Era una mañana clara y apacible; Matías estudiaba bajo la sombra de un parasol verde en el patio de la casa de Miguel.
El espacio respiraba una elegancia sutil; la armonía entre la grava pálida, los adoquines geométricos y el césped componía un paisaje moderno y equilibrado. Un sendero recto conducía hasta la mesa donde Matías se preparaba para su primer examen, mientras al otro extremo un sofá beige de líneas simples, bajo una pérgola, invitaba al descanso. Todo estaba enmarcado por un muro gris suavizado por árboles frondosos que asomaban desde la calle. Parecía una zona recóndita del campo, no el corazón de una gran urbe.
—Ay, señor Kotler —se quejó Matías cerrando un poco el libro Marketing 5.0—. Ni en Corea me deja en paz.
Era imposible encontrar ese libro en español estando en Seúl, así que pidió el ejemplar en inglés de la biblioteca de la facultad y usaba su traductor para leerlo. Era cómodo: activaba la cámara, pasaba el dispositivo por las hojas como si fuera una lupa y obtenía la traducción al instante.
De pronto, el timbre interrumpió la lectura.
Al abrir la puerta, se encontró con Ye In. Llevaba el cabello oculto bajo un gorro de lana multicolor y gafas oscuras. Ella levantó la palma y saludó:
—Annyeonghaseyo.
“¿La hija de la señora Kim?”, se preguntó Matías, escaneándola y buscando en su memoria las referencias de la vez en el hospital.
—Eommaga gimchi bonaejunda —dijo ella señalando un frasco grande.
“¿Qué diablos me dijo? “, pensó él. Luego, gesticuló para invitarla a pasar.
—Eeeh, pasa, pasa... come in.—Do you speak English? —preguntó él con una pronunciación tan básica que cualquier angloparlante habría levantado las cejas.
—Aniyo, joesonghapnida —contestó ella.
No se atrevió ni a decir "sorry" en inglés, convencida de que Matías era un angloparlante nativo, ella no podía distinguir niveles de fluidez.
Matías la guio hacia el sofá beige mediante gestos y dejó el traductor sobre la mesa de centro de madera oscura.
—Ahora sí podremos hablar —dijo él, ya más relajado—. ¿Qué me decías?
—Te dije que mi mamá te mandó kimchi —respondió ella sonriendo mientras se quitaba las gafas y el gorro.
Su largo cabello castaño oscuro, ese que parece negro hasta que el sol le saca destellos de claridad, cayó sobre sus hombros.
—¡Ah! Muchas gracias —Matías hizo, con esa eterna sensación de impostor, una reverencia con la cabeza.
—Quise traértelo personalmente para agradecerte lo que hiciste por mi mamá —añadió ella devolviendo el gesto.
—No hay nada que agradecer —contestó él abanicando la mano—. Disculpa, ¿cuál era tu nombre?
Ella entrecerró los ojos; le causaba sospecha que alguien no la reconociera.
—¿De verdad no sabes quién soy?
—Claro que sé quién eres —soltó él, haciendo que ella se pusiera a la defensiva, hasta que agregó—: Eres la hija de la señora Kim, pero no recuerdo tu nombre, lo siento.
—Mi nombre es Lee Ye In, pero puedes decirme Ye In —se presentó, convenciéndose de que él, en verdad, no tenía idea de su fama.
—Un gusto. Mi nombre es Matías Castillo, pero puedes decirme Mati.
A ella el diminutivo le sonó parecido a mad-i, que significa "el mayor" o primogénito.
—¿Mati? —preguntó.
—Sí —dijo él apuntándose el pecho y luego a ella, imitando a Tarzán—: Me Mati, you Ye In.
Ella soltó una carcajada.
—Mi mamá me contó que vienes de América, ¿no? —preguntó Ye In acomodándose en el sofá.
—De Sudamérica, Chile. ¿Lo conoces?
Ella miró hacia arriba, recordando su gira latinoamericana del año pasado.
