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CAP. 33: Barba

Esa mañana, los rayos del sol entraban radiantes por la ventana de la suite de Matías. Él, poco a poco, comenzó finalmente a abrir los ojos. El pitido rítmico de las máquinas a su alrededor lo confundió; la luz blanca del cielo falso lo cegó por un instante. Sus pupilas, tras días de inactividad, tardaron un momento en ajustarse a la claridad.

Sintió un picor extraño en la cara. Al intentar mover el cuello, el roce de su barba contra la sábana lo hizo reaccionar. Entonces, como proyecciones fugaces, los recuerdos lo golpearon: el sótano, el arma, el estruendo.

—¡Ye In! —gritó, tratando de incorporarse de golpe.
—Tranquilo, campeón —le dijo Miguel a su lado, presionando sus hombros suavemente para volver a acostarlo—. Ella está bien.
—Matías, hijo mío, por fin despertaste —sollozó la señora Müller, tomándole las manos con fuerza.
—¿Mamá? ¿Qué haces acá? —preguntó él, frunciendo el ceño, todavía desorientado.
—¿Cómo que qué hago acá? ¡Te dispararon! Casi te mueres, Matías.
—Ay, no exageres... hierba mala nunca muere —intentó reír, pero el tirón punzante en su espalda le robó el aliento—. Miguel... ¿Ye In está de verdad bien? ¿No le pasó nada?
—Relájate, huevón —le sonrió su amigo—. Está impecable. Solo concéntrate en recuperarte tú ahora.
—Despertó el héroe —dijo el médico en un inglés fluido mientras ingresaba a la habitación—. Por favor, abandonen la sala, debo revisar al paciente.

El doctor, al ver a ese grupo de extranjeros tan caucásicos, asumió que el inglés era el puente necesario. Se habría quedado de piedra si supiera que todos allí venían de Sudamérica y que el español era su lengua madre.

—Miguel —alcanzó a decir Matías antes de que lo sacaran—, dile a Ye In que estoy bien. Que no se preocupe.

Fuera de la habitación, en el pasillo, aguardaban Ye In y Yang Mi. Al ver salir a la señora Müller junto a Miguel, Ye In se puso de pie de inmediato. La madre de Matías caminaba hacia ellas con un aire gallardo, casi soberbio, manteniendo la espalda recta como si fuera de mármol.

—Buenos días, señora —le dijo Ye In, ofreciendo una sutil y respetuosa reverencia.

La señora Müller pasó por su lado sin emitir una sola palabra, ni siquiera una inclinación de cabeza. Ya había dicho lo que tenía que decir en su encuentro anterior.

—¿Qué se cree esa vieja estirada? —susurró Yang Mi, indignada—. ¡Ni siquiera te miró!
—Ye In, es mejor que te vayas —le sugirió Miguel en voz baja—. Deja que las cosas se enfríen. Matías despertó, eso es lo único que importa ahora. Yo te aviso cualquier cosa.
Ye In dudó un segundo, apretando los puños. Pero el impulso fue más fuerte.
—¡NO! —exclamó, y antes de que alguien pudiera detenerla, corrió hacia la habitación.—¡Matías! —gritó al entrar.
—¡Hey! No puede estar aquí —protestó el doctor en coreano.
—Por favor... déjenos un minuto. Ella es mi novia —pidió Matías en un coreano básico pero firme.
Ye In se acercó a la cama, con el rostro desencajado.
—Mati, perdóname... ¿Cómo estás? ¿Te duele mucho? Por favor, perdóname... —le hablaba en un coreano tan veloz y angustiado que para Matías era solo un sonido plano e ininteligible.
—Ye In, no entiendo nada... el traductor.
Ella encendió el dispositivo con manos temblorosas.
—Perdóname, Matías. Casi mueres por mi culpa.
—No digas eso —la interrumpió él, acariciándole el rostro con debilidad—. Nada fue tu culpa. Todo lo hizo ese enfermo. Además, yo decidí ir a buscarte y lo volvería a hacer mil veces. Esa bala era para ti... y yo recibiría todas las balas del mundo con tal de que no te pasara nada.

Ye In sintió un escalofrío. Las palabras de la señora Müller resonaron en su cabeza como una sentencia: “Eres un peligro para él”.

—Matías, no digas esas cosas... —respondió ella, con una sombra de duda cruzándole los ojos.

Poco después, Ye In salió de la habitación. Su expresión era una mezcla de alivio e inquietud.

—¿Cómo está? ¿Todo bien? —preguntó Yang Mi.
—Está bien, pero nunca lo había visto con barba. Se ve raro —dijo Ye In, intentando forzar una sonrisa.
—A veces se te olvida que él es occidental —comentó una voz conocida a sus espaldas—. A ellos les crece muy rápido.

Era Kim Seung, el CEO de Princes Entertainment.

— Kim Seung, ¿qué hace acá? —preguntó Ye In.
—Estaba en la estación de policía y pasé a ver a mis estrellas favoritas.
—¿En la estación? ¿Pasó algo? —preguntó inquieta.
—Ye In... te seré sincero —el tono del CEO cambió a uno mucho más sombrío—. La investigación arrojó que el sasaeng no actuó solo. Tenía un cómplice. Por precaución, no quiero que andes sola en ningún momento.

Ye In sintió que el aire se volvía pesado. La imagen de la madre de Matías volvió a su mente, implacable. “Tal vez la señora Müller tenga razón”, pensó Ye In, mirando la puerta cerrada de la suite. “Quizás soy un peligro para él”.




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