El cielo se sentía orgulloso de haber pintado el arrebol más hermoso de la historia, un telón de fondo perfecto para la imponente fachada de ladrillo del edificio Princes Entertainment. La luz de la tarde daba los últimos pincelazos a la modernidad de la ciudad.
Dentro del vestíbulo de cristal, Sun Mi, con su chaqueta de cuero y una expresión de tensión, pasaba revista:
—¿Teléfonos cargados?
—¡SÍ! —contestaron Ye In y Kimy al unísono.
—¿Gafas, gorras, mascarillas?
—¡Sí, mi general! —respondieron ellas haciendo el saludo militar.
—Idiotas —masculló Sun Mi—. Ya, lárguense antes de que me arrepienta. Sigo creyendo que no es bueno que tengan esta cita. No se expongan y, cualquier cosa, me llaman.
En el estacionamiento subterráneo, Matías y Miguel esperaban junto al auto. Miguel no dejaba de moverse.
—¿Me veo bien? ¿Huelo mal? — Preguntaba Miguel oliéndose el cuerpo.
—Cálmate, huevón —le dijo Matías riendo—. Pareces un quinceañero en su primera cita. Es solo una mujer.
—No es solo una mujer —dijo Miguel con cara embobada—, es una diosa que bajó de los cielos.
—Idiota. — le dijo Matías sin mucha chispa.
—Te noto ido, Mati —preguntó Miguel—. ¿Todo bien?
—Sí, tranquilo, todo bien —mintió. El papel del sasaeng le quemaba en la memoria.
El eco de unos tacones resonó a la distancia.
—Ahí viene tu diosa —anunció Matías.
Miguel sintió que el mundo entraba en cámara lenta. Ye In caminaba con el cabello oscuro y liso enmarcando su rostro. Vestía cuero marrón oscuro ajustado con un cinturón ancho y una falda corta con cordones que bailaba a cada paso. Loa tacones negros de tiras la hacían ver más alta, más esbelta, más letalmente bella.
A su lado, Kimy era el contraste puro: cabello corto y desordenado, chaqueta de cuello alto abierta lo justo para mostrar un top ceñido y botines a juego. Miraba de reojo, midiendo a los dos tipos frente a ella sin disimular.
—My gosh —susurraron los dos amigos al unísono.
—¡Mati! —Ye In se colgó de su cuello—. Te extrañé tanto. —Luego se giró—: Kimy, él es Miguel.
—Hola, Miguel —dijo Kimy levantando una mano.
—Mu... mucho gusto —tartamudeó él, corriendo a abrirle la puerta del copiloto.
—Ye In —dijo Kimy al ver el gesto galante—, no me dijiste que el amigo de Matías era tan guapo y atento.
El corazón de Miguel se aceleró. “Kimy dijo que soy guapo”, pensó mientras su cara se transformaba en una mueca de embeleso y sentía que el rubor le llegaba hasta las orejas. Una vez todos dentro, preguntó:
—¿A dónde vamos?
—Primero a comer —dijo Ye In—. Muero de hambre.
—Sí —agregó Kimy—, y ya que estamos con ustedes, queremos comida latina. ¿Conocen un buen lugar?
—Por supuesto —respondió Miguel arrancando el motor—. Sé de un sitio perfecto.
El Land Rover Evoque blanco se deslizó por las calles iluminadas. Mientras conducía, Miguel marcó un número: —Conozco al dueño de un restaurante mexicano. Le pediré que nos reserve el privado; así será más discreto.
Matías miraba por la ventana, perdido en el tráfico. La nota del acosador volvía a su mente: “Sí, ahora hay que ser más discretos que nunca”.
—¿En qué piensas? —lo interrumpió Ye In.
—En que la noche está muy bella.
—¿Más que yo? —preguntó ella, coqueta.
—Nada es más bello que tú —respondió Matías tomándole la mano.
—¿Tienes aromatizante? —intervino Kimy desde adelante—. Quedó pasado a romanticismo por aquí.
—En la guantera —rio Miguel—, y también hay dulces de menta. Pásame algunos, que la boca me quedó sabiendo a amor. ¡Pht, pht! —fingió escupir restos de almíbar.
—¡Idiotas! —exclamó Matías, y el auto estalló en risotadas.
Llegaron a Mi Taco, un local en Seocho-gu que parecía un portal a México: paredes de piedra, tapices mayas y lámparas de mimbre que daban una luz cálida.
—Me encantan los buritos —decía Ye In, feliz.
—Burritos —corrigió Matías—. Enfatiza la erre: rrrrrr.
—Qué difícil es el español —rio ella, y exagerando la pronunciación le dijo en español—: Te quierrrro mucho.
—No conocía este lugar —comentó Kimy con un taco gigante en la mano.
—Acá traigo a mis clientes —explicó Miguel—. Ya sabes: barriga llena, guardia baja. Además, es el único con privado que conozco.
—¿Te gusta la comida mexicana, Mati? —preguntó Ye In.
—¡Mucho! Pero mi favorita es la peruana; a ellos hasta un vaso de agua les queda sabroso.
—Algún día me tendrás que llevar a Perú —respondió ella dando un buen bocado a su burrito.
De pronto, la puerta del privado se abrió. El dueño del local le hizo señas a Miguel. Tras hablar un instante, Miguel volvió con mala cara:
—Chicos, tenemos un problema. Allá afuera está lleno de fans.
«Lo que faltaba», pensó Matías.
—¿Qué hacemos? —preguntó Kimy sin dejar de comer.
—Tengo una idea —dijo Miguel—. Pónganse las capuchas y esperen mi llamada. Salgan por la puerta de la derecha, da a un callejón trasero—. dijo al momento que salió por la puerta.
—Perdón, Matías —decía Ye In con congoja en la voz.
—No es tu culpa que los fans no sepan respetar la privacidad —le dijo besándole la frente.
Afuera, unas cincuenta personas se aglomeraban. “Dicen que está con el supuesto novio”, susurraban unos. “Quiero un autógrafo de él”, decían otras. Miguel divisó a una pareja a lo lejos y gritó con todas sus fuerzas:
—¡Miren! ¡Allá va Ye In con su novio!
La muchedumbre corrió como una estampida hacia la pobre pareja inocente. Miguel marcó el teléfono:
—¡Ya, chicos, salgan!
En el callejón, el auto ya esperaba. Partieron sin ser vistos.
—Listo, zafamos —dijo Miguel al volante.
—Eres genial —le soltó Kimy.
“Kimy dijo que soy genial”, pensó con el rostro encendido.
—¿Tienen que vivir esto cada vez que salen? —preguntó Miguel—. Debe ser agotador.
—Sí —contestó Kimy—, pero ya estamos acostumbradas. Si no hubiesen estado ustedes, habríamos salido a firmar autógrafos y ya.