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CAP. 32: Emergencia

El cielo estaba cerrado, una masa oscura que ocultaba cualquier rastro de estrellas. Abajo, el rugido de los motores era un murmullo constante; los autos se deslizaban por la autopista elevada en sus propios viajes, ajenos a la tragedia que corría a su lado.

En medio del tráfico, una ambulancia cortaba el asfalto. Sus luces intermitentes pintaban de rojo y azul los letreros en caracteres coreanos que señalaban mil direcciones, pero para el vehículo solo había una opción: hacia adelante.

Casi siempre, cuando vemos una ambulancia, cedemos el paso por civismo, sin preguntarnos qué ocurre en ese cubículo blanco. Esta vez, dentro, un equipo médico trabajaba febrilmente. Monitoreaban cada presión, cada variación del pulso, luchando por retener a Matías en este mundo.

—Resiste, quédate conmigo... no me dejes —repetía Ye In, aferrada a su mano, esperando que él pudiera oírla a través del abismo de la inconsciencia.

Al llegar, la camilla rodó por los pasillos del hospital a toda velocidad. —¡Preparen el pabellón! —gritaba un médico mientras las puertas de la unidad de cuidados críticos se abrían. Una enfermera detuvo a Ye In en seco.

—No puede pasar, señorita. Debe esperar afuera.

Ye In se desplomó de rodillas frente a la puerta de vidrio y metal, sintiéndose tan fría y rígida como el edificio mismo.

El tiempo se volvió elástico; cada minuto pesaba como una hora. Ye In no se movió de la puerta, rogando a cualquier deidad que la escuchara.

—¡HIJA! —la voz de la señora Kim retumbó en el pasillo. Ye In corrió a sus brazos, envuelta en un llanto amargo.
—Mamá... es mi culpa. Matías puede morir por mi culpa.
—No digas eso, mi niña —la consoló su madre, acariciándole el cabello—. No te culpes por las acciones de un orate.
—Matías es fuerte, hija —añadió el señor Lee, acercándose con semblante serio pero conmovido—. Él no morirá.

Más tarde se unieron Miguel y Yang Mi. El ambiente era denso, cargado de un miedo que ni las palabras optimistas lograban disipar. Finalmente, la puerta se abrió y apareció el cirujano, todavía con el gorro azul puesto.

—Doctor... —Ye In se puso de pie, temiendo la respuesta.
—Sacamos el proyectil y detuvimos la hemorragia —explicó el médico con calma—. Su estado es de extrema gravedad, pero no hay daños significativos en órganos vitales. Lo peor ya pasó. Se recuperará.

Ye In volvió a caer de rodillas, pero esta vez el llanto fue de gratitud pura. El peso del mundo se le escurrió de los hombros.

—Qué alegría saber que está a salvo —dijo la señora Kim—. Ahora vamos a casa, hija. Necesitas descansar y quitarte esa ropa... está manchada de sangre.
—No, mamá. No puedo dejarlo solo.
—Vayan ustedes —intervino el señor Lee—. Yo me quedaré con él. Anda, hija, no hay nada más que puedas hacer ahora.
—Yo las llevaré a casa — dijo Miguel.

Horas después, Matías, inconsciente por el coma inducido, se recuperaba en una UCI VIP, una suite privada más cercana a una habitación de hotel de lujo que a una de hospital. El rítmico pitido de los monitores y el siseo del oxígeno eran los únicos sonidos en la habitación. El señor Lee, vestido con el aséptico kit de visita: bata de aislamiento azul, gorro y mascarilla. Él se mantenía en vigilia a un costado de la cama, observando al extranjero con una mirada nueva, despojada de su severidad habitual.

—Matías... no sé si me oyes —susurró el hombre—. lamento mucho tratar de separarte de mi hija; la verdad es que estaba muy asustado. Cuando conocí a mi esposa, yo era un simple trabajador en un mercado de verduras y ella una chica que nació con cuchara de oro. Tuvimos que vivir nuestro amor en secreto, y su familia la repudió y desheredó cuando rechazó su matrimonio concertado para huir conmigo. En silencio vi cómo sufría por ello; aunque siempre me lo ocultaba con una sonrisa.

El señor Lee se aclaró la garganta, con los ojos húmedos.

—No quería que mi hija viviera lo mismo; pero un hombre que da su vida por ella, venga de donde venga, no solo merece mi respeto, sino mi alma entera. Perdóname, hijo. Por favor, perdóname.

A la tarde siguiente, la luz del sol bañaba la habitación de forma uniforme. Ye In observaba a Matías, inquieta.

—¿Por qué aún no despierta? —le preguntó a la enfermera.
—Está sedado para que no se mueva, es normal —respondió la mujer con una sonrisa profesional. Sabía que tenía a una estrella frente a ella, pero en ese momento solo veía a una novia desesperada.

—Gracias por tu trabajo —dijo Ye In dándole una reverencia.

De pronto, la puerta se abrió de golpe. Un grito en un español que Ye In no entendió llenó el aire:

—¡Hijo! ¡Hijo mío!

Ye In se quedó desorientada ante la desconocida que corría hacia la cama. Miguel, que venía detrás, le puso una mano en el hombro.

—Es la mamá de Matías.

La señora Müller todavía vestía la ropa holgada del viaje. No se había lavado la cara ni descansado; había volado desde Chile directo al hospital. A pesar del cansancio, irradiaba una elegancia natural; era una mujer de unos cuarenta y tantos muy bien llevados, de cabello rubio y una belleza heredada de sus ancestros teutones que imponía respeto.

—Mi niño... ¿qué te han hecho? —sollozó, aferrada a la mano de su hijo.

Un rato después, ya más calmada, la señora Müller se incorporó y se acercó a Ye In. A pesar de sus zapatos tipo ballerina, su altura superaba a la de la coreana. La miró con una seguridad gélida.

—¿Tú eres esa chica? Do you speak English?

Ye In encendió su dispositivo de inmediato.

—No, pero tengo un traductor. Puede hablar en español.

La señora Müller la observó un segundo ante de hablar con firmeza.

—Miguel me contó lo que pasó. Sé que no fue tu culpa, sino de ese fan... —hizo una pausa y su voz se volvió de acero—. No tengo nada contra tuya, pero mi hijo no puede estar contigo. Eres un peligro para él. En cuanto se recupere me lo llevaré de vuelta a Chile. Por favor, vete. No te acerques más a él.




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