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CAP. 35: Aeropuerto

El sol se reflejaba en las superficies metálicas y cristalinas del Aeropuerto Internacional de Incheon, proyectando largas sombras sobre las pistas. El cielo lucía un azul perfecto, con apenas un rastro de polvo fino que suavizaba su intensidad, prometiendo un día claro de partidas y llegadas, de reencuentros y despedidas.

Dentro, en los interminables pasillos, bullía un mar de gente y equipaje bajo la vasta bóveda de metal y vidrio. La luz artificial se filtraba a través de los paneles del techo, iluminando un suelo tan pulido que reflejaba el movimiento como un espejo. El aire vibraba con el murmullo de mil conversaciones, el rodar de las maletas y los anuncios por los parlantes que se perdían en la inmensidad del terminal.

En medio de este flujo, Matías, la señora Müller y Miguel caminaban a paso firme hacia la zona de embarque.

—No olvidamos nada, ¿verdad? —preguntó la madre.
—No... no olvidamos nada —contestó Matías, con un nudo en la garganta.
—Cambia esa cara, no estés triste —le dijo ella, dándole un golpecito en el brazo mientras avanzaban entre la multitud.

A kilómetros de allí, en un rincón de las oficinas de Princes Entertainment, un sollozo rompía el silencio de la penumbra. Ye In, recostada en un sofá, no paraba de lamentarse.

—Hoy se va Matías, ¿verdad? —La voz de Ahn Myong llegó desde la puerta. El reflejo de la luz exterior detrás de él solo permitía ver su silueta.
—Todo es mi culpa... lo dejé ir —sollozó ella—. No sé si hice lo correcto.

Ahn Myong soltó un largo suspiro.

—Desde que trabajo con ustedes, he visto cómo luchas más que nadie por tus sueños. Nadie te ha regalado nada; has peleado por una posición, por el éxito, por tu imagen... por este oficio que amas. Pero Ye In, esto por lo que luchas es pasajero. Un día mirarás a tu alrededor y solo estarán tus premios, tus recuerdos y una cuenta bancaria abultada. Hasta tu belleza se marchitará. ¿Y quién quieres que esté junto a ti cuando llegue el día en que todo termine?
—Matías —respondió ella, todavía llorando.
—Me gusta verte luchar por tus cosas, pero solo son eso: cosas. Me gustaría verte luchar también por tu felicidad. No basta con desear ser feliz, hay que hacer algo al respecto. ¿No lo amas lo suficiente como para pelear por él?
—Lo amo más que a nada.

Ahn Myong se irguió con firmeza.

—Pues bien, le prometí a Matías que lo mataría si te hacía llorar. Ahora mismo voy al aeropuerto a golpearlo. ¿Vienes conmigo?

Ye In se secó las lágrimas y gritó decidida: —¡Sí!

El rechinar furioso de los neumáticos contra el asfalto dejó una estela de humo grisáceo frente a la terminal. El trayecto desde la agencia fue un vuelo raso; Ahn Myong ya se encargaría después de las multas de tránsito.

Ye In bajó del coche y corrió como nunca lo había hecho por los pasillos de Incheon. Buscó desesperada la puerta de embarque que Yang Mi le había indicado. Al llegar, vio a un grupo de auxiliares organizando unos papeles.

—Señorita... el vuelo 333 a Chile... ¿es aquí? —preguntó Ye In, jadeando.
—Sí, pero las puertas ya cerraron. El avión está en la losa, despegará en breve.
—¡No! —Ye In giró sobre sus talones y corrió hacia un pasillo lateral que terminaba en un gran mirador.

A la distancia, un avión de LATAM comenzaba a elevarse con potencia, dejando atrás la pista y las montañas verdes de Corea que se alzaban majestuosas bajo el cielo.

—Lo perdí —susurró Ye In.

Cayó de rodillas, con la frente y una mano pegadas al cristal frío, viendo cómo el rastro del motor se desvanecía en el azul.




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