Toxic till the end

4

Llegué a la secundaria más temprano de lo normal. El sol todavía no pegaba fuerte y el ambiente se sentía tranquilo, casi demasiado. Leydi no había llegado, así que me quedé esperándola cerca de mi carro, apoyada en la puerta, cruzada de brazos, mirando a todos entrar y salir sin realmente prestar atención a nadie. Revisé el celular varias veces, pero no tenía mensajes nuevos.
Unos minutos después la vi venir desde lejos. Caminaba despacio, con la cabeza baja, como si cada paso le costara. Supe de inmediato que algo no estaba bien.
—Leydi… —la llamé cuando estuvo cerca—. ¿Qué pasó?
Levantó la mirada y vi sus ojos rojos, hinchados.
—Mi gato murió anoche —dijo con la voz bajita.
Sentí un nudo en el pecho. Yo sabía lo mucho que ella amaba a los gatos, cómo hablaba de ellos como si fueran personas.
—Ay, lo siento mucho, niña —le dije, acercándome y dándole un abrazo—. De verdad.
Suspiró hondo, como tratando de recomponerse, y después me dijo:
—Mi novio va a venir a visitarme hoy… quiere conocerte.
—Claro, con mucho gusto —respondí, intentando animarla un poco.
Hubo un pequeño silencio y sentí que era el momento.
—Oye… te quiero comentar algo.
—¿Qué cosa? —preguntó, mirándome con curiosidad.
—¿Sabes de Matteo? El del pelo rosado —dije, sin poder ocultar la emoción—. Me invitó a una cita.
Leydi abrió un poco los ojos.
—¿En serio? Qué bueno… pero, ¿no crees que es muy rápido?
—No es nada serio —le respondí—. Además, míralo allí.
Matteo estaba con unos amigos, riéndose, despreocupado. En algún punto sintió la mirada y volteó. Cuando me vio, sonrió de inmediato, como si no pudiera evitarlo. Una sonrisa tonta, sincera. Sentí calor en la cara y se la devolví sin pensarlo.
—Es muy bonito —admitió Leydi—. Eso no te lo voy a negar… aunque a mí me da mala espina.
—No seas así —le dije—. No lo conoces.
—Por eso mismo —respondió—. Ten cuidado, Wismeiry.
Después entramos a clases. Inglés, mi favorita. Me encanta esa hora, me hace olvidar todo. Las palabras, los ejercicios, la voz del profesor… todo fluía. Luego llegó el profesor de matemáticas. Empezó a hacer preguntas y, contra todo pronóstico, levanté la mano. Contesté dos correctamente. Me sentí bien conmigo misma.
Más tarde le pedí permiso para ir al baño. Fui, hice mis necesidades, me lavé las manos y salí al pasillo. Caminaba tranquila, pensando en cualquier cosa, hasta que vi a Matteo saliendo del aula.
No sé por qué lo seguí. Tal vez fue impulso. Tal vez curiosidad.
Me acerqué por detrás y lo asusté.
—¡Bú!
Matteo se giró de golpe, claramente sobresaltado.
—¡Coño! —exclamó—. Casi me matas del susto.
Me eché a reír, sin poder controlarme.
—Perdón, tenía que hacerlo.
—¿Qué haces aquí afuera? —le pregunté.
—El profesor no ha llegado —dijo—. Me aburrí de esperar.
Caminamos juntos, hablando de cosas simples, como si nos conociéramos de toda la vida. Sin darnos cuenta, llegamos a una casa. Estaba completamente vacía. No había nadie. Solo nosotros dos. Sentí un pequeño cosquilleo en el estómago, una mezcla rara entre nervios y emoción.
Matteo sacó un cigarro del bolsillo de su pantalón y me lo ofreció.
—¿Quieres?
—No —respondí rápido—. No me gusta.
Sonrió y se lo puso en la boca. No pude evitar fijarme en su sonrisa. Me gustaba más de lo que debería.
—¿Por qué no? —preguntó—. Si no lo has probado.
—Es dañino —le dije—. Y no me quiero morir.
Se rió suavemente.
—Eres tan inocente, Wismeiry… dime, ¿alguna vez te has escapado de tu casa?
—No —respondí—. Mis padres no quieren que esté con alguien como tú.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Y eso te importa?
Tragué saliva.
—Un poco… pero no tanto.
—Entonces no hay problema —dijo—. Yo paso por ti cuando quieras.
—Te escribo —le dije—. Te digo a qué hora.
—Perfecto —respondió sin dudar.
Y mientras lo veía alejarse, supe que estaba cruzando una línea… una que tal vez no tendría vuelta atrás.




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