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CAP. 31: Tu fan

—Perdón, por favor, perdónanos... nunca creí que mi hijo fuera capaz de algo así —sollozaba la mujer, hundida en el marco de la puerta.
—No hay tiempo para eso —la interrumpió Matías, mostrando las palmas en un gesto de urgencia—. ¿Hay algo más? ¿Una propiedad, un refugio? ¡Cualquier lugar donde pueda haberla llevado!

Minutos después, Matías ya estaba al volante, con el motor rugiendo y el Naver Maps recalculando una ruta hacia las afueras. Marcó a Miguel por el manos libres.

—¡Miguel, es él! ¡Lim Jae Hee es el sasaeng! Te mando la dirección de una casa abandonada que pertenecía a su abuelo. Llama a la policía, yo voy para allá ahora mismo.
—Matías, no seas huevón, espera a la policía. ¡Es peligroso!
—Ese hijo de puta tiene a mi mujer, Miguel. ¡¿Tú qué harías en mi lugar?! —le gritó, y cortó la llamada antes de escuchar respuesta.

Cada kilómetro se sentía como una vida entera. La oscuridad de la carretera solo era interrumpida por los destellos del tablero. “Resiste, Ye In... voy por ti”, repetía Matías en el silencio del habitáculo, luchando contra las imágenes fatalistas que le nublaban el juicio.

Cuando llegó, vio la SUV negra estacionada a un costado de una construcción ruinosa. No había dudas. Matías dejó las luces de emergencia encendidas para que la policía encontrara el lugar y entró como un gato, midiendo cada pisada sobre el suelo crujiente. Había una luz tenue filtrándose desde el sótano
Desde abajo, llegaba la voz inconfundible de Ye In, rota por el llanto.

—Por favor... déjame ir.
—Nunca te irás de mi lado —respondía el sasaeng. Su voz no tenía violencia; era una ternura distorsionada que daba más miedo que los gritos—. Te cuidaré. Solo me iré a veces para que mi madre no sospeche. Pronto se conocerán... serán grandes amigas.

Matías bajó la escalera de concreto sigilosamente. Escondido tras una columna, vio a Ye In atada a un tubo. El sasaeng sonreía como un niño.

—Ahora te prepararé pollo frito. Sé que es tu comida favorita. Vuelvo enseguida.

En cuanto el orate cruzó a la habitación contigua, Matías se abalanzó hacia ella, con el dedo en los labios pidiendo silencio.

—Amor... viniste —susurró Ye In con los ojos desorbitados por el alivio.
—Cállate, te voy a sacar de aquí. La policía ya viene en cami...

No terminó la frase. Un impacto seco lo mandó directo al suelo. Jae El sasaeng lo había golpeado con una tabla de madera. Matías quedó tendido, con la vista nublada y el sabor metálico de la sangre en la boca.

—¡Matías! —gritó Ye In.
—¿Por este imbécil querías cambiarme? —rugió el sasaeng, perdiendo toda la dulzura.

Sacó la pistola y apuntó a la cabeza de Matías

—. ¡¿Por qué lo amas a él?! ¡¡YO SOY TU DESTINO!!
—¡POLICÍA! ¡BAJA EL ARMA! —el grito de un oficial del grupo KNP retumbó en las paredes. Cuatro agentes entraron con sus MP5 en alto, barriendo la sala con las linternas tácticas—. ¡Todo acabó! ¡Manos tras la cabeza, ahora!

El sasaeng miró a los oficiales con un frío indescriptible. Ya no había rastro de humanidad en él, solo el vacío de la psicosis.

—Tu destino soy yo —susurró mirando a Ye In—. Si no estás conmigo, no estarás con nadie.

El sasaeng giró el cañón hacia ella. Matías, en un último arranque de adrenalina, se incorporó de un salto y envolvió el cuerpo de Ye In con el suyo justo cuando el sótano estalló en un estruendo de pólvora y balazos.

Los oficiales fulminaron al sasaeng que cayó al suelo como una marioneta a la que le cortan los hilos.

—Ye In... ¿estás bien? ¿Te dio? —preguntaba Matías frenéticamente mientras la desataba. Sus manos temblaban, pero su mirada solo buscaba heridas en ella.
—Matías... me protegiste —dijo ella, lanzándose a sus brazos en cuanto quedó libre—. Estás aquí.
—Ya pasó; estás a salvo —suspiró él, sonriéndole—. ¿No estás herida?
—No, estoy bien.
—Gracias a d...

No terminó. Sus piernas fallaron y se desplomó pesadamente sobre el cemento. —¡Hombre herido! —gritó un oficial al ver la mancha roja que se expandía por la espalda de la chaqueta de Matías. La bala dirigida al corazón de Ye In se había alojado en él.

—¡Matías! ¡No, no, no! —Ye In se arrodilló, sosteniendo su cabeza entre sus manos ensangrentadas—. ¡Una ambulancia! ¡Ayúdenlo! — gritó.

Matías sentía un frío que nacía desde el centro de su cuerpo. Sus ojos se humedecieron mientras miraba el rostro de la mujer que amaba, ahora manchado por su propia sangre.

—¿Sabes por qué los latinos somos alegres? —preguntó con un hilo de voz. —Sí, mi amor... porque quieren ver reír a la gente que les importan —sollozó ella, apretando su cara contra la de él—. Aguanta, por favor... y me harás reír toda la vida.

Matías hizo un esfuerzo sobrehumano para levantar la mano y acariciar su mejilla una última vez.

—Me gusta... verte reír —susurró con una sonrisa apenas perceptible—. Te amo, Ye In. Soy tu fan...

La mano de Matías cayó sin fuerza sobre el concreto. Sus ojos se cerraron.
Ye In abrió la boca. El grito no llegó.

—Matías… no me dejes— se fracturó en un hilo de voz.




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