Esa mañana, manchas azules entre las nubes anunciaban que el cielo pronto despejaría. El suelo húmedo y el olor a tierra mojada delataban la llovizna de la madrugada.
Camino a la universidad, rumbo a un examen, Matías se dio ánimo:
—¡Vamos con todo si no, pa’ qué!
Unos metros más adelante, vio una minivan negra frente a la casa de la señora Kim. Ye In se despedía del conductor con la mano. "Comenzamos bien el día", pensó Matías, y encendió el traductor.
—Hola, Ye In —dijo con una sonrisa.
—¡Oppa! —contestó ella con efusividad.
—¿Hermano? —preguntó él arqueando una ceja. El Device había sido demasiado literal.
—Jeje, en Corea las niñas les decimos oppa a nuestros amigos mayores y a... —se detuvo, buscando una excusa en el cielo—. Está lindo el día, ¿no?
"Ya empezó con sus cosas raras", pensó Matías.
—¿Tienes algo que hacer esta tarde? Podríamos salir a caminar, conversar un rato.
—¡Claro! Me encantaría —respondió ella con un brillo especial en los ojos.
—Perfecto. Nos vemos más tarde.
—¡Fighting! —exclamó ella empuñando las manos.
—Mejor ni pregunto por qué me mandas a pelear —murmuró Matías ante la traducción literal del traductor. Mientras se alejaba, bromeó—: ¡Chao, hermana!
Ye In solo oyó palabras inentendibles en español. —¿Mwo? — soltó ladeando la cabeza.
El uso del traductor le imponía a Matías una disciplina agotadora. Para evitar que la inteligencia artificial colapsara, se veía forzado a articular un castellano aséptico, amputando cualquier modismo chileno. Sabía que un "nos fuimos a las pailas" terminaría traducido como un desplazamiento literal hacia utensilios de cocina.
La desconexión era cómica cuando el Device procesaba la cortesía coreana: ante un rítmico "¿Has comido arroz?", el traductor le soltaba al oído un seco: «¿Ha ingerido usted cereal?». Mientras Matías se preguntaba si sospechaban que pasaba hambre, la realidad era simple: solo le preguntaban cómo estaba.
Al caer la noche, caminaban por las laberínticas callejuelas del barrio.
—¿A dónde me llevas? —preguntó él.
—A donde llevo a todos los extranjeros para asesinarlos —respondió Ye In con una risa maquiavélica.
Matías abrió los ojos como platos.
—Es broma. Te llevo a uno de mis lugares favoritos.
Doblaron una esquina hacia una calle de aceras amplias, donde el cielo añil se mezclaba con neones vibrantes reflejados en el pavimento mojado. Allí, una estructura de lona naranja y paredes transparentes ofrecía un refugio inesperado. Ye In explicó que esos puestos se llamaban pojangmacha.
Dentro, el aire olía a fritura, ajo y alcohol. Se sentaron en taburetes azules ante una mesa pequeña.
—¡Ye In! Qué sorpresa —saludó la dueña, la señora Park, pasando un paño por la mesa.
—Ha pasado tiempo, señora Park.
La dueña sabía perfectamente que tenía a una celebridad enfrente, pero tras un guiño cómplice de Ye In, comprendió que el tema no se debía tocar. Dejó un par de botellas de soju y dos vasos pequeños.
—¿En tu país existen locales como estos? —preguntó Ye In mientras giraba la botella creando un pequeño tornado en el líquido.
—Hay puestos callejeros, pero no así, que parecen mini restaurantes. Además, allá no se puede beber en la calle.
—Pues bienvenido a Corea. ¡Salud!
Era la primera vez que Matías probaba el soju. Miró el vaso con desconfianza.
—¡Ay, bebe de una vez! No es veneno —rio ella.
El líquido bajó frío por su garganta. Matías parpadeó, sorprendido.
—Me recordó al vodka, pero más suave... y más dulce.
—El soju es el mejor acompañamiento —sentenció ella.
—A propósito —dijo Matías dejando el vaso—, este viernes...
—¡Iremos al karaoke y lo pasaremos genial! —interrumpió Ye In.
—Sí. Ese día llega Miguel, así que le dije que nos acompañara. No hay problema, ¿verdad?
—No, ninguno —mintió ella mirando al vacío. Un leve pánico la recorrió: "Su amigo vive hace años aquí, seguro me reconocerá".
La señora Park interrumpió sus pensamientos con un plato de bulgogi humeante, arroz y muchas hojas de lechuga.
—¿Y esto... cómo se come? —preguntó Matías.
Ye In tomó una hoja, puso carne, arroz y una pizca de salsa. Cerró el paquete con destreza y se lo metió entero en la boca. Matías imitó el gesto con menos elegancia, terminando con las mejillas hinchadas mientras ella se descostillaba de la risa.
Matías quiso inmortalizar el momento.
—¿Nos sacamos una foto juntos? —preguntó apuntando a su teléfono.
—No, no me gusta sacarme fotos —mintió ella con nerviosismo.
—¿En serio? Qué raro hoy en día. ¿Y tienes redes sociales?
—No, tampoco —otra mentira.
Ye In se sentía mal por ocultar su identidad, pero la libertad de ser una chica común a su lado era un refugio del que no quería salir. Con sentimientos que crecían a cada instante, el secreto se volvía más pesado; recordaba bien el rechazo de él hacia la fama y temía que, al descubrir que ella era parte de ese mundo, él terminaría por alejarse para siempre.
—Eres bastante especial, ¿sabías? —dijo Matías.
—Así es Ye In... una chica muy especial —respondió ella riendo.
—Es un lindo nombre. ¿Qué significa?
—Habilidosa y gentil; como yo. ¿Y el tuyo?
—Don de Dios.
—Ay, no sé si sea verdad; no conozco tus dones —bromeó ella con una sonrisa pícara.
—Bueno, cantar reguetón no es uno de ellos. — dijo él.
Rieron chocando los vasos.
—Ve más despacio con el trago —aconsejaba Matías al ver que la señora Park dejaba la tercera ronda de botellas sobre la mesa.
—¡Tú ve más despacio! —decía ella con presunción— Soy coreana, el soju es como jugo de fruta para mí.
Una hora más tarde, en la quietud de la noche, Matías cargaba a una Ye In totalmente ebria sobre su espalda. "La señora Kim me va a matar", pensaba con una mezcla de risa y pavor mientras sentía el peso muerto de la experta en soju.