—Mis padres no van a estar mañana todo el día —le dije, casi en un susurro—. Podrías ir a la hora que quieras a pasar a buscarme… y podemos ir a donde quieras. No tengo problema con eso.
Matteo me miró fijamente, como si estuviera midiendo mis palabras.
—Paso por ti a las diez y media —dijo con seguridad—. Te voy a enseñar lo que es realmente divertirse.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Y se puede saber a qué te refieres? —pregunté, medio en broma, medio nerviosa.
Sonrió. Esa sonrisa que me dejaba boba.
—Pronto lo verás, hermosa.
Bajé la mirada un segundo, intentando esconder lo mucho que me afectaba.
—Oye, Matteo… ¿y tu familia? —pregunté—. O sea, ¿cómo es tu relación con ellos? ¿Tienes hermanos?
Su expresión cambió apenas, casi imperceptible.
—Mi relación con ellos es buena —respondió—. No tengo hermanos.
Sentí que había algo más detrás de esas palabras, algo que no estaba diciendo, pero preferí no preguntar.
—Ah… está bien —dije, forzando una pequeña sonrisa.
Miré la hora y suspiré.
—Bueno, me tengo que ir. No quiero perder la clase que viene ahora.
—Está bien —respondió.
Se levantó y se acercó. Me abrazó de repente. Yo le correspondí sin pensarlo, sintiendo su cuerpo tan cerca, su perfume, el calor. Antes de terminar el abrazo, se inclinó y me dio un beso en la comisura del labio. Fue rápido, pero suficiente para dejarme sin aire.
Me fui caminando con una sonrisa tonta, de esas que no se pueden ocultar.
—Adiós —le dije, sin poder dejar de mirarlo.
Entré a clase todavía con el corazón acelerado. Leydi me miró apenas me senté.
—¿Dónde estabas? —me preguntó—. Te salvaste, el profesor no va a venir.
Le conté todo sobre Matteo y la cita.
—Wismeiry, eso es muy rápido —me dijo.
—No lo es —respondí enseguida—. ¿Por qué cada vez que te hablo de Matteo dices lo mismo?
Leydi frunció el ceño.
—Porque me preocupa.
—¿O es que te gusta? —solté sin pensar—. Porque yo nunca he hablado mal de tu novio… y eso que vive en otro país.
Leydi me miró sorprendida.
—Cálmate —dijo—. Solo te lo digo porque te quiero mucho.
—Pues no lo parece —respondí, molesta—. Bueno, hablamos después.
Agarré mi mochila y me fui. Encendí el Porsche y salí de allí con la música bien alta, intentando no pensar en nada. El viento entraba por la ventana y por un momento me sentí libre.
Llegué a casa y entré por el patio. Mis padres estaban allí con los papás de Leydi; eran muy amigos. Saludé a todos con un beso.
—¿Y Leydi? —pregunté.
—Fue a recibir a su novio —me dijeron.
Subí las escaleras, me cambié de ropa y fui directo a bañarme. El agua caliente me relajó un poco. Cuando salí, mi hermanita estaba sentada en mi cama.
—¿Jugamos? —me dijo con una sonrisa.
Sin dudarlo, le respondí que sí.
Y mientras jugaba con ella, no podía sacar a Matteo de mi cabeza… ni lo que iba a pasar mañana a las diez y media.