El viento del océano Pacífico acariciaba suavemente a Viña del Mar, dándole impulso a las gaviotas para surcar el celeste cielo a gusto. El sol del mediodía hacía que el icónico reloj de flores fuera aún más protagonista del paisaje. Las palmeras parecían saludar a la brisa marina que soplaba suave desde la costa. En el césped, las flores multicolores y el nombre de la ciudad hecho de arbustos tenían una saturación más impactante en ese momento.
De pronto, el sonido de pasos sonoros y rápidos interrumpió la pacífica escena; era Matías corriendo con el pavor marcado en su rostro. Al segundo, tras de él, una masa amorfa y veloz de cientos de personas lo perseguía como una estampida de zombis, dando guturales gritos. Matías corrió por la avenida y, escapando de la muchedumbre, bajó a las arenas doradas de la playa Caleta Abarca; de pronto se detuvo, estaba atrapado. Otra horda venía en la dirección opuesta y lo rodearon, sin darle un centímetro de clareo para escapar.
"Autógrafo, autógrafo", musitaba la horda, como miles de ronroneos guturales que hacían vibrar hasta el alma.
—¡Ye In, ayúdame! —gritó desesperado a su novia, que miraba un poco más allá ajustando su bikini.
—¿Por qué? —dijo ella con tranquilidad—. Tú quisiste ser el novio de una celebridad; ahora asume.
La horda de zombis fans lo envolvió en una masa oscura. —¡Nooooooo! —gritó Matías al momento que se incorporaba en su cama de Seúl.
Luego de un baño, sin dejar de pensar que la pesadilla es un signo inequívoco del estrés, tomó desayuno y fue con sus libros a la mesa del patio; quizás estudiar un poco de economía lo sacara de todo pensamiento negativo.
Unos aplausos constantes rompieron la quietud; era Miguel llegando a casa.
—¿Por qué aplaudías? —preguntó Matías ladeando la cabeza.
—No sabía si aún estaba Ye In, no quería aparecer de sorpresa —dijo Miguel sentándose a su lado.
—Hace años inventaron unos aparatos llamados teléfonos móviles. ¿Lo sabías?
—¿Y? —dijo Miguel con una sonrisa amplia.
—¿Y qué? —respondió Matías moviendo los glóbulos oculares de lado a lado.
—No te hagas el huevón —le dijo haciendo desaparecer su sonrisa—. ¿Tú y Ye In son oficialmente novios de nuevo?
—Ese es el punto —dijo Matías dando un sorbo de su tibio café—. Nunca seremos oficialmente nada.
—¿Y cuál es el problema?
—¿Qué clase de relación tendremos si no podremos hacer nada juntos?
—¿Qué, acaso no la quieres tanto como para soportarlo? —dijo sacando una galleta del platillo sobre la mesa.
—El amor no lo es todo —dijo Matías, sin pestañear.
—¡Qué frío! —exclamó Miguel abriendo los ojos y un vaho saliendo de su boca.
—Aún no estoy convencido de seguir con todo esto.
—¿Y por qué no se lo dijiste?
—Lo iba a hacer, pero cuando estoy con Ye In, todo se revuelve dentro de mí; soy vulnerable junto a ella.
—Eso es amor, amigo mío —dijo Miguel tomando otra galleta—. ¿Y qué harás?
—Intentarlo —dijo Matías, corriendo el plato de galletas al ver que Miguel lo estaba dejando sin raciones—. Es preferible decir: “lo intenté y no resultó” a vivir una eternidad preguntándose “qué hubiese pasado si”.
—Sácate de la cabeza que no resultará —decía Miguel—. Terminarás realizando una profecía autocumplida. Disfruta el momento, no pienses en lo que podría pasar o no, disfruta al máximo esos cinco minutos al mes que la verás y no pienses en los otros que no se vieron. Te conozco, eres muy racional; no todo es dos más dos, Matías —levantando los brazos al cielo, agregó—: ¡Suéltate! Disfruta ser el amante de la mujer más famosa del mundo. —Y recordando una canción de Bosé, cantó—: Seré tu amante bandido, ¡bandido!, corazón, corazón malherido.
—Huevón —le dijo Matías riendo, y preguntó—: A propósito, ¿dónde pasaste la noche? ¿Quieres que todo quede en familia?
—No, no; dejé a Yang Mi en su casa y luego me fui a un hotel —dijo Miguel incorporándose de su silla y robándole la última galleta—. Pensé que era mejor dejar solo a los tortolitos.
Unos metros calle abajo, en casa de la señora Kim, ella estaba, obviamente, en la cocina junto a Ye In.
—Me alegro de que se hayan arreglado las cosas —decía la señora Kim revolviendo un huevo con especias en un sartén—. Él es un chico con alma limpia y te quiere a ti, no por lo que eres.
—Él desearía que yo no fuera quien soy —contestaba Ye In.
—Pero eres lo que eres, también tendrá que amar eso; si su destino es estar juntos, nada de eso importará.
—Quizás el destino lo llevó a conocerte y eso lo trajo ante mí. Es como si él estuviese hecho para mí —y abrazándose, continuó—: Es la primera vez que siento esto, cómo mis entrañas se retuercen cuando me sonríe, me sonrojo solo con pensar en él, lo dejé hace unas horas y lo extraño como si no lo hubiese visto en años, quiero correr donde él.
—Eso, hija mía, es amor, innegable amor, y está en ti el convertir ese amor en un edén o en un infierno —y dejando los huevos en un pocillo, continuó—: A propósito, ¿no crees que fue irresponsable que te quedaras en su casa hasta la madrugada?
—Mamá, él es un caballero, no pasó nada de lo que te estás imaginando, solo conversamos mucho.
—No lo decía por eso, pero ya que lo mencionas, ¿no se supone que él es latino? —y agregó con una risita pícara—: Lástima que sea un caballero.
—¡Ay, mamá! —le dijo Ye In, ruborizada.
—Lo que quiero decir es que ese tipo de cosas son las que te pueden traer problemas —decía la señora Kim pausadamente—. Imagínate que ese fotógrafo hubiese estado cerca y te toma fotos saliendo de la casa de Matías; imagina el nuevo escándalo. Deben cuidarse de esas cosas.
—Lo tendré en cuenta, pero ¿cómo hacerlo? Tanto él como yo queremos gritarle a este mundo que nos queremos.
—Hagan todas las cosas normales que puedan, evitando que los descubran —aconsejaba la señora Kim con un brillo en los ojos—, pero no lo vean como un problema, aprovéchense de la situación, saquen lo positivo de ella, nada más excitante que la posibilidad de que te descubran.
—Y bien sabes tú de ello.
—¡Ya! —exclamaba la señora Kim—. Ahora dime la verdad: ¿Son los latinos tan apasionados como dicen?
—¡Mamá! —gritaba Ye In, riendo.
El día había transcurrido largo; Ye In sabía que Matías debía estudiar para un examen, así que no lo molestó, pero al llegar la noche ambos compartían un momento por video a través de sus portátiles. Sus traductores estaban sincronizados.