Al salir de casa, Matías quedó envuelto en un día primaveral. Había pasado ya una semana, y sus paseos diarios le habían dado un conocimiento general del barrio y sus puntos de referencia. Esa mañana iría a la facultad para formalizar su inscripción en el posgrado.
Unos metros más abajo, la señora Kim barría la acera. Él encendió el traductor.
—Buenos días, señora Kim —saludó con un gesto y una gran sonrisa.
La boca de Matías era pequeña, de labios rosados y carnosos y una dentadura blanco marfil, alejada de esa perfección recta y predecible del ideal que lo rodeaba. Sus incisivos centrales, algo más grandes que los laterales, y los caninos finos, le daban al sonreír un encanto difícil de ignorar.
—Buenos días, Matías —respondió ella con honesta cordialidad.
—El bi… bip… bim… . —Él cerró los ojos con frustración, buscando la palabra exacta.
—Bibimbap —corrigió ella riendo.
—¡Eso! El bibimbap que me convidó ayer estaba delicioso. Luego le devuelvo el pote, ahora voy a la universidad.
—Entonces ven este viernes a almorzar; me devuelves el pote y te prepararé otro plato típico coreano.
—¡Usted es la mejor, señora Kim! —exclamó levantando los brazos.
Ella rio a carcajadas.
Tras una semana de encuentros, habían construido una relación de confianza. A él, ella le recordaba a su nana, la empleada doméstica que lo cuidó de niño y a la que quería como a su propia sangre. Con la señora Kim sentía esa calidez y seguridad de cuando era un crío llegando del colegio.
Ella, a su vez, veía en él al hijo varón que no tuvo; le atraía su manera extrovertida de expresarse, menos contenida que la local; aquí los vínculos pasaban por el respeto y cierta jerarquía, y su naturalidad rompía esa formalidad. Aunque para los estándares latinos Matías era más bien parco y moderado, pero al tomar confianza resultaba ser una persona muy cálida.
Más tarde, él llegó a la oficina de asuntos estudiantiles de la KBS (Korean Business School).
El campus mezclaba modernidad y arquitectura clásica; el edificio principal le pareció una copia de Princeton. Se imaginó a los dueños pidiendo a los arquitectos un diseño que gritara “universidad tradicional” y recordó, divertido, que la Universidad Federico Santa María en Valparaíso también tenía esa estética maqueteada.
En el mostrador, una joven de unos 25 años escribía en el computador. No tenía la belleza prefabricada que Matías solía ver en sus caminatas; vestía un polar azul con el logo de la facultad, anteojos de marco grueso y un moño tipo "tomate". Era muy linda, pero su sobriedad desentonaba con la tendencia top fashion de la zona.
—Buenos días—dijo Matías activando el traductor. —Vengo a matricularme en un posgrado para extranjeros. ¿Con quién debo hablar?
—¡Oh! ¿Qué práctico traductor tienes —comentó ella—Do you speak English?
—No —respondió él— por eso prefiero usar esto.
—Entiendo. Dirígete por este pasillo, gira a la derecha y entra a la puerta que dice "Admisión".
—Mucho gusto, mi nombre es Matías Castillo.
—Encantada, soy Kim Yang Mi.
Las coincidencias del destino son curiosas: Yang Mi era sobrina de la señora Kim, pero esta no lo había mencionado porque Matías nunca especificó a que universidad asistiría.
"No importa en qué parte del mundo estés, todo está al fondo a la derecha", pensó él camino a la oficina.
Al salir con su carpeta llena de papeles, su smartphone vibró. Era un mensaje de Miguel: "Llámame más tarde, quiero llevarte a conocer un lugar increíble". Matías se puso algo nervioso conociendo las bromas de su amigo.
—¿Cómo te fue? —preguntó Yang Mi al verlo pasar.
—Todo bien. El próximo lunes comienzo las clases, así que nos veremos seguido.
—Excelente, te estaremos esperando. Bienvenido.
—Gracias, nos vemos —dijo Matías alejándose.
El traductor no alcanzó a procesar la despedida y Yang Mi solo oyó el español. Ladeó la cabeza confundida: —¿Mwo?
◇ ◇ ◇
Esa noche, la ribera del Han, fue un golpe a los sentidos de Matías. El aire de primavera tenía una limpieza casi irreal: fresco, sin llegar a ser frío, lo justo para obligarlo a subir el cierre de la chaqueta. No mordía como el viento de la costa; era más bien una caricia seca, con un leve aroma a flores de cerezo y, de fondo, a sopa caliente de algún puesto cercano.
El río no era solo agua, sino un espejo oscuro y masivo que devoraba todas las luces. Los rascacielos de la otra orilla se encendían como un ecualizador, y el espacio abierto de la plaza le recordó lo lejos que estaba de casa. A su alrededor, la vida fluía con una calma organizada: grupos de jóvenes compartían comida sobre el césped y las bicicletas pasaban como estelas silenciosas junto al cauce.
Había algo en lo faustoso del lugar que lo hacía sentirse pequeño, pero no de esa forma que asusta, sino con la libertad de quien sabe que nadie, en kilómetros a la redonda, conoce su nombre.
El olor a pollo frito y aceite de sésamo lo alcanzó de golpe. Cerca, alguien brindaba entre risas y el vapor escapaba de unos envases de cartón. Sintió un antojo inmediato. Miró la hora: aún tenía unos minutos antes de reunirse con Miguel. Se acercó a un food truck iluminado.
Al rato, tenía en la mano derecha un vaso de bebida y, en la izquierda, un corn dog caliente, recién salido del aceite. Buscaba dónde sentarse cuando escuchó pisadas rápidas tras él. Una chica encapuchada y con mascarilla venía corriendo en su dirección.
—¡Bikyeojuseyo! —gritó.
Antes de que Matías pudiera reaccionar, lo golpeó en el hombro con tal fuerza que lo hizo caer sentado, mandando su comida a volar.
—¡Joesonghabnida! —su voz se perdió a su espalda.
Nuevamente, una turba de jóvenes pasó gritando en la misma dirección. “Por la cresta, no otra vez”, pensó cubriéndose con los brazos mientras la estampida pasaba bramando por su lado persiguiendo a la chica.