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CAP. 29: Profesor

La mañana de ese sábado era para enmarcarla. El cielo de Seúl lucía un celeste limpio, decorado con una que otra nube blanca albina que parecía pintada a mano. En el jardín, los gorriones jugaban entre las hojas de los árboles, aprovechando la brisa fresca que anunciaba el cambio de estación.
Miguel estaba en la cocina, concentrado en su café, cuando Matías entró arrastrando los pies y con el pelo todavía revuelto por el sueño. Se detuvo en seco al ver a su amigo.

—¡Qué elegancia la de Francia! —soltó Matías soltando una carcajada mientras ponía a calentar el agua—. ¿A qué se debe el disfraz de gala un sábado tan temprano?
—Tengo una reunión con unos inversionistas españoles —contestó Miguel, ajustándose los gemelos de la camisa con una seriedad que no le pegaba mucho.
—Ah... —Matías asintió, pero luego arrugó la frente—. Pensé que ibas al aeropuerto a despedir a Yang Mi.
—¿Despedir a Yang Mi? ¿Se va de vacaciones o algo así?
—¿Cómo... no lo sabes? —Matías dejó de lado su café y lo miró con auténtica preocupación—. Se va a vivir a Nueva York, Miguel. ¿No habló contigo?

Miguel dejó la taza sobre el mostrador. El ruido del café al chocar con la cerámica fue lo único que se escuchó por un segundo.

—¡¿Qué?! No me dijo nada. ¿Cómo que se va de Corea?
—Pensé que ya lo habías procesado —dijo Matías, dándole una palmadita en el hombro—. De seguro no te dijo nada para que fuera menos doloroso... para ella, claro. ¿Qué vas a hacer?
Miguel apretó la mandíbula. El orgullo y la confusión peleaban dentro de él.
—¿Qué quieres que haga? Si decidió irse sin decirme una palabra es por algo. Yo tengo una reunión impostergable.
—Yang Mi se va para siempre, huevón —lanzó Matías, metiendo el dedo en la llaga sin asco—. ¿De verdad vas a dejar que se suba a ese avión sin decir nada?

Miguel no respondió. Tomó sus llaves y salió del departamento, pero la pregunta de Matías se quedó rebotando en las paredes de su cabeza.

◇ ◇ ◇

Ye In estaba cabizbaja, con los ojos brillantes y una lágrima traicionera rodando por su mejilla. Su voz, melódica, sonaba rota:

—Lo siento... ya no te amo. Me enamoré de mi profesor.
—¡¿Ah?! ¿un profesor? — masculló Matías con los ojos muy abiertos.
—¡Y qué profesor! —exclamó Sun Mi desde atrás de los monitores—. Si fuera la alumna, hasta yo me enamoraría, ¡está para comérselo!

Matías, que estaba sentado en una silla de lona a un costado, no podía evitar sonreír. Ye In lo había invitado para que viera cómo funcionaba su mundo desde adentro. Era fascinante ver cómo una treintena de técnicos, iluminadores y asistentes se movían como hormigas alrededor de una escena que, en pantalla, parecería la más íntima del mundo.

—Matías, me tengo que ir —le susurró Sun Mi acercándose—. Tengo un incendio que apagar en la oficina. Más tarde pasará Ahn Myong a buscar a Ye In, ¿te quedas con ella?
—Claro, ve tranquila —le dijo él, distraído con una grúa que pasaba por encima de su cabeza—. Yo le aviso.

◇ ◇ ◇

Miguel conducía con la mirada fija en el pavimento, pero no veía nada. Su mente estaba en otro lado.

—Qué tonta —dijo golpeando el volante—. ¿Por qué no me dijo nada? Mínimo le hubiera hecho una despedida con bulgogi, su plato favorito...

Sintió que la visión se le nublaba. El nudo en la garganta era tan grande que casi no lo dejaba respirar.

—Me alegro por ella. De seguro le irá bien. Quizás hasta conozca a un gringo guapo a quien golpearle la panza y que la ame tanto como yo...

El chirrido de los neumáticos fue ensordecedor. Miguel clavó los frenos en medio de la avenida, dejando una estela de humo grisáceo y marcas negras en el asfalto. Por un segundo, el mundo se detuvo.

—¡Aaaag, por la chucha! —exclamó con rabia.

Sin pensarlo dos veces, dio un volantazo violento, cruzó el carril y aceleró en dirección opuesta, hacia el aeropuerto. La reunión podía irse al mismísimo infierno.

◇ ◇ ◇

—Amor, ¿Cómo lo hice? — pregunta Ye In luego de haber terminado su última toma.
—¡Genial! — dijo Matías sonriendo —eres increíble.
—Mati, Sun Mi me envió un mensaje, debo volver urgente a la agencia, Ahn Myong me está esperando ¿me acompañas?
—No puedo, debo ir a comprar un libro para un examen, pero nos vemos más tarde ¿te parece?
—Si, está bien. — dijo ella tomando su mano — te llamo cuando me desocupe.

◇ ◇ ◇

El aeropuerto de Incheon estaba a reventar, pero para Yang Mi el mundo era un vacío absoluto. Caminaba arrastrando su maleta, con los hombros caídos y el rostro empapado en lágrimas de pura resignación.

—Adiós, Corea —susurró para sí misma—. Adiós, Miguel...

De pronto, una mano firme se cerró sobre el asa de su maleta, frenándola en seco.

—¿Y a dónde crees que vas tú? —soltó una voz agitada detrás de ella.
—¡Miguel! —Yang Mi se dio vuelta, con el corazón en la boca—. ¿Qué haces aquí?
—Evitando que cometamos el error más grande de nuestras vidas —dijo él, recuperando el aliento—. No te irás de mi lado.
—Pe... pero ¿y Kimy? —balbuceó ella, parpadeando confundida. Miguel soltó una risotada amarga.
—Te dije que estabas confundiendo las cosas. Yo no amo a Kimy, soy su fan, nada más. Y además... —hizo una pausa para mirarla a los ojos— aunque quisiera, no podría pasar nada. Ella es lesbiana, Yang Mi.

La revelación golpeó a Yang Mi como un balde de agua fría, seguido de una oleada de calor.

—Así que, andando, volvamos a casa — dijo Miguel dirigiéndose hacia la puerta de salida.
—¡Uuuuy, mi macho latino! —rio ella, rompiendo en carcajadas. Se mordió el dedo índice y, simulando una rosa entre los dientes, soltó en español—: ¡Caliente, tango!

Se abalanzó sobre él, colgándose de su espalda con toda la fuerza del mundo.

—Dime que me quieres —le exigió al oído.
—Ya, corta el leseo —decía él, aunque no podía ocultar la sonrisa.
—Dime que me amas.
—Para, o yo mismo te subo al avión.
—Dime cosas sucias en español —insistió ella traviesa.
—¡Ya! Se acabó, partiste a Nueva York.
—Idiota —dijo ella, dándole un golpe cariñoso en la barriga—. Jamás me iré de tu lado.




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