estás muy bonita.
—Gracias —respondió tímida.

Nos sentamos y comenzamos a hablar de todo.

—¿Supiste lo de Camila? —dijo Leydi en voz baja.
—¿Qué pasó ahora?
—Dicen que está embarazada.
—¿QUÉ? —dije sorprendida—. Pero si ella juraba que era una santa.

—Ajá… ya tú sabes —respondió riéndose.

Luego Leydi me mostró su celular.
—Tengo novio —dijo emocionada.
—¿En serio? —le dije—. Enséñame.

Me mostró una foto.
—Es lindo —admití.
—Es de otra ciudad, pero viene seguido —me explicó—. Es atento, romántico… todo.

Después salimos para que Aitana pudiera jugar en el parque. Nos sentamos en una banca mientras ella corría de un lado a otro.

—A veces quiero crecer rápido —dijo Leydi—, pero otras no.

—Yo también —respondí—. Siento que crecer viene con demasiadas cosas.

—Amores, problemas, decepciones…
—Y decisiones que no sabes si son correctas —agregué.

De repente miré hacia el parque y no vi a Aitana.
—Leydi… no veo a mi hermana.

Me levanté de inmediato, el corazón acelerado. Caminé rápido buscándola hasta que la vi… estaba al lado de un chico de cabello rosado.

Sentí un golpe en el pecho y corrí hacia ella.
—Aitana, no hables con desconocidos —le dije, asustada.

—Él se llama Matteo —respondió—. Me ayudó, un niño me estaba molestando.

Me quedé en silencio, sintiéndome mal por haber reaccionado así.

—Gracias —le dije al chico—. De verdad.
—No hay problema —respondió con una sonrisa.
Aitana nos miró a los dos.

—Yo le dije a Matteo sobre ti. Harían bonita pareja.
Me reí nerviosa.

—Aitana, no digas esas cosas.
—Es verdad —dijo ella encogiéndose de hombros.

—Oye —dijo Matteo—, ¿a qué escuela vas?
—A la Saint Claire —respondí.
—Oh, yo voy a esa. Estoy en último año.
—Yo en penúltimo —dije.

Nos quedamos mirándonos un segundo de más.
—Bueno… —dije—, gracias otra vez.
—Cuando quieras —respondió.

Me despedí con una sonrisa.
No podía negarlo.
Aquel chico… era hermoso.

Regresé con Leydi todavía con el corazón acelerado.
—¿Y esa cara? —me preguntó apenas me senté a su lado.

—No vas a creer lo que acaba de pasar —le dije, bajando la voz.

Le conté todo: el niño molestando a Aitana, el chico de cabello rosado, cómo apareció de la nada, cómo se llamaba Matteo, cómo me defendió a mi hermana sin conocerla. Leydi me miraba con una sonrisa cada vez más grande.

—¿Cabello rosado y buen samaritano? —dijo—. Eso suena peligrosamente interesante.

—No empieces —le respondí—. Fue solo amable.
—Ajá… “solo amable” —repitió, burlona—. ¿Y dices que va a tu misma escuela?

—Sí. Último año.
—Ay, amiga… eso no es coincidencia.

Antes de irnos, Aitana se acercó corriendo.
—Tengo hambre —dijo—. Quiero algo rico.
—Vamos a comprar algo para llevar —dije.

Entramos a una panadería cercana y compramos croissants recién hechos. El olor era delicioso. Aitana no dejaba de hablar mientras mordía el suyo.

—Matteo es bueno —dijo de repente—. Me cayó bien.
—Ya, ya —le dije—. Come tranquila.

Nos despedimos de Leydi con un abrazo.
—Me escribes —me dijo—. Y no me ocultes nada.
—Lo prometo… tal vez —respondí, riéndome.

Nos montamos en el carro y regresamos a casa. El camino fue tranquilo. Aitana terminó dormida, con el croissant casi intacto entre las manos.
Al llegar, mi mamá estaba en la sala.

—¿Cómo les fue? —preguntó.
—Bien, tranquilo —respondí.

No le conté nada.
Nada del niño.
Nada de Matteo.
Nada del susto.

Subí a mi habitación, cerré la puerta y me dejé caer en la cama. Tomé el celular sin pensar mucho y abrí Instagram. Tenía una notificación nueva.
Nuevo seguidor.




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