Ya había amanecido.
Hoy era domingo.
Me quedé mirando el techo por varios segundos, escuchando el silencio de la casa. Ese silencio extraño que solo existe los domingos temprano, cuando todo parece en pausa, como si el mundo estuviera respirando antes de volver a correr.
Suspire despacio y me levanté, arrastrando un poco los pies
Hice mi rutina matutina sin apuro. Me lavé la cara, me recogí el cabello de cualquier manera y bajé las escaleras. En la cocina estaba mi hermano. Me sorprendió verlo ahí; casi nunca coincidíamos.
Siempre estaba metido en la empresa, viviendo entre números, llamadas y responsabilidades que yo no terminaba de entender.
—Buenos días —dije, rompiendo el silencio.
Él levantó la vista apenas.
—Buenos días.
Me serví el desayuno y me senté frente a él. Hubo unos segundos incómodos.
—¿Cómo estás? —pregunté, más por costumbre que por otra cosa.
—Bien —respondió—. ¿Y tú?
—Bien.
Eso fue todo
Antes, cuando éramos pequeños, hablábamos de todo. Ahora parecía un extraño viviendo en la misma casa. Me encogí de hombros mentalmente y agarré un brownie.
Dios… amo el chocolate.
Era como un pequeño placer en medio de días que a veces se sentían demasiado largos.
Después de desayunar, fui a nadar. El agua me recibió fría, haciéndome estremecer. Nadé sin pensar, dejando que mi mente se vaciara poco a poco. Cada brazada me calmaba, como si mis pensamientos se quedaran flotando atrás.
Más tarde subí a mi habitación y puse una película. Luego otra. Ninguna logró atraparme. El aburrimiento se me pegó a la piel. Bajé de nuevo y en la sala solo estaban mi mamá y mi hermanita.
—Mami, este día está eterno —dije, dejándome caer en el sofá.
—Eso te pasa por no dormir hasta tarde —respondió sonriendo.
Mi hermanita se acercó enseguida.
—¿Mañana vas a la escuela otra vez? —preguntó, mirándome con esos ojos enormes.
—Sí…
—¿Y no quieres?
—No mucho —confesé—. Pero no tengo opción.
—Yo sí quiero crecer rápido —dijo ella—, para ir contigo.
Sonreí y la abracé.
—No tengas prisa, mi amor.
Nos quedamos hablando un rato. Reímos. Por un momento todo se sintió ligero. Después subí a mi cuarto. Me puse la pijama y me acosté temprano.
Mañana tenía clases. Mañana volvía la rutina. Mañana volvía todo.
Cerré los ojos.
6:30 a.m.
La alarma sonó y gemí bajito.
—No puede ser… —murmuré.
Me levanté como pude y fui directo al baño. Me bañé con agua fría, dejando que el shock me despertara por completo. Frente al espejo hice mi rutina de skincare con cuidado, observándome como si buscara algo en mi reflejo.
Me puse el uniforme: la falda corta, la camisa blanca bien planchada y el chaleco azul. Me planché el pelo con paciencia, me puse un poco de pintalabios y miré el reloj.
7:30
—El tiempo vuela cuando no debería —susurré.
Cogí dinero, respiré hondo y salí.
Mientras manejaba, lo vi.
Matteo estaba parado a un lado de la calle, con su bicicleta tirada en el piso. Algo en mi pecho reaccionó antes que mi cabeza. Frené.
—Hola… —bajé el vidrio— ¿qué pasó?
Él levantó la mirada y sonrió, aunque se notaba un poco frustrado.
—Mi bicicleta se dañó —dijo—. ¿Crees que puedas darme un aventón?
Lo pensé un segundo… y luego asentí.
—Súbete.
—¿En serio? Gracias… pensé que hoy no iba a llegar.
—No te iba a dejar ahí.
Se subió y cerró la puerta.
—Eres un ángel.
Me reí suave.
—Tampoco es para tanto.
—Un ángel hermoso—corrigió.
Sentí el calor subir a mis mejillas y desvié la mirada, concentrándome en el camino.
—Oye… —dije después de unos segundos— quería agradecerte.
—¿Por qué?
—Por lo de mi hermanita ayer —respondí—. Me quedé tranquila cuando supe que estabas ahí con ella.
Él encogió los hombros.
—No iba a dejar que nada le pasara.
Asentí. El silencio se instaló, pero no era incómodo. Era tranquilo.
—¿Dónde vives? —pregunté.
Me lo dijo. Luego me miró de reojo.
—¿Tienes novio?
La pregunta me descolocó. Parpadeé un par de veces.
—No —respondí—. ¿Y tú?
—No.
—Qué bueno —dije sin pensar.
Sentí su mirada sobre mí, curiosa.
Antes de llegar a la secundaria, habló otra vez.
—Oye… ¿te gustaría salir conmigo algún día?
Mi corazón dio un salto absurdo. Me mordí el labio, dudando solo un segundo.
—Sí.
Sonrió.
—Entonces dime dónde vives.
Se lo dije justo cuando estacioné.
—Nos vemos, Wismeiry.
—Nos vemos, Mateo.
Bajé del carro con una sonrisa tonta, de esas que no se pueden controlar. Caminé hacia la secundaria sintiéndome ligera, con el pecho lleno y la cabeza dando vueltas.
Ese lunes… no era un lunes cualquiera.
Y yo lo sabía.