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CAP. 19: Sasaeng

El sol de Seúl pintaba altos contrastes en los árboles alineados a lo largo de la amplia avenida. El verdor intenso chocaba con la fría modernidad de los edificios de cristal que se alzaban a la derecha. Hileras de coches esperaban pacientes; Matías notó que, al igual que en su país, los colores no eran muy osados: reinaban el negro, el gris, el blanco y, de vez en cuando, un rojo reluciente capturando los reflejos del cielo.

Hoy era el día. Iba camino a la agencia de Ye In muy nervioso. No sabía qué tipo de recibimiento tendría o, peor aún, qué repercusión sufriría ella por su discurso televisado de la noche anterior, que ya había causado un revuelo total.

Caminaba por el amplio estacionamiento superior del edificio de Princes Entertainment cuando una voz masculina lo llamó. Miró a todos lados y se fijó que provenía de una camioneta SUV negra con vidrios polarizados. Recordó el vehículo que una vez estuvo fuera de la casa de la señora Kim y asoció: “Ah, ahora comprendo”. Encendió su traductor y se acercó.

—¿Quién eres? —preguntó Matías inquieto al ver unos ojos oscuros tras la ventanilla, apenas bajada unos centímetros.
—Soy Ahn Myong —dijo el hombre serenamente—. Sube, te pueden ver; entraremos por el subterráneo.

Matías recordó ese nombre: era el chofer designado para el grupo B6.

Sería imposible describir a Ahn Myong, no porque tuviera algo especial, sino porque nunca se dejaba ver; solo sus ojos a través del espejo retrovisor daban cuenta de su rostro. Eran oscuros, serenos, con marcas en los contornos que indicaban que rondaba los cuarenta y tantos años.
Antes de ser chofer VIP, era guardaespaldas. Un altercado le dejó el tendón del pie derecho malogrado y tuvo que buscar otro oficio. No cojeaba, pero ya no podía dar el cien por ciento, y él era un profesional. Trabajaba con el grupo desde su formación; las vio crecer desde que nadie las conocía hasta ser estrellas mundiales. Ellas confiaban ciegamente en él.

—Debes aprender a tener cuidado —decía Ahn Myong con serenidad, conduciendo sin apartar sus ojos de los de Matías a través del espejo—. Si algo le pasa a Ye In por tu culpa, o si la haces llorar, sabrás que los coreanos no solo somos una cara bonita.
—Me alegra que alguien más se preocupe por ella —dijo Matías, inclinando un poco la cabeza.
—Vete con cuidado. Te estaré observando.

Poco después, Matías caminaba por el tercer piso del edificio, un pasillo de oficinas con vidrios blanco mate. Escuchó unos pasos en carrera y Ye In apareció corriendo hacia él; de un salto, se colgó de su cuello. Sus traductores se enlazaron de inmediato.

—Ye In, nos pueden ver —dijo Matías nervioso, mirando a los lados.
—Tranquilo, acá no pasa nada —le dijo ella con ternura—. Ven, te presentaré a las chicas.

Cruzaron una puerta y entraron a una amplia sala de ensayos con paredes de espejos. Las otras integrantes se acercaron con curiosidad.

—Chicas, él es Matías —presentó Ye In, orgullosa y tomada de su brazo.
—Es un placer —dijo él, algo nervioso.

Cada una fue saludando. Jewel, la integrante de rasgos occidentales, le dijo: “Hola”. Matías, sorprendido, preguntó:

—¿Hablas español?
—Solo lo básico —respondió ella coqueta—. Pero tú puedes enseñarme.
Ye In la apartó bruscamente entre risas:
—¡Olvídalo! Búscate tu propio profesor.
Finalmente, se acercó la líder.
—Hola, Matías.
—Hola, Kimy, tenía muchas ganas de conocerte.
—Yo también —dijo ella, y cambió el tono de amigabilidad a agresividad en una milésima de segundo—. Porque así podré decirte de frente que si le haces daño a Ye In yo misma te mato, ¿oíste? —Se apuntó los ojos con los dedos índice y medio—. Te estaré observando.
—Comprendo —sonrió Matías.

Más tarde, sentados en uno de los sofás de la sala, Matías comentó:

—Si te hago llorar seré enterrado en Corea.
—Entonces no me hagas llorar —dijo ella dándole un beso en la mejilla.
—¿Por qué te cortaste el pelo?
—Porque dijiste que te gustaba cómo me veía con pelo corto. Quería verme linda para ti.
—Me siento halagado —dijo él suavizando el tono—, pero no quiero que vuelvas a hacer esas cosas por mí.
—¿No te gusta cómo me veo?
—Me encanta, te ves preciosa. Pero si haces algo, que sea por ti, no por mí. Si te cortas el pelo, que sea porque tú quieres sentirte cómoda. Te quiero libre.
—¿Y si un día cocino tu comida favorita, también te vas a enojar?
—Ye In, tú no sabes cocinar —soltó Matías riendo a carcajadas.
—Pero aprenderé, ya verás los titulares: «La talentosa Ye In gana MasterChef Celebrity».
—Si te lo propones, lograrás lo que sea —rio él—. Mi trabajo será acompañarte; me reconocerás, seré el tipo a tu lado que te mira con orgullo.

El sonido de unos tacos retumbó en la sala.

—Era verdad lo del traductor —dijo Sun Mi acercándose. Repasó a Matías con la mirada—. Alto, guapo y galante; ¿no has pensado ser un ídolo?
—¡Dios me libre! —contestó él.
—Matías, ella es Sun Mi, nuestra manager.
—Mucho gusto, mi nombre es Matías Castillo.
—Lo sé, en este edificio tu rostro es más famoso que cualquiera de nuestros artistas.— y luego mirando Ye In preguntó— ¿Todo bien en la práctica?
—Sí, todo bien.
—Los dejo. Adiós, Matías, fue un gusto. Toma mi tarjeta; cualquier cosa, no dudes en llamarme.

Mientras ella se alejaba, Matías, medio en serio, medio en broma, preguntó:

—¡Hey! ¿No vas a amenazarme con algo si hago llorar a Ye In?
Sun Mi se detuvo, giró el cuello lentamente y, con una sonrisa gélida, dijo:
—Yo no amenazo—. Y siguió su camino.
—Sé lo que estás pensando —dijo Ye In al volver a sentarse—. No todos los managers son sanguijuelas. Acá nos protegen, respetan nuestros talentos y también son justos con los benefi…

«¡Ruuug!». El sonido de las tripas de Matías cortó el momento.




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