—¡Ye In! —gritó Kimy, impactada por la declaración de renuncia.
—Ven, salgamos de aquí —le dijo Miguel, tomándola firmemente del brazo.
—Pero…
—Tranquila —la interrumpió él con una sonrisa cómplice—, él solo quiere protegerla. Jamás dejaría que abandone su carrera. Vamos, dejémoslos solos.
Miguel y Kimy salieron del privado.
Dentro, Ye In, aferrada al cuello de Matías, no paraba de sollozar.
—Ye In, ¿cómo se te ocurre pensar una tontería como esa? —le susurró él.
—No es una tontería. Siempre estás sufriendo por mí y por lo que dirán. Prefiero no ser famosa si eso significa perderte.
—Si me preocupo es justamente para que no pierdas lo que has construido, para que nada malo te pase.
—Si el destino tiene escrito que algo malo pase, pasará, no podrás evitarlo —dijo ella mirándolo a los ojos—. Pero si algo malo me ha de pasar, quiero que suceda estando a tu lado.
Matías sonrió. No fue una sonrisa de lástima, sino de liberación. Todo el peso de la lucha interna que cargaba se desvaneció en ese gesto. Las dudas hicieron una reverencia y se marcharon; en su lugar, entró una determinación ciega.
—Está bien —asintió besándole la frente—. Lo haremos a tu modo. Mi única misión será hacerte feliz. Prometo no cuestionar más tus decisiones. Pero júrame que te cuidarás el doble; no me gustan nada esos fans locos que tienes.
—Lo prometo —respondió ella antes de besarlo tiernamente.
—¡Bien! —se escuchó el grito de Kimy desde el otro lado de la puerta.
—Te lo dije, ¿no? —añadió Miguel, que también tenía la oreja pegada a la madera.
◇ ◇ ◇
El estacionamiento de Princes Entertainment brillaba bajo los faroles del auto de Miguel. Los cuatro bajaron del vehículo.
—Sanas y salvas en su castillo —anunció Miguel.
—Gracias, Miguel, por una gran noche. Eres una compañía excelente —dijo Kimy, y dándole un beso en la mejilla, añadió—: Te lo ganaste.
El corazón de Miguel dio un solo de batería que el mismísimo John Bonham envidiaría.
—Cuídate, por favor —le pidió Matías a Ye In con una mirada cargada de amor.
—Lo haré.
Las chicas desaparecieron tras las puertas del ascensor haciendo corazones coreanos con las manos. Cuando se quedaron solos, Miguel se plantó frente a su amigo.
—¿Nos vamos? —preguntó Matías.
—Espera un segundo. Sabes, estoy muy decepcionado de ti. Ye In arriesga hasta su carrera por ti, ¿y tú te cagas en los pantalones al primer obstáculo? —Miguel subió el tono, como un entrenador arengando en el vestuario—. ¡Eres sudamericano! Somos luchadores, no le tememos a nada y defendemos a los nuestros a mano limpia.
—¿Terminaste? —Matías se mordía los labios para no reírse.
—¡No! ¡Me vas a escuchar! ¡Y además eres chileno! Bailamos cumbia con los terremotos y no nos levantamos de la cama por uno menor a 7 grados, cabeceamos meteoritos, surfeamos tsunamis, hacemos asados con los incendios y...
—¡Ya, cállate, huevón! —Matías estalló en carcajadas—. No hace falta que me des el discurso de Gladiador. Ya decidí darle cara al asunto.
—¿En serio?
—Ye In estuvo dispuesta a renunciar a todo por mí. Yo no voy a renunciar a ella jamás. Pero ese sasaeng es una piedra en el zapato... ¿me ayudas a cazarlo?
—Dalo por hecho, compadre.
Estaban por subir al auto cuando un hombre elegantemente vestido se les acercó.
—¿Tú eres Matías?
—Sí, lo soy. ¿Quién es usted? —contestó Matías en coreano antes de encender el traductor.
—Soy Kim Seung, el CEO de Princes Entertainment.
—Ah, mucho gusto. Ye In me ha hablado de usted.
—Espero que no solo cosas malas —dijo el CEO con seriedad—. ¿Me acompañas a beber una copa? Quiero hablar contigo.
—Ve —le dijo Miguel—. Yo me voy a casa.
Minutos más tarde, Matías recorría las calles en el Audi R8 del señor Kim.
—Así que era cierto lo del traductor —comentó el CEO.
—No entiendo por qué les llama tanto la atención—dijo Matías levantando una ceja—. De hecho, este traductor es de una marca coreana.
—No es el traductor, Matías —replicó el CEO con seriedad—, es lo que has logrado hacer con él. “El hombre se descubre cuando se mide con un obstáculo”.
—Antoine de Saint-Exupéry —agregó Matías, reconociendo la cita.
—¡Vaya!, además eres culto, con razón Ye In cayó rendida a tus pies.
Llegaron a un bar opulento de luces doradas y sofás de terciopelo, de esos que el personal te hace reverencias al entrar. Tras recibir dos vasos de whisky, Matías fue directo al grano:
—Bien, ¿de qué quería hablar? Pero si va a amenazarme o a ofrecerme dinero para que deje a Ye In, está perdiendo su tiempo.
—Matías, por favor —rio el señor Kim—, estás viendo muchos K-dramas. Solo quería conocerte y aconsejarte. Admiro los cojones de Ye In desde que te hizo público, a pesar de que la reprendí duro por dejarse fotografiar.
—Traté de que me mantuviera en secreto —admitió Matías—. Tenía miedo de arruinar su carrera.
—Ustedes iniciaron un remezón en la industria. Muchos fans se están sumando a la idea de dejar las viejas costumbres en el pasado.
—No sé nada de esas cosas —comentaba Matías—; no me interesa ni sigo la farándula.
—Pues debería interesarte —dijo el señor Kim con seriedad— porque, quiérelo o no, ya eres parte de ella y todo lo que hagas puede ser de conocimiento público y afectará a Ye In. —Y apuntándolo con el vaso antes de beber, le dijo: —Créeme, en este país es deporte nacional hacer caer a las estrellas.
“No lo había visto de ese modo” —pensó Matías.
—Acá en Corea —seguía el señor Kim— dejaste de ser Matías y pasaste a ser el novio de Ye In, y todo lo que hagas repercutirá en ella; así que te pido que tengas cuidado. Ella quiere ser actriz y usa a B6 como trampolín; cualquier cosa podría afectar ese sueño.
—Creía que ustedes solo pensaban en dinero —dijo Matías con sinceridad—. Agradezco que se preocupe por sus sueños.
—¡Por supuesto que pienso en el dinero! —carcajeó el CEO—. ¡Cuando sea una gran actriz, seré su representante!