Los gritos de mil fanáticos habían sido reemplazados por la melodía de un anuncio de limpia grasa en la pantalla LED. Las palomas regresaban a su rincón del parque tras el estruendo. El sol descendía y la temperatura caía; faltaban "cuatro dedos" para que se fuera al otro lado del mundo.
Detrás del escenario, un lamento se distinguía entre el murmullo del equipo.
—¿Por qué no contesta? —sollozaba Ye In, en una sentadilla profunda con el celular en las manos.
—¿Aún no hablas con él? —preguntó Kimy preocupada.
—Tiene el teléfono apagado. Esto es tu culpa por incitarme a decirle quién soy.
—¡¿Qué?! —se indignó Kimy—. Te dije que hablaras con él, no que te le aparecieras cantando en un escenario. ¡¿En qué estabas pensando?!
—Lo estropeé... tengo que explicarle —susurró Ye In con los ojos hinchados.
Mientras tanto, en una cocina que olía a especias y madera, la señora Kim disfrutaba de su máxima felicidad: cocinar. Su cocina era acogedora, con azulejos geométricos y un refrigerador moderno con pantalla LED. El teléfono la sacó de su rutina; ese superpoder de madre le avisó que algo iba mal.
—Aló, mamá... ¿podrías ir a casa de Matías? —suplicó Ye In desde la VAN del grupo.
—¿Qué pasó, hija?
—Cometí un error. Lo invité al show para revelarle quién soy, pero se llenó de flashes y desapareció.
—¡¿Pero por qué hiciste eso, hija?! En qué estabas pensado.
—Por favor, mamá, ve a ver si está en la casa y dile que prenda el teléfono, por favor.
Dentro de la camioneta VAN que transportaba al grupo B6 de vuelta a la agencia, Kimy preguntaba con curiosidad:
—¿Estaba en su casa?
—No lo sé, mi mamá fue a verlo. —y sin parar de sollozar, agregó—: ¿Qué hago, Kimy? No quiero perderlo.
—Primero que todo, cálmate —le decía con tono conciliador—. No seas fatalista, solo debió asustarse al verse rodeado de tanta gente; él no está acostumbrado a eso como nosotras. Dale tiempo. Él te llamará cuando lo encuentre conveniente.
—Sí, Ye In, él te llamará —decía una de las integrantes del grupo.
—Y si no te llama, lo golpearemos entre todas —agregó otra, haciendo gestos de golpes en el aire.
Esto distendió un poco a Ye In y pensó: «Ellas son las mejores».
Hacía unos días Ye In había hablado con todas las miembros del grupo. Les había pedido disculpa por el lío que se armó con la publicación de D-Patch y también, sin ocultar nada, les contó todo lo que había vivido con Matías; ellas no sólo entendieron, sino que solidarizaron, y hasta una confesó que tenía un noviazgo en secreto por más de un año; como supondrán, ese día el tema de Matías quedó relegado a un segundo plano ante magna confesión.
El celular de Ye In vibró, era su madre devolviendo la llamada.
— Hija, Matías no estaba en su casa. Quizás está con ese amigo suyo.
— Gracias mamá, llamaré a Yang Mi.
Los pasillos de la universidad estaban llenos; era la hora donde se rotaban el horario diurno con el vespertino, y todo en el pasillo giró hacia Yang Mi cuando esta gritó:
—¡¿Quéee?! —Tras percatarse, bajó la voz—. ¿Por qué hiciste eso, Ye In? Estás loca. Dame un minuto, llamaré a Miguel.
Miguel, solo en su oficina, se sobaba las sienes.
—No puedo creer que Ye In haya hecho una estupidez como esa— y agregó—Pensé que le diría antes, tras bambalinas, pero no que se le aparecería en el escenario.
— Tiene su teléfono apagado y no está en tu casa — le decía Yang Mi — ¿sabes dónde pueda estar?
— No tengo la menor idea — respondía Miguel tratando de adivinar donde podría estar un extranjero recién llegado en esa gran metrópolis.
— Vive hace tan poco acá que dudo que tenga un bar favorito donde vaya siempre, de seguro está bebiendo.
—¡Lugar favorito! — Exclamó Miguel — Yang Mi, eres una genio. Te llamo más tarde.
◇ ◇ ◇
El sol poniente teñía el río Han de dorado. Matías, sentado en una banca frente al Puente Hangang, observaba a las parejas y familias que disfrutaban de la paz del atardecer. El caos de hace unas horas contrastaba violentamente con esta serenidad.
—Supuse que te encontraría aquí —dijo Miguel sentándose a su lado.
—¡Tú también lo sabías! ¡También me mentiste! —espetó Matías con rabia.
—¡No me hables así, pendejo, que soy mayor que tú! —le reclamó Miguel.
—El respeto se gana, no se da por la edad. ¡¿Lo sabías o no?!
—Obvio que lo sabía, ¡todo el mundo lo sabía! —confesó Miguel—. ¡¿Cómo pudiste no darte cuenta?! ¿No tienes internet? Ella sale en cada comercial y programa. ¡Es uno de los rostros más conocidos del mundo!
—Sabes que no veo tele y en la calle ando con audífonos. ¡Cómo cresta lo iba a saber! Además, eres mi amigo, ¡podrías haberme advertido!
—¿Advertirte qué? ¿Que el amor daña la capa de ozono? —ironizó Miguel— Si no dije nada fue porque ella quería decírtelo personalmente. Aunque nunca imaginé que sería así.
Matías ocultó su cara cuando una pareja pasó frente a ellos.
—¿Por qué te escondes? La famosa es ella, no tú.
—¿Ah, sí? —Matías sacó su teléfono (aún en modo avión) y le mostró varios sitios de noticias con su rostro en primer plano—. Y escucha esto...— Reprodujo un audio de WhatsApp de su hermana en Chile:
«¡Hermano!, ¡por qué no me dijiste que eras el pololo Ye In!, mándame los pasajes ahora ¿cuándo se casan? estoy aquí con mis amigas, ¿ella está allí? usa la cámara para que me mande un saludo; no, no, mejor dile que me presente a los BTS, y a EXO y a las...».
Él cortó.
—¡Dios! —exclamó Miguel, dimensionando el problema.
—No sé cómo pudo mentirme así —dijo Matías con congoja—. ¿Fui un juguete? ¿Me usó para un escándalo de popularidad? ¿Se disfrazó de plebeya para enamorar al primer incauto?
—¡Ay, idiota! —exclamó Miguel—. No seas exagerado, esto no es una teleserie mexicana.
—No, es un drama coreano —sentenció Matías.
—Saca eso de tu cabeza. Ella te quiere, se le nota a mil años luz. Créeme, soy experto en mujeres.
—¡JA! —soltó una carcajada sarcástica.
—Oye, huevón —dijo Miguel exaltado—, deberías estar saltando de alegría. Conquistaste a la mujer más cotizada de Corea. Tú, un don nadie, feo, con cero gusto en el vestir y sin hablar una puta palabra de coreano.
—Gracias por el apoyo —masculló Matías.