No pareces de aquí, niña fina.
Esa voz me atravesó como un cuchillo. Giré lentamente, con la copa en la mano, y lo vi apoyado contra la barra, mirándome de arriba abajo sin ningún pudor. Tenía esa sonrisa descarada que molesta… y atrae al mismo tiempo.
—¿Perdón? —le dije, fingiendo seguridad.
—Vino, vino… —se acercó un poco más— ¿con quién viniste?
—Con Matteo.
Su risa fue seca, burlona.
—Ah… ¿con ese estúpido?
Algo dentro de mí explotó.
—¿Estúpido? —repetí—. Un gran estúpido serás tú.
Me miró sorprendido, como si no esperara que le respondiera así. Luego sonrió más, disfrutando el choque.
—Tranquila. Solo preguntaba. ¿Tienes novio?
Dudé. Sentí el peso de la pregunta.
—No —dije, sin pensarlo demasiado.
—Entonces dime tu nombre.
—Wismeiry.
—Es bien bonito —dijo, acercándose—. No podía ser de otra manera.
No quería admitirlo ni para mí misma, pero era guapo. Y mi mente empezó a traicionarme. Pensamientos que no debía tener. Miradas que no debía sostener.
Él se acercó más. Demasiado. Sentí su mano en mi cintura, firme, posesiva, atrayéndome hacia él. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Y entonces todo se volvió caos.
De repente sentí que lo jalaban con violencia. Un golpe. Otro. Gritos.
Matteo.
Matteo estaba encima de él, lanzándole puñetazos sin control.
—¡MATTEO! ¡PARA! ¡DETENTE! —grité desesperada.
La música se apagó. La gente comenzó a rodearnos. Alguien gritó. Otro sacó el celular. El amigo de Matteo logró sujetarlo y separarlo a la fuerza.
Corrí hacia él, el corazón desbocado.
—¿Estás bien? —le pregunté—. ¿Estás loco o qué? ¡Tú y yo no somos novios!
Matteo respiraba rápido, los puños apretados, los ojos oscuros como nunca antes los había visto.
—Cállate —me dijo, sin mirarme.
Sentí el golpe directo al orgullo.
—A mí nadie me manda a callar, estúpido —le solté.
Y antes de pensar, mi mano ya había impactado contra su cara.
El sonido fue seco. El silencio, peor.
Las personas nos miraban, murmuraban. Algunos negaban con la cabeza. Matteo no dijo nada. Solo apretó la mandíbula y se alejó cuando lo llamaron para la carrera.
Me quedé ahí, temblando.
Más tarde, ganó.
Cuando regresó, todos lo rodearon. Gritos, aplausos. Yo me acerqué, me subí emocionada y lo besé sin pensar.
—Felicidades —le dije, sincera.
Sus amigos llegaron a felicitarnos como si fuéramos pareja.
—Voy al baño —dije, tratando de escapar del ruido.
—Ve —respondió—, no te tardes.
Antes de soltarme, me dio una palmada juguetona que me hizo girar.
En el baño me miré al espejo. Tenía las mejillas rojas, los ojos brillosos. Me lavé las manos varias veces, tratando de calmarme.
Cuando salí, alguien me jaló del brazo.
—No pienso irme sin un beso —susurró.
Nick.
—No —le dije, empujándolo—. Si hubieras ganado, tal vez.
Sonrió con descaro.
—Dame tu número.
—No —repetí—. Mejor vete.
Me fui sin mirar atrás.
Cuando regresé con Matteo, su expresión cambió al verme.
—Vámonos.
En el carro, el silencio era insoportable.
—¿Por qué dejaste que esa chica te besara? —le reclamé—. ¿Te gustó?
Soltó una risa amarga.
—¿Y tú por qué me reclamas, Wismeiry? Tú hiciste lo mismo.
—¡No es lo mismo! —grité—. ¡Yo lo hice por ti!
—¿Por mí? —me miró—. Tú lo hiciste porque quisiste.
Las lágrimas me ganaron.
—Yo te quiero… perdóname —dije entre sollozos.
Frenó el carro de golpe. Me miró largo rato.
—Claro que te perdono —dijo al fin—. Tú no tienes la culpa de nada, ¿me escuchas?
Pensé que todo había terminado ahí.
Pero su voz cambió.
—No quiero verte cerca de Nick, Wismeiry. Si lo vuelves a hacer… lo mato.
Me gritó. Golpeó el volante.
—No te quiero cerca de ningún maldito hombre. ¿Me entendiste?
Me encogí en el asiento. Estaba aterrorizada.
Se estacionó a una cuadra de mi casa. Caminó conmigo, como si nada. Me abrazó fuerte, demasiado fuerte.
—Me quedo contigo esta noche —dijo—. Mañana me voy temprano.
En mi habitación nos dejamos caer en la cama, exhaustos.
—Perdón —susurró—. No debí reaccionar así.
—Está bien —mentí—. Yo también me equivoqué.
Me miró con intensidad.
—No quiero perderte.
—Entonces no me hagas sentir miedo —le dije en voz baja.
Suspiró.
—No volverá a pasar.
Luego, casi sin respirar, dijo:
—¿Quieres ser mi novia?
Sentí el corazón explotar.
—Sí… sí… sí —repetí, sonriendo.
Nos besamos desesperados, como si el mundo se fuera a acabar.
—Eres mía —susurró—. Y yo soy tuyo.
Quise creer que eso era amor.
Aunque en el fondo… algo me decía que era peligro.