Chile le parecía un país moderno, muy distinto al filtro amarillo, la selva y la pobreza que Hollywood suele proyectar de Latinoamérica. Recordaba la paz de la cordillera nevada desde su hotel y la energía de los fans coreando sus canciones en un anfiteatro gigante; los sudamericanos son una multitud mucho más entusiasta que en cualquier otra parte del mundo.
—Algo sé de Chile —contestó. Al igual que su madre, no le gustaba mentir, pero tampoco le dijo toda la verdad—. ¿Y qué viniste a estudiar a Corea? —añadió cambiando de tema.
—Vaya, estás bien informada.
—Mi mamá no deja de hablar de ti. La enamoraste— le dijo soltando una risita.
—Tu madre es un encanto —sonrió Matías—. Vine por un posgrado en negocios, quiero ver si puedo rescatar algo de su modelo para llevarlo a mi país; quizás luego vaya a Japón.
—Ah, eres un trotamundos.
—No, para nada. Soy muy casero.
Pese a su estampa de hombre de mundo y sus conocimientos adquiridos en libros, Matías prefería una buena conversación en la mesa antes que ir de bar en bar. "Avejentado", le decían sus amigos cuando prefería un asado en casa que salir a conquistar la noche. Aun así, lo usaban de imán; era tan guapo que entablar conversación con un grupo de chicas era mucho más fácil si él estaba cerca.
—¿Y tú a qué te dedicas? —preguntó Matías dejando un par de vasos con jugo sobre la mesa—. Tu mamá me dijo que trabajabas en una empresa de K-pop, ¿no?
—Sí, trabajo en una agencia de entretenimiento donde hay actores y modelos. Yo trabajo para un grupo de K-pop —contestó ella probando el jugo.
—Suena divertido, aunque debe ser agotador trabajar para la gente famosa.
—¡Ni me lo digas! —exclamó ella rodando los ojos—. Por suerte el grupo está grabando un comeback y no de gira; así pude darme un tiempo para estar con mi madre.
—No sé mucho sobre la fama —comentó Matías cruzándose de brazos—, pero no me gustaría tenerla. Debe ser angustiante no tener vida privada y andar ocultándose. Cuando llegué a Corea, vi a una chica famosa perseguida por fans en el aeropuerto, y en el río Han otra me botó al suelo por huir de una multitud.
—¡ERAS TÚ! —exclamó ella con una sorpresa exagerada al darse cuenta de que él era el accidentado.
—¿Eh? —Matías levantó una ceja con sospecha.
—O sea... yo estaba ese mismo día en el río y lo vi. Eso es —se defendió ella nerviosa, inventando el relato sobre la marcha.
—Mira tú, qué coincidencia. El mundo es un pañuelo —aceptó él con una sonrisa. Matías es un poco ingenuo y le cuesta ver la malicia en los demás.
Con cada nuevo tema, ambos se analizaban en silencio.
Ye In se detenía en el rostro de Matías, que con cada minuto le parecía más atractivo, como una estatua griega. Se perdía en el celeste de sus ojos. Le llamaba la atención su nariz recta y levemente respingada, bien proporcionada a un rostro de líneas firmes que le daba una mezcla extraña entre masculinidad y suavidad. Notó también su cabeza pequeña, casi como un puño, y unas orejas discretas con muy poco lóbulo, algo puntiagudas, que en su época de colegio le habían valido un apodo secreto: “el hermoso elfo”.
Él, en cambio, fue más simple: “Es muy bella”, pensó, como si no hiciera falta añadir nada más. Y lo era.
Rostro pequeño, de mandíbula en “V”, piel clara y tersa, con un rubor leve en las mejillas. A diferencia de otras, su tono claro era uniforme, no solo su rostro, una especie de porcelana natural que no necesitaba maquillaje excesivo. Tenía cejas rectas, definidas y naturalmente equilibradas. Su nariz, pequeña y respingada, se integraba sin esfuerzo al resto del rostro.
Sus ojos, oscuros y almendrados, estaban enmarcados por pestañas suaves y un leve doble párpado. No había artificio quirúrgico en ella; su belleza era completamente natural.
Pero lo que más llamaba la atención era su sonrisa: abierta, genuina, con dientes blancos y parejos, enmarcada por labios pequeños y carnosos de un tono coral brillante